‘Niadela’, de Beatriz Montañez

Niadela

Beatriz Montañez

Errata Naturae

 

Por Mario Amadas

Tener la necesidad de romper, y romper. Esta secuencia no siempre se cumple porque no siempre se puede. Sólo quien está muy harto se atreve a romper, o quien está muy harto y puede. Y ya sólo unos pocos, poquísimos, son capaces de romper con el entorno, irse, y seguir idos. Beatriz Montañez lleva cinco años así, alejada del mundanal ruido, y Niadela es el testimonio escrito de su gesto, un acercamiento a una plena vida silvestre.

Alguien con esa necesidad de romper con todo puede tener, también, la necesidad de incurrir, ante la hoja en blanco, en algunos énfasis, en esas expansiones del yo que se le pueden atribuir a las megalomanías de siempre, quizá como defensa ante las agresiones, de ese mismo entorno, al yo. Montañez tiende a eso, a las puntuales cursilerías; también hay en el libro una proclividad a la frase lapidaria, definitiva, que a veces funciona. Pero esto, como digo, aunque pueda ser molesto, también puede ser necesario para la persona que necesita irse. Crecerse así ante la agresión del entorno.

Montañez va nutriendo sus descripciones con momentos de su pasado, como la prematura muerte del padre o esa primera amiga de la infancia que supo entender su silencio, para que entendamos que el gesto no es sólo el hartazgo momentáneo ante la vida cumplida de una periodista de éxito, sino un llamado muy antiguo a cauterizarse. Además, nos arrastra con sus descripciones, con su rico léxico natural, a ese bosque y a esa soledad: la inmersión en los bosques circundantes de Niadela, la casa encontrada, es inevitable (por citadino que uno sea).

Niadela es, entre otras cosas, un libro de viajes. De viajes exteriores e interiores. Y Thoreau es Thoreau, pero Beatriz Montañez es Beatriz Montañez y tiene muchas cosas que decir. Vive con 150 euros al mes de lo que había ganado en la tele, y baja, cada tres semanas, al pueblo más cercano a reponer la despensa. No cabe mucha crítica aquí: no lleva unos meses así, sino cinco años. Enfrentarse a esa soledad en ese entorno no es poco precio ni poco gesto. Es el resultado de un vacío (que es de todos, o está en todos).

Me ha pasado algo extraño con este libro, de todos modos. He pasado del entusiasmo total al hartazgo. Más o menos a medio libro. El gesto, el impacto de su gesto en nuestras mentes y en nuestro tiempo, sigue intacto. Y si antes decía que es significativo de tantas cosas será mejor que lo aclare: es significativo del hartazgo y de lo perniciosa que puede llegar a ser esta cultura de la inmediatez en la que vivimos, la presión que se padece si uno quiere cumplir con lo que se espera de ti. El gesto rompe con lo que hay dentro de uno y con lo que está fuera, presionando para moldearte. En eso, la autora es un ejemplo a seguir, uno de los más impactantes del panorama cultural de las últimas décadas. ¿Quién se atrevería a hacer lo que ha hecho ella, de entre quienes escriben?

Cómo lo ha descrito Montañez y cómo lo transmite es lo que me ha cansado y lo que me ha alejado de sus significados. Repetitiva, la enumeración continuada de árboles, pájaros y plantas es, sí, un repertorio de léxico especializado, pero como lectura, cansa. No por especializada sino por repetitiva. Sí, cierto, es la manera escrituraria de acercarnos un mundo que agoniza, pero así, tan repetidamente, cansa. Niadela es un testimonio de alguien valiente, una autora que se atrevió a buscar lo que necesitaba. Eso estará siempre ahí y es el valor del libro. Niadela no es, en cambio, la mirada crítica de un mundo que ha provocado eso, o que lo ha acentuado. No hay una deconstrucción crítica de un entorno que te fuerza a aislarte, de un pasado que sin saberlo te empuja a la introspección. El querer, el necesitar esa soledad podría haber sido objeto de reflexión y análisis, y quizá hubiera tocado alguna necesidad humana universal, quizá hubiera puesto nombre y palabra a una urgencia por estar mejor. Este libro podría ser un poco como la poesía de fray Luis de León.

La trascendencia no hay que buscarla, cosa que a veces parece que haga; creo que es algo que ocurre o se desprende, de manera inesperada, de cada experiencia individual. O que leída a posteriori, nos lo puede parecer. Y de una roca podemos extraer una metafísica significante, si queremos, si el contexto lo permite, pero aquí, en algunos tramos, parece que se busque, que se fuerce la descripción de la realidad para aparentarla trascendente. El gesto de Montañez  ya es lo suficientemente significativo como para no necesitar añadirle nada, interpretaciones metafísicas o brochazos enfáticos de descripción hecha desde el deliquio. En esto, como en todo, hay excepciones, como esa pincelada perfecta, casi de haikú: “Una pareja de patos cuchara se eleva desde el río con la efusión de una cascada invertida”.

La serpiente devorando al murciélago, la primera hormiga tanteando a la araña renqueante, la salida puntual a la ciudad más cercana (a 80 km), y la invasión de los ruidos y las presencias en un centro comercial, el asedio a una sensibilidad necesitada de la paz no humana de los bosques: eso es, también, Niadela. Tampoco es raro que se tienda a la grandilocuencia y la cursilería, ya digo. Las descripciones no son contenidas ni pacatas, y de ahí el riesgo. Lo admirable es ver que afronta ese riesgo y (según el umbral de resistencia de cada uno, que todo esto es relativo), cae en la cursilería, y no que se contiene y describe lo que vive distanciada. No, Montañez nos arrastra a Niadela, nos lleva consigo a ese mundo nuevo, reconfortante y uterino.

El libro, en sus tramos confesionales, alcanza mayores cuotas de verdad, por así decir, más impacto que en sus tramos descriptivos. “(…) soy lo que no quiero pensar”, todos los fantasmas que reprimimos, lo que nos hace huir, nos definen tanto como el no querer afrontarlos. Que enlaza más adelante con otra confesión: “He callado (…) mi punto de vista para evitar conflictos”. Alguien que escoge vivir apartado y te dice que “estoy lejos de estar en paz” me resulta más sugerente, creo que se puede aplicar a más momentos de la vida que cuando dice que para ser cordillera, antes hay que ser barranco. Veo en esa escritura más naturalidad, y creo que consigue llegar más lejos, más hondo en los significados de su experiencia y de su gesto que cuando, quizá de manera algo menos natural, sobrecarga la temperatura de los pasajes descriptivos en un libro necesario que quizá podría haber sido un poco más, pero que es, sobre todo, un gesto valiente al que me costaría encontrar parangón en nuestro tiempo.

5 thoughts on “‘Niadela’, de Beatriz Montañez

  • el 29 mayo, 2021 a las 9:06 pm
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    Hola, tras acabar el libro, he buscado críticas en Internet y he llegado a la tuya. Muchas gracias por la sinceridad, me temía que nadie dijera lo que pensaba. Yo también inicié el libro con toda ilusión y llegó un momento que todas las descripciones me agotaron y lo que me quedé es con ganas de saber más de ella de por qué, de cómo… no obstante, su valor es incuestionable, me refiero al de Beatriz. Para mí lo que está haciendo es un referente. Muchas gracias!

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    • el 9 junio, 2021 a las 10:20 am
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      Gracias a ti por comentar. Sí, Beatriz Montañez (a quien por supuesto no conozco), ha demostrado una valentía y un arrojo fuera de lo común.

      Que a veces caiga en esas «expansiones del yo», como digo en el texto, o en puntuales cursilerías, no es tan raro.

      Un saludo!
      Mario A.

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  • el 20 junio, 2021 a las 5:21 am
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    El libro no se puede entender al margen del contexto meditativo de la autora. Ella lleva años practicando meditacion vipasana o la que fuere, muy seriamente. Todo el que desconozca por experiencia propia esta ingenieria subjetiva, de transformacion radical, perceptiva y experiencial, permanece frio y ajeno a lo que sucede en el libro. No es por una limitacion intelectual de la autora que obvia todo relato conflictivo, psicologico o sentimental acerca de su pasado y de su eleccion de vida retirada, sino que ella no puede hablar desde otro lugar que la ecuanimidad y la exterioridad natural de las cosas, fundida con lo real de la naturaleza, puesto que trascendio la dualidad y el conflicto. Y de eso se trata en la evolucion espiritual de cualquier signo. Apenas queda la huella del dolor obligado de toda vida arrojada, el duelo pendiente por el padre y la infelicidad de una madre que intuimos trabajadora, agotada, ausente, tal vez juzgadora, impaciente o helada. Ella ni siquiera juzga a la madre. Ni a nadie. Precisamente ha trascendido todo juicio, todo conflicto, toda separacion, todo pensamiento, dicho sea entre comillas. Para reposar en la ecuanimidad y la contemplacion abierta del milagro natural del mundo. Y de un modo tan vivo y deslumbrante que el lector puede hacer la misma experiencia de haber arribado «a casa». La casa a la intemperie del silencio en paz en la que todo el ruido del mundo no penetra. Yo personalmente no pude descansar hasta terminar de leerlo y puedo decir que he vivido en Nadiela.

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  • el 20 junio, 2021 a las 2:04 pm
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    Estoy muy de acuerdo con el análisis que Mario Amadas hace del libro «Niadela».
    Es exactamente lo que yo pienso pero expresado de manera tan clara y brillante que solo puedo agradecer a Mario su valiosa crítica.
    Un cordial saludo!

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