Todo sigue tranquilo en el cielo amarillo. El reencuentro de Chusé Izuel y Félix Romeo.

MARIO BLÁZQUEZ. (Twitter: @mzeuqzalbi)

“Un suicida, por muchas explicaciones que haya podido dejar tras de sí (tanto da sobre el papel, en cinta de sonido o en cinta de vídeo), parece llevarse siempre consigo un secreto, un gran misterio que jamás podrá ser resuelto.”

En enero de este año la renacida editorial Plot reeditó Amarillo (2008), de Félix Romeo, y ahora Caballo de Troya publica Todo sigue tranquilo (1994), de Chusé Izuel, el primer título de Jonás Trueba como editor del sello.

A veces existe un asombroso entrelazamiento entre historias que transcurren en paralelo y parecen hacer un esfuerzo por retroalimentarse. Recuerdo haber visto muchas veces Apocalypse now, de Francis Ford Coppola, pero no fue hasta el día que vi el documental que realizó su mujer, Eleanor Coppola, sobre su dantesco rodaje, Corazones en tinieblas, cuando comprendí la dimensión de Apocalypse now. Dejé de ser capaz de ver la película sin el documental, de separar la obra de su proceso de creación. Una de las primeras escenas del documental se superpone con el inicio de la película. Martin Sheen, desquiciado, rompe un espejo de un puñetazo y su mano comienza a sangrar. Después supimos que esa escena se rodó en medio de una crisis de ansiedad del actor y todo fue real. Esto mismo sucede con los relatos de Todo sigue tranquilo y la novela Amarillo. No encuentro ya una manera de leer uno de estos libros sin el otro. No puedo enfrentarme a la narrativa violenta, dolorosa y trágica de Chusé Izuel obviando que Félix Romeo desveló que era autobiográfica.    

  • «Amarillo»

Chusé Izuel se suicidó el 27 de febrero de 1992 a los veinticuatro años. Un día antes había enviado una colección de relatos a su expareja, que sus amigos Félix Romeo y Bizén Ibarra publicaron de manera póstuma en 1994 en Ediciones Libertarias. “Este libro es viejo y nuevo al mismo tiempo”, anuncia en el prólogo Jonás Trueba. Es, también, el primer y último libro de su autor.

Félix Romeo, escritor, crítico literario y director de La Mandrágora, era amigo de Chusé Izuel. Compartieron infancia, adolescencia, una casa en Barcelona, donde se encontraba el balcón desde el que Izuel saltó. Amarillo podría definirse como una carta póstuma escrita a su amigo. “Este es un libro sobre el crimen perfecto. Sobre la memoria, sobre la imposibilidad de recordar. Sobre las cuatro cosas que recuerdo de ti. Sobre las mil cosas que no recuerdo de ti y sobre las mil cosas que ignoro de ti y quiero seguir ignorando”. El excepcional valor de Amarillo reside en que revela, sin insinuaciones, detalles de su amigo que vaticinan su personalidad esquiva hacia la vida, lo que, indirectamente, nos sumerge en el hiperrealismo de los relatos que después conformarían Todo sigue tranquilo, como si asistiéramos a su proceso de escritura. En todo este imaginario sobrevuela la idea del suicidio. Romeo lidia con un sentimiento de culpa que Izuel define como “amistad hasta cierto punto”. Tal vez porque nadie es tan amigo de otro como para evitar su muerte, como para predecir un suicidio. “Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo. No paro de pensar que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo“. Las piezas encajan a posteriori, a través de retroceder y analizar otros ángulos de su convivencia; de rastrear alusiones en artículos y entrevistas que Izuel hizo sobre otros escritores donde realmente hablaba de sí mismo; a través de confesiones en cartas íntimas que Romeo recibió de Izuel y que transcribe sin pudor en Amarillo. “Voy a ser un detective que trata de averiguar algo sobre sí mismo a través de otro”.

  • «Todo sigue tranquilo»

“Cada vez estoy más convencido de que el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda que llevas dentro. O te sale de las tripas o no vale una mierda. No sirve para nada intentar encontrar algo; o lo tienes o no lo tienes“. Esta declaración de principios de Izuel se refleja en sus relatos, donde se advierte la fuerza expresiva del estilo directo, una prosa cruda y desnuda, sin malabarismos léxicos, carente de ambigüedades que atenúen el significado de lo cotidiano, lo real y lo sucio. “A Izuel le gustaban Carver, Shepard, Bukowski, Kerouac, Burroughs, Ginsberg. A las cosas se las llama por su nombre”, explicó Félix Romeo.

Los años noventa, bares, amigos, cigarrillos, cervezas, conversaciones y discusiones de pareja sobre sexo o situaciones domésticas. De igual modo que puede deducirse que el narrador y algún personaje tiene una gran connotación con el propio Izuel, Alicia, un personaje que se repite en gran parte de los relatos, puede considerarse un alter ego de su expareja. En el relato que da título al libro, mediante una ruptura sentimental, uno de los personajes se siente abandonado y anticipa la posibilidad de suicidarse. En Ojalá llueva asistimos a la descomposición de una pareja cuando reconoce la diferencia del significado entre sentirse querido y enamorado. Toda una tarde por delante es un relato de una honestidad sobrecogedora, tal vez el más carveriano. Un hombre se prepara para salir de casa cuando recibe una inesperada llamada de su expareja, mantiene una conversación donde se evidencia que ella está en un nivel superior de superación de la ruptura. Izuel utiliza el movimiento como eje del estado de ánimo del protagonista: la transición desde pasar la tarde fuera como tenía previsto, antes de la llamada, hasta quedarse inmóvil. Abrazando recuerdos es una especie de carta de advertencia hacia su expareja en la que flirtea con la idea de la muerte, la disolución de la vida como solución al dolor. «Tengo veinticuatro años y soy un anciano que agoniza, que se atraganta con su propia saliva, que se caga en los calzoncillos, que se tropieza con sus pies, que busca la salida última, que le tiene pánico a su mismo nombre». El tono vira hacia una prosa más poética y lírica en estos últimos relatos. La mejor de las soluciones, que cierra el libro, es la elocución de una despedida que delata la intencionalidad en la cronología de los relatos alterada por Jonás Trueba para esta nueva edición.

“Soñé que habías regresado. «He estado dando una vuelta por ahí», decías con una sonrisa“. Félix Romeo, en Amarillo.

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