‘La casta de los metabarones’, de Alejandro Jodorowsky y Juan Giménez

ANDRÉS G. MUGLIA.

En los primeros días de la pandemia, el COVID-19 se llevó la vida de uno de los más notables dibujantes de historietas de la nutrida escuela argentina, el mendocino Juan Giménez. De una época donde la educación formal no abarcaba tantos campos, Giménez tuvo una formación heterogénea que dejó marcada la imaginería sui géneris que llevaría su firma. Creador de universos fantásticos rebosantes de insólitas naves y trajes espaciales, su paso por el diseño industrial hizo que esas creaciones tuvieran un plus que el fan despierto siempre aprecia, que es su posibilidad de existencia en el mundo real.

Puede advertirse una evolución en la obra de Giménez, que da comienzo en la tradición americana del blanco y negro y la sucesión geométrica e invariable del cuadro a cuadro, para crecer hacia una composición que incluye la página completa y a veces dos páginas completas, con una deslumbrante técnica de ilustración. En su momento de madurez como ilustrador el color gana la página y cada cuadro, concebido en términos de su funcionamiento en cuanto a parte de un conjunto, es una pequeña obra de arte. Tal vez ese mejor momento como artista coincida en la colaboración de Giménez con el inclasificable guionista, escritor y psicomago chileno Alejandro Jodorowsky. 

De esa fructífera cooperación surgirá durante una década, entre 1993 y 2003, la saga La casta de los metabarones compuesta por ocho novelas gráficas: Othon el tatarabuelo, Honorata la bisabuela, Agnar el bisabuelo, Cabeza de hierro el abuelo, Doña Vicenta Gabriela de Rokha la abuela, Aghora el padre-madre y Sin nombre el último metabaron.

La historia se sitúa en un hipotético futuro donde la raza humana no es más que una de tantas que pueblan las galaxias. La Tierra fue asolada por la guerra nuclear y es una vaga referencia del pasado. En este contexto Jodorowsky propone la fantasía heroica encarnada en la tradición de una estirpe de guerreros perfectos. Para eso echa mano a variadas fuentes que se vuelven nebulosas en la mixtura, pero entre las que podemos reconocer los mitos griegos y escandinavos, además de ciertas referencias a la caballería medieval. Como vuelta de tuerca a este cóctel, Giménez propone desde lo gráfico una mezcla extraña y fascinante de imaginería hi tech y estampas japonesas de guerreros samuráis.

Pero no es este universo imaginario superpoblado de cyborgs, seres con poderes telekinéticos, piratas espaciales, lasers, katanas y guerreros invencibles (que al fin y al cabo podemos encontrar en cualquier historia de ciencia ficción mucho menos lograda), lo que hace original a esta novela gráfica creada por Jodorowsky y Giménez, sino la tradición de esta familia terrible, admirable y despreciable al mismo tiempo.

La historia surge de la narración que Tonto, un pequeño robot sirviente de la casta de los metabarones, le cuenta a Lothar, otro robot de servicio de aspecto enorme y atolondrado que siempre le pide, como el terrible sultán a Sheresade, un cuento para entretenerse. Estos dos personajes en perpetua disputa, persisten a lo largo de los ocho volúmenes de la historia.

La dinámica de la herencia matabarona funciona de la siguiente manera. El padre metabarón tiene que mutilar a su hijo al que se le implantará una prótesis biónica que sustituirá al órgano mutilado. En el transcurso de la terrible operación (por supuesto efectuada sin anestesia), el hijo no podrá quejarse porque en ese caso no será digno del título de metabarón. Este chocante rito irá quitando a cada heredero una parte diferente de su cuerpo, hasta llegar al paroxismo en la edición número 5 titulada Cabeza de hierro el abuelo y que no merece mayores explicaciones. La odisea de Cabeza de hierro buscando una cabeza que le brinde sentimientos es análoga al Hombre de hojalata del Mago de Oz. Para eso se aliará con un poeta que se suicida ante sus ojos de metal y con el que conforma un cuerpo dividido y en permanente contradicción, que ofrece un nuevo giro a una historia ya de por sí tortuosa. 

Pero las extrañas y sangrientas tradiciones de los metabarones no concluyen en la mutilación, sino que para convertirse en matabarón y luego de una ardua preparación como guerrero durante toda su vida, el hijo deberá matar al padre en una suerte de actualización cibernética del mito de Edipo. Para eso se desarrollará un combate entre ellos y el que gane será quien perpetué la estirpe. 

Estrambótica y estimulante, la saga está atravesada de aventuras, batallas, asesinatos, traiciones, grandes historias de amor, incestos, parricidios y todo lo que la desmesurada y enfermiza imaginación de Jodorowsky acostumbra a sus seguidores. Sin embargo, la historia de los metabarones  no sería la obra de culto que es sin el aporte del talento de Giménez. Prueba de ello es que Jodorowsky intentó resucitar a los metabarones en 2008 y 2014 con Dayal el primer ancestro y Las gemelas rivales con dibujos de Das Pastoras, pero a pesar del talento innegable del español los resultados no fueron los mismos. Tampoco cuando los artistas Zoran Janjetov y Travis Charet intentaron lo suyo. Para los puristas el verdadero matabarón estará hoy y siempre dibujado por la mano de ese artista, que por suerte recibió a tiempo el reconocimiento internacional que su obra merecía y que fue Juan Giménez. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *