Kierkegaard y las vertiginosas consecuencias de la libertad

JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA.

Extravagante, hermética, pero también extraña e intensamente vital, la prosa del filósofo Søren Kierkegaard (Copenhague, 1813- 1855), en castellano en Alianza editorial, nos ayuda a discernir “la diferencia entre el miedo y la ansiedad” así como “nuestra relación con el tiempo”, sostiene el profesor de filosofía John Lippitt. Sus principios nos permiten sacar conclusiones, nos conectan con el otro en tiempos de aislamiento social. Y lo que es más, nos enseñan a apreciar las múltiples identidades y las variadas pertenencias de nuestra contemporaneidad, el conjunto fluido de relaciones que nos acercan al prójimo.

Oscuramente brillante, absorbente e inquietante, su obra El concepto de la angustia (1844) habla de nuestros pasivos tiempos, de nuestros activos deseos de habitar la realidad, de llevarla a su iteración extrema, forzando la inventiva de cada hendidura, de cada forma de renovar lo aparentemente agotado: “Siempre tememos a algo específico”, sugiere el profesor de ética y filosofía de la religión en la Universidad de Hertfordshire, Reino Unido, “la ansiedad, por su parte, pertenece a lo indeterminado: supone una sensación de malestar que carece de especificidad”. 

Sugiere el director del Instituto de Ética y Sociedad de la Universidad de Notre Dame Australia en su artículo “Miedo, tiempo y pandemia”, que “a medida que pasa el tiempo, nuestros miedos se han transformado en ansiedades”. Deseamos, sin embargo, seguir adelante con la suficiente energía imaginativa para refrescar los viejos ​​tropos. Con un ojo en las secuelas de la catástrofe, el padre del existencialismo (o su seudónimo, Vigilius Haufniensis) nos invita a aceptar nuestro abatimiento ante el desastre, nos insta a “abrazar el mundo de la ansiedad, que es la condición humana”, a someternos a “las consecuencias vertiginosas de la libertad”, como en el futuro recomendarían Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre y otros intelectuales del siglo XX. 

De lleno en nuestro futuro postapocalíptico, conviene regresar al teólogo de “lo finito y lo infinito; y lo temporal y lo eterno”, que ya en O lo uno o lo otro (1843), a través de la perseverancia y la magia, nos instaba a romper la inercia de lo estratificada para centrarnos “en lo arbitrario”, donde “disfrutar de lo accidental”, a “considerar la totalidad de la existencia desde este punto de vista”. El artículo de Lippitt para la revista británica Standpoint, verano de 2020, que traducimos aquí, recomienda aprender de estos tiempos oscuros, favorables al “esteta, al diletante que ve la vida en términos de posibilidades que saborear, no ideales que perseguir”. 

Defiende el estudioso de la monografía Love’s Forgiveness, publicada en breve por Oxford University Press, un lugar y momento representado que preexista en su propio espacio intemporal, donde “las actividades que amamos no necesitan ser proyectos (…) sino que encuentran valor y significado en el proceso”. Se reconoce en las respuestas del autor decimonónico de La enfermedad mortal (1849), valida la dignidad de la rabia frente a la opresión, nos advierte contra la ira en sí misma, la pura intensidad emocional que se convierte en sustituto. En vez de eso, prescribe “centrarse en los procesos en lugar de en los proyectos” para “superar el debilitante ensimismamiento que, para Kierkegaard, está en el centro de tantas preocupaciones humanas”.

Complicado ser un escritor cuerdo en mitad de la locura postpandémica. Y sin embargo, escribir supone, según el neoortodoxo, posmodernista, humanista e individualista danés, abrir puertas, emprender caminos a través de lo ignoto, abandonarnos a esa fantasía en la que nos comunicamos en términos de igualdad, erosionadas las diferencias de estatus y poder. Contrario al mundo de burbujas autosuficientes en que vivimos, reivindica el poder de la literatura de engendrar vidas alternativas tan parecidas a la nuestra, un ejercicio que, según el profesor honorario de Filosofía en la Universidad de Deakin, “apunta a una cierta clase de humildad. No de auto-humillación, o de subestima de uno mismo, sino el tipo de sencillez que consiste en trascendernos, de manera que nuestra atención se dirija hacia afuera, hacia otras cosas y personas de valor”.

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