‘Ficciones’, de Jorge Luis Borges

ANDRÉS G. MUGLIA.

Decir Borges es decir Literatura. Junto con Kafka, Proust, Joyce y otro puñado de autores del siglo XX, Borges tiene el raro privilegio de haber visto su apellido convertirse en adjetivo. Borgiano es un modo de decir laberinto, espejo y también, por qué no, buena literatura. Con todos estos autores que señalábamos, Borges comparte el parnaso literario del siglo pasado, pero en una época que consagró a la novela como su forma de contar, el autor argentino esquivó tenazmente ese género. En cambio transitó el cuento como el camino en el que dejaría una marca que fue y es referencia de generaciones.

Existen estos escritores que al leerlos dan ganas de sentarse a escribir. Borges no es uno de ellos. Al asomarse a su obra se tiene la certeza de que por mucho que nos esforcemos, nunca llegaremos a un resultado tan perfecto como su expresión literaria. Estilista, erudito, farsante comentarista de libros inexistentes, cultor de la paradoja, creador de un universo donde los repetidos símbolos son siempre bienvenidos por el lector, Borges es muchas cosas a la vez. Cada frase de Borges está donde debe estar. Como si no hubiera sido escrita, como si el escritor la hubiese encontrado; como una roca, una planta o cualquier forma natural perfecta, y nos la hubiese develado en sus textos. Y esos textos están llenos de pequeños asombros, de sutiles recursos de un estilo que parece solemne pero que oculta un latente humorismo. 

Ficciones es ejemplar en este sentido. En sus cuentos y más que nunca Borges juega permanentemente un sutil juego de la escondida con el humor. ¿La lotería en Babilonia es una laboriosa broma o una forma de describir el curioso mecanismo del universo, las formas indeterminadas del azar y el destino, sus implicancias en nuestra vida?

¿Borges nos habla en serio o en broma en Pierre Menard, autor del Quijote? ¿Menard es un personaje bizarro que pretende escribir El Quijote sin copiarlo, o una excusa para reflexiones sobre las posibilidades de la eternidad? “Mi empresa no es difícil esencialmente…me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo”, dice Menard en un pasaje. En un tiempo infinito todas las posibilidades son pasibles de ocurrir. En esta aritmética delirante, el azar podría colocar todas las palabras del El Quijote, permutándolas de un modo u otro hasta que en un momento, quizás fugaz y difícil de precisar, esas palabras formaran efectivamente El Quijote, tal y como lo concibió Cervantes. 

En Tlön, Uqbar Orbis Tertius, Borges, con su eterno amigo Bioy Casares, son protagonistas de las pesquisas del primero en torno a una intrigante sociedad secreta. Pruebas de su existencia llegan a este Borges literario de un modo no del todo casual, y por ello inquietante. La sociedad tiene como propósito escribir una enciclopedia acerca de un planeta imaginario cuyas reglas se apoyaran en la razón del hombre y que, como complemento, sirviera de consuelo a este otro mundo cuyo comportamiento y razones nos dejan perplejos. Finalmente el mundo ficticio que crea esta asociación escurridiza comienza a manifestarse en el real, haciendo que realidad y ficción se entremezclen creando una dinámica superreal: el Borges literario, con el mundo real literario, con el mundo imaginado de la sociedad secreta.

En Funes el memorioso, el autor analiza no sólo la memoria, sino la monstruosa imposibilidad del olvido, en la carne de Ireneo Funes, un muchacho de Fray Bentos que luego de un accidente ya no puede olvidar nada. Funes, que se jactaba antes de su infortunio de ciertos talentos menores como saber siempre la hora sin necesidad de un reloj, lleva la cruz de la memoria perfecta. Eso le permite, por ejemplo, aprender latín en pocos días con el auxilio de una obra de Plinio y un diccionario; pero también le impide olvidar una sola línea de lo que ha leído. Funes es un símbolo, una excusa para que Borges investigue los hilos que mueven la memoria, sus paradojas, sus posibilidades últimas y aberrantes.

En La biblioteca de Babel Borge hace de su universo “el universo”. El de bibliotecario, además del de escritor, hubiera sido el oficio que el escritor hubiese anotado con naturalidad en cualquier formulario. En 1955 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina. En La biblioteca… el escritor describe un edificio de infinitas estancias hexagonales donde conviven todos los libros y todas las posibilidades de un libro (todas las permutaciones posibles de palabras como en Menard) con las historias de los estrafalarios habitantes de este mundo fantástico, que no ignoran la intriga, la violencia y hasta el asesinato. Inmenso laberinto pero también inmensa metáfora, La biblioteca… fue tal vez el intento de Borges por atrapar en algo conocido como una biblioteca, las infinitas posibilidades de un universo cuyas reglas él ni nadie han podido dilucidar.

Catálogo incompleto, antojadizo, gobernado por el gusto personal, es este que aquí acercamos. Otros cuentos más o menos atractivos según para quién, pero todos brillantes de estilo, abundantes de filosofía y pensamientos aparentemente solemnes que ocultan el sutil humor del autor, completan Ficciones. No menos estimulantes son los ya clásicos El jardín de los senderos que se bifurcan, La muerte y la brújula o Las ruinas de Babel.

Borges es un autor al que se puede volver constantemente a pesar de haber leído una y otra vez su obra. Con cada retorno se encontrarán nuevos hallazgos y enfoques desde donde abordar una literatura llena de tesoros. Ficciones forma parte ya de ese legado literario que el convulsionado siglo XX dejó a las generaciones venideras. Con qué voluntad el autor alineó laboriosamente los signos con que compuso su obra: incitar a la reflexión sobre la condición humana, la memoria, la eternidad, la filosofía, el coraje o la magia, es difícil de decir. O quizás simplemente como dice su personaje Pierre Menard “mi propósito es meramente asombroso”. Como sea y a casi treinta y cinco años de su muerte Borges y su literatura nos siguen asombrando.

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