Lo que el pulpo me enseñó (2020), de Pippa Ehrlich y James Reed – Crítica Netflix

Por Juan F. Trillo.

Craig Foster, su “amigo” el pulpo y la ética inter-especies

La forma en la que las distintas culturas se relacionan y comunican entre sí es un campo de estudio fascinante, pero que proporciona tantas satisfacciones como sinsabores. Por cada acto generoso y altruista, encontramos, al menos otro egoísta y mezquino. Personalmente, suelo fijarme, sobre todo, en aquellas culturas que tienen muy poco en común y en cómo se las arreglan para entenderse y, puestos a extrapolar, la comunicación entre especies diferentes (en especial entre seres humanos y otras especies) podríamos decir que es el “no va más”.

Ahora mismo, podemos encontrar un buen ejemplo en el aclamado documental que Netflix incluye en su programación, Lo que el pulpo me enseñó (2020). Dirigido y escrito por Pippa Ehrlich y James Reed y que está cosechando alabanzas generalizadas entre la crítica cinematográfica.

Y no es de extrañar, porque desde un punto de vista puramente narrativo, el documental es excelente, tanto que podría servir de modelo didáctico para quienes desean aprender cómo se construye una historia de forma atractiva para el espectador. Si a eso le añadimos una fotografía espectacular, a cargo de Craig Foster, obtendremos como resultado un producto audiovisual de elevada calidad, que se meterá en el bolsillo sin esfuerzo a la audiencia amante de los documentales sobre la naturaleza.

Narrada en primera persona y con Foster en el papel principal, la historia nos habla de la crisis personal que el fotógrafo sufre en cierto momento de su vida y que le lleva a retirarse a su hogar, en la aislada y salvaje costa del Cabo de Buena Esperanza, Sudáfrica. Allí, un buen día, mientras bucea entre los bosques de kelp, descubre un pulpo y queda fascinado tanto por su asombrosa capacidad para mimetizarse con el entorno como por su evidente inteligencia. Foster comienza a visitar al pulpo en su hábitat a diario y, en los meses siguientes, le filma, toma notas y acumula información sobre él.

Pero es aquí donde Foster quebranta la primera regla de todo observador científico: la de no involucrarse con el sujeto estudiado. Aunque claro, él no es un científico, es un fotógrafo aburrido, que busca un tema interesante sobre el que trabajar y lo encuentra en este fantástico animal salvaje. Para el pulpo, tampoco Foster es un animal más, como el resto de los que habitan en su ecosistema; no es un erizo, ni una estrella de mar, ni uno de los muchos peces que van a lo suyo por esas aguas. Foster es un ser humano, venido de lejos, que entabla una relación continuada en la que se produce un contacto físico frecuente –una vez que se establece la confianza–, lo que a su vez supone la aparición de un vínculo emocional entre ellos. El pulpo aprende a reconocerle, a esperarle y a interactuar con él. En otras palabras, lo que todos entendemos por “hacerse amigos”. Esto no es en absoluto sorprendente, pues los animales, en general, reaccionan positivamente a las muestras de afecto, aunque ¿quién puede culparlos? Todos necesitamos un poco de amor.

Pero es a partir de este punto donde la cosa se tuerce, porque he aquí que un buen día, un pequeño grupo de depredadores (peces gato o pintarrojas) hacen su aparición por el lugar e intentan comerse al pulpo, que pone en juego toda su destreza defensiva, pero que no puede evitar verse acorralado. Se produce entonces un dramático enfrentamiento entre uno de los peces y el pulpo, en el que el depredador le arranca un tentáculo, dejándolo mal herido.

Y mientras su vida está en peligro, ¿qué hace su nuevo amigo, ese ser de una especie superior que cada día baja de lo alto a interactuar con él? ¿Qué hace este humano que posee unas capacidades mucho más desarrolladas que las del pulpo, mientras éste está a punto de ser devorado? Pues, nada. No hace absolutamente nada, salvo seguir filmando y, tal vez, felicitarse por las dramáticas imágenes que él y el cámara auxiliar (Roger Horrocks) están obteniendo. Y dramático ha sido para el pulpo, desde luego. El shock ha sido tal que durante varias semanas no está claro si conseguirá sobrevivir a tan terrible mutilación. Por suerte sus superpoderes –no hay otra forma de llamarlos– hacen que se recupere paulatinamente y un tentáculo nuevo comienza a crecer, sustituyendo al que ha sido arrancado.

Tal vez muchos de los espectadores consideren que su actitud ha sido la adecuada, pues se ha extendido entre nosotros esa mentalidad de “naturalista de salón”, según la cual ante un hecho de estas características hay que dejar que “la naturaleza siga su curso”. Sin embargo, esto es así solo si desde un primer momento hemos decidido ser única y exclusivamente observadores. Si “bajamos a tierra” y optamos por interactuar con el sujeto estudiado, la cosa cambia por completo.

En el juego de las relaciones interespecies no se puede estar en los dos lados: o te mantienes al margen o te involucras, pero elijamos lo que elijamos, hay que ser consecuentes. Si decidimos no intervenir, debemos incluso evitar que los animales se percaten nuestra presencia y a partir de ahí, que ocurra lo que tenga que ocurrir. Se trata de una actitud rigurosamente científica para la que hace falta un estómago bien templado, pues en ocasiones vamos a contemplar escenas que nos removerán las entrañas. La propia Jane Goodall, la célebre primatóloga, contaba en 1976, cómo en cierta ocasión en el transcurso de una labor de estudio de varias familias de chimpancés, en Tanzania, no pudo evitar intervenir para intentar impedir el cruel asesinato de una chimpancé hembra y su cría de escasos meses por parte de una banda de chimpancés de su misma tribu que se estaba dedicando a asesinar sistemáticamente (sí, he utilizado el término “asesinar”, ya que parece que entre los primates también se producen este tipo de conductas aberrantes) a todas las madres y a sus crías.

Además, quienes de ustedes sean aficionados a la ciencia ficción estarán, sin duda, familiarizados con la norma que estableció en su día Isaac Asimov para los casos en los que una civilización contacta con otra mucho menos evolucionada tecnológicamente, que es la de no interferir en absoluto. Esta es una actitud muy sensata y responsable, pues la historia demuestra que, de lo contrario, las consecuencias para la cultura menos desarrollada suelen ser devastadoras. Viene a ser algo así como “se mira, pero no se toca”.

Pero si, por el contrario, elegimos contactar, si entramos en relación directa con ese otro ser pensante –un pulpo en este caso– tenemos que saber que se va a establecer una relación afectiva. Es inevitable y habrá que asumir las consecuencias.

Hace ya muchos años que los científicos saben que el pulpo es una de las especies más inteligentes que habitan este planeta. Las evidencias de su elevada capacidad mental resultan aún más asombrosas si tenemos en cuenta que se trata de una especie no-social, que no tiene contacto con otros miembros de su clase más que de forma esporádica. Eso significa que no aprende de sus antecesores (de hecho, ni siquiera conoce a sus progenitores). Es cierto que cualquiera de nosotros (o casi cualquiera) es más listo que un pulpo, pero solo porque disponemos de lenguaje y vivimos en sociedad y ninguna de las dos cosas es un mérito personal, sino algo que recibimos al nacer. Los pulpos son, a su manera, seres tan evolucionados como lo somos nosotros.

Pues bien, no es aventurado suponer que este ser inteligente posee también la capacidad de sentir un amplio abanico de emociones: curiosidad, miedo, excitación… Y en el caso que nos ocupa, por el comportamiento del pulpo a lo largo del tiempo con el humano que acude cada día a su entorno, podemos añadir a las emociones mencionadas otra más: afecto.

Foster, fotógrafo metido a naturalista, ha instrumentalizado a este ser sintiente para sus propios objetivos, esto es, hacer un documental que le proporcione fortuna y fama. Pero claro, para que la cosa no quede tan cruda, hacia el final de la cinta, cuando el pulpo finalmente fallece “de viejo”, se muestra a sí mismo con los ojos húmedos y el gesto cariacontecido. Pues nos va a permitir que dudemos de su sinceridad y que consideremos sus lágrimas como “de cocodrilo”, más falsas que un billete de tres euros, y sus palabras sobre “todo lo que ha aprendido” de esa relación, algo que dice porque queda bien, sobre todo con la música de fondo apropiada.

Al contemplar las escenas citadas, no pude evitar acordarme de la foto de Spencer Platt que obtuvo el Premio World Press en 2006. La imagen, que dio en su momento la vuelta al mundo y apareció en todos los medios de comunicación, muestra un grupo de jóvenes libaneses de clase alta, recorriendo en su descapotable rojo, las calles del sur de Beiruth, devastadas por un ataque israelí, mientras hacían fotos con sus teléfonos móviles. En ambos casos los protagonistas se sitúan en un plano de superioridad desde el que contemplan el sufrimiento ajeno, pero siempre con la actitud de “Es terrible, sí, pero no es mi problema”.

En su documental, Craig Foster, en aras de un supuesto distanciamiento científico, permite que un ser con el que ha establecido una relación afectiva sufra y esté a punto de morir. Esta falta de empatía, desde mi perspectiva, resulta a la vez indignante y deprimente. Indignante por la actitud de los protagonistas y deprimente porque dicha actitud ha pasado por completo desapercibida entre la crítica especializada, más atenta a la calidad de las imágenes que al contenido de las mismas.

Para concluir creo justo recalcar que, desde una perspectiva cinematográfica, el documental es realmente notable, pues como he mencionado al principio, la realización es excelente y estéticamente resulta un auténtico placer visual. Por otro lado, sería estupendo que moviese a los espectadores a la reflexión al respecto de cuál es la mejor manera de relacionarnos con otras especies con las que compartimos este planeta y sobre si debemos o no, y en qué casos, evitar el sufrimiento ajeno, incluido el de esas otras especies.

Aunque, en realidad, la respuesta a este dilema ético ya la dio hace casi cien años Antoine de Saint-Exupery en su obra El Principito. En el conocido capítulo XXI, el Zorro explica lo que significa “domesticar” a alguien y concluye: “Te haces responsable para siempre de lo que has domesticado”. Así es; una vez que eliges implicarte y estableces una relación afectiva con un ser sensible, eres responsable de su bienestar y no lo dejas tirado cuando necesita tu ayuda. Eres responsable de lo que domesticas. Es tan simple como eso.

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