‘El mundo como voluntad y representación’, de Arthur Schopenhauer

ANDRÉS G. MUGLIA.

Arthur Schopenhauer es una curiosidad en el mundo de la filosofía, un outsider, aunque involuntario, del sistema. Alguien que fue reconocido en vida por una obra menor como Panerga y paralipómena (un volúmen de pensamientos y aforismos mucho más accesible que el árido El mundo…) y a quien se reconoció como pensador influyente mucho después de su muerte.

Schopenhauer es un personaje atractivo. Misógino, declarado enemigo de Hegel y su filosofía. Inauguró una cátedra de filosofía en la misma universidad y mismo día y horario en que el ya célebre Hegel dictaba clases, el epílogo predecible es que nadie se anotó en sus clases y tuvo que renunciar a su cátedra. Brillante hombre ilustrado, conocedor profundo de las más diversas temáticas, amigo de Gohete, enemigo de los hombres y amante de los perros.

Muchos dicen que, además de filósofo original, el atractivo de Schopenhauer es que era un gran escritor. Es indudable que El Mundo como Voluntad y Representación se lee sin tropiezos porque Schopenhauer ponía especial cuidado en ser claro en la redacción de sus ideas y conceptos. No encontraremos aquí el fárrago dialéctico que el autor criticaba tanto a Hegel. La ideas se expresan con prístina claridad, aunque, claro está, siempre estamos hablando de un texto de filosofía, que exige más esfuerzo y atención que otra clase de textos.

Antes de iniciar la lectura de El Mundo como Voluntad y Representación conviene haber leído a Kant. Aunque no imprescindible, esta lectura dará otra dimensión al texto de Schopenhauer, que se afirma sobre las ideas de este otro gran pensador alemán, aunque lo rebata y critique en algunos aspectos. Del mismo modo, las ideas de Hume, Locke, Berkeley y Platón (otro gran admirado por Schopenhauer) son sino imprescindibles, si enriquecedoras para entender de dónde viene y hacia dónde va el pensamiento de Schopenhauer.

El gran interrogante que se planteó Kant, fue el de saber de dónde saca el hombre su capacidad de razonar. Básicamente hay dos respuestas; la capacidad de razonamiento del hombre es innata, o es adquirida por experiencia. Hume y Locke habían fundamentado la idea de que la experiencia lo es todo en la formación del pensamiento. Kant da un paso más allá y busca aquella estructura innata que sostiene ese conocimiento adquirido por la experiencia, lo que ya existe a priori antes de la experiencia. El giro revolucionario de Kant (su giro copernicano) es partir del sujeto y no de la «realidad» o del objeto (lo externo al sujeto) para ver cómo éste comprende el mundo. En esto lo ayuda Berkeley. Kant afirma así que el mundo es una construcción del sujeto que lo percibe, filtrada por esta estructura otorgada a priori, y por la experiencia que la nutre. Lo que no es construido, lo que queda fuera del sujeto y no puede ser percibido, es «la cosa en sí», la cual nunca puede ser percibida; y con la que Kant ya no se mete.

Luego de esta dilación teórica diremos que en este punto se sube Schopenhauer a este tren filosófico que ya venía funcionando desde hacía siglos. Porque Schopenhauer dirá en su libro que el mundo es la «representación» del sujeto. El mundo como lo ve el sujeto, es una interpretación de la realidad, una construcción filtrada por todos los a priori (espacio, tiempo, ley de causalidad) y eso es lo que el sujeto percibe del mundo. En el caso de la cosa en sí, Schopenhauer asociará este concepto ininteligible a lo que él llama voluntad. La cosa en sí kantiana es la voluntad de Schopenhauer.

Schopenhauer casa las ideas de Kant con las de su admirado Platón y recupera el mundo de las ideas platónicas. Platón decía que las cosas del mundo no son sino un reflejo imperfecto de un mundo de ideas donde se guardan todo los arquetipos perfectos de las cosas. Y acá se complica un poco más la cosa. Porque estas ideas para Schopenhauer (no las ideas de la cabeza sino estos arquetipos), no son más que las objetivaciones menos imperfectas de la voluntad; el elemento fundamental que compone el mundo. Freno de mano aquí.

Según Schopenhauer, los objetos percibidos (representaciones) no son más que objetivaciones o en términos de Kant fenómenos, más o menos imperfectos de la voluntad. De estas objetivaciones las más perfectas son las fuerzas de la naturaleza, le siguen las ideas (las de Platón), después los animales y las más imperfectas somos nosotros mismos y las cosas del mundo. Pobre lugar el del hombre. Pero ¿qué es la voluntad?

La voluntad es la cosa en sí, y como tal no puede ser percibida más que a través de sus objetivaciones adquiridas por la representación. ¿Eh? Exacto, la voluntad no se define más que como la esencia, la fuerza más allá de la comprensión humana que hace que el universo se mueva y que las cosas del universo existan como tales (reflejos imperfectos de ella). Entonces, esto suena a Dios. No. Schopenhauer se abstiene prolijamente durante todo su libro de hablar de Dios. La voluntad es la energía que mueve el universo, pero no puede percibirse más que a través de sus reflejos (las sombras de la caverna platónica). Según Schopenhauer el camino más cercano a través del cual el hombre puede llegar a intuir a la voluntad tal como es, es a través del hecho artístico y del goce estético.

Para entender la voluntad, o una de sus facetas, podemos explorar otro texto de Schopenhauer: «Las mujeres, el amor y la muerte». En él, el filósofo alemán entiende al amor, sentimiento tan ensalzado desde el romanticismo a esta parte, no como una emoción digna de los versos de los poetas, sino como un mero instinto (una pulsión como diría después Freud que toma bastante de Schopenhauer) que arrastra al hombre hacia una hembra con la única idea fija de aparearse. Y esa idea fija, que no tiene que ver con la razón o el sentimiento se llama según Schopenhauer voluntad de vivir; que no es otra cosa que el mecanismo mediante el cual la especie se asegura perpetuarse en el mundo, ignorando todo condicionamiento o llamado a juicio de la razón. Y todo el universo lucha en este sentido; cada especie se perpetúa aún a costa de otras; lo que tiene también que ver con Darwin.

Aquí está pues la concepción del universo de Schopenhauer. Un mundo en perpetua lucha. Donde los instintos se disfrazan de sentimientos para pasar por encima de la conciencia y la razón. Donde somos reflejos imperfectos (los más imperfectos) de una esencia ininteligible la cual no podemos siquiera percibir. Donde la realidad es una construcción del sujeto que la percibe. Y donde no se puede buscar un creador para justificar todo este caos. Lo que queda, como decía Bukowsky, es duro.

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