‘Luz de agosto’, de William Faulkner

ANDRÉS G. MUGLIA.

Faulkner es el exponente del sureño americano que demuestra que a medio siglo de la guerra de secesión, todavía la división persistía en los EE.UU. Miembro de una de las tantas familias a las que la abolición de la esclavitud no había precisamente beneficiado, se percibe en toda su descripción del sur de EE.UU., que Faulkner narra como ningún otro con su abrumador talento, un tufillo intolerante que pone todo el tiempo a la gente de color en el lugar del otro. La cultura afroamericana esta imbricada de tal modo en la obra de Faulkner que ésta no podría existir sin esa influencia, perdería toda su esencia. Sin embargo, su mirada es todavía la mirada del amo,  que observa, espía, se inmiscuye en ese otro mundo paralelo; con la curiosidad y el horror del que describe a una criatura que no termina de comprender, o mejor, de apreciar.

En la prosa de Faulkner podemos encontrar a un escritor absolutamente moderno, cuyos recursos: cambio de punto de vista del narrador y persona, monólogo interior, relato de una misma escena desde personajes diferentes; se entrecruzan forzando la atención del lector. Pero también encontramos a un estilista, un narrador de largo fraseo lejano a la epístola telegráfica de Hemingway, un meticuloso paisajista de impresiones a la hora de describir un escenario, y un profundo analista de la psicología de los personajes, a los que construye (desnuda) de afuera hacia adentro; descubriéndonos de a poco todos los tortuosos recovecos de sus personalidades. En cada larga parrafada descubrimos, como engarzadas en esta trama llena de riqueza, pequeñas y brillantes metáforas, joyas de un novelista que quiso ser también un poeta, aunque haya editado un solo libro de poemas.

El resultado es sólido pero denso. Se tiene la impresión de estar leyendo algo importante, como lo escrito por los grandes rusos de finales del siglo XIX, pero la trama se recarga por momentos de tal modo: de personajes, de ambiente, de tensión dramática; que parece asediar al lector y llenarlo un poco de ese clima caluroso y desesperado del Misisipi profundo donde transcurre la acción.

Para mejor situarnos en el escenario (geográfico y social) de la novela podemos decir que es el mismo de las películas «To kill a mockingbird» – «Para matar a un ruiseñor» (Gregory Peck, 1962) y «The grapes of wrath» – «Viñas de ira» (John Huston – Henry Fonda, 1940); aquel mismo contexto que fotografío la sensible cámara de Dorothe Lange en la época de la gran depresión.

De las llanuras polvorientas de Alabama pasamos a la ciénaga nublada de mosquitos, calurosa y opresiva del Misisipi. Este contexto lo llenamos de granjeros de mirada desconfiada en jardinero de jean, de niños descalzos y de mujeres huesudas con vestidos raídos, agregamos unas cuantas casuchas de madera reseca con puertas chirriantes y dos o tres Ford T a cuyo paso saludan negritos sonrientes que juegan sobre la carretera desierta; y ya tenemos el telón de fondo para Luz de agosto. Precisamente éste es el viaje que inaugura la novela. Es el que hace Lena, una veinteañera embarazada que busca con una inocencia que roza lo pueril, a quien ayudo a gestar a su criatura y después apuntó hacia horizontes menos complicados de faldas. Este canalla que se metía a hurtadillas en medio de la noche por la ventana de la receptiva joven, es un tal Lucas Burch, que ella supone encontrará en algún aserradero de Jefferson según referencias que ha ido recogiendo por el camino.

Gracias a la solidaridad de gente pobre como ella, que la juzga (madre soltera en los años ´30) pero la ayuda, Lena cumple la proeza de llegar a Jefferson a pie y haciendo dedo. Allí se dirige rectamente al aserradero y descubre que su buscado Burch, es en realidad Bunch, y que la pereza de la memoria colectiva ha confundido a los dos. Este último es un ser tranquilo que dedica sus fines de semana a predicar. Lena lo interroga, hasta descubrir que Burch se ha cambiado el nombre por Brown y vive con un vagabundo llamado Christmas (con el que se dedica a traficar wisky) en la trasera del terreno que ocupa la casa de una solterona, la cual es ignorada por el pueblo sospechada de trato con gente de color. Por supuesto Bunch se enamora de Lena y se promete ayudarla, protegerla y finalmente hacerse cargo de ese niño que sabe que Burch – Brown rechazará.

Bunch, asediado por su repentino amor, consulta a su único amigo, un reverendo retirado llamado Higtower, con el que sostiene largos diálogos de denso contenido. Duda entre ayudar a Lena a buscar a Burch o tratar de quedarse con ella. Pero el relato cambia todo el tiempo la perspectiva y salta de la historia de un personaje a otro. La de Christmas es quizás la más interesante y también la más retorcida. Porque el drama interno de Christmas es la sospecha de que es un mestizo, un hombre que lleva sangre afroamericana. Se establece dentro de Christmas (Faulkner establece) una lucha interna entre esas dos sangres (como una especie de ying y yang delirante y racista) que después precipitará el destino de Christmas; quien (como para complicar más las cosas) sostiene una tirante relación basada en el sexo con la solterona puritana que le da asilo.

El escabroso argumento, donde se entrecruzan todo el tiempo la historia de los personajes, se complejiza porque cada uno lleva una intensa lucha personal, además de la ordinaria contra los problemas que le presenta la vida, y que es la peor de todas las luchas: contra uno mismo. Christmas lucha contra su sangre de color, Bunch lucha contra sus deseos de quedarse con Lena vs. su obligación de ayudarla a encontrar a Burch, el reverendo Higtower lucha contra su historia, Lena lucha por dejar de creer en Burch (y no lo consigue). Cómo se desenvuelven los destinos de estos personajes tan embrollados es lo que menos importa, aunque desde luego no todos son finales felices.

Un libro denso, pero no aburrido. A veces un poco lento. Un ambiente opresivo poblado de personajes torturados; que van enhebrando sus historias personales, contadas con detalle. En medio de todo, el estilo complejo e inconfundible de Faulkner, permanentemente  cruzando el relato con  brillantes metáforas y largas reflexiones de los personajes o del mismo autor. Interesante además por mostrar los prejuicios de Faulkner que se traslucen en la materia que utiliza para crear los personajes y el ambiente. Si bien no es de sus obras más conocidas lleva el sello inconfundible de un autor que de vez en cuando es bueno visitar.

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