Carrere en el Paseo del Prado

Foto: Consuelo De Arco

Por Antonio Costa Gómez.

Me lo imagino por el Paseo del Prado llevando la bohemia a su lado como si fuera su perro.

Vi una placa en la calle Princesa que decía que allí vivió Emilio Carrere, pero habló de todo Madrid en sus poemas. De las Vistillas, de Lavapiés, de la Moncloa. Del convento donde Felipe IV seducía a una monja, del Manzanares, del hospital y la cárcel. Se movía por el barrio de Conde Duque, donde vivía Alejandro Sawa, que se transfiguró en Max Estrella. Y se refugiaría en las sombras bajo los árboles en el Paseo del Prado.

En el poema “Viejos cafés”, al ver los bares con pianolas y música estridente, siente nostalgia de los viejos cafés con piano y tertulias literarias. Donde Bécquer hablaba con sus fantasmas, donde iban los escritores y las putas. Donde Rubén Darío quemaba incienso de exaltación, donde Valle Inclán llevaba sus melenas merovingias, donde Azorín, el pequeño filósofo, soltaba su mostacho. Evoca el café Suizo, junto a la Puerta del Sol, evoca el Parnasillo y el Nuevo Levante. Qué diremos nosotros en 2019 que, al ver los cibercafés para zombies donde todos se evaporan en cabinas, añoramos el olor del café y las personas de carne y hueso.

En el poema “La musa del arroyo” expresó una desazón metafísica, casi como Rosalía de Castro con su “Negra sombra”: “Y un espíritu burlón / que entre las sombras había / al escuchar mi canción / se reía, se reía”. Miraba la fuente y la Luna, miraba la mano de seda de su amante y la nieve hermosa, pero un espíritu burlón se reía.

Me lo imagino paseando por el bulevar del Prado llevando la melancolía como su perro. Rebañando del plato de su vida encantos y poesía humilde.

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