‘En el corazón del bosque’, de Jean Hegland

ELVIRA FERAL.

En el corazón del bosque es la primera novela de la escritora y profesora de literatura estadounidense Jean Hegland, de 64 años. Esta historia escrita hace veintiséis años nos traslada a una realidad que nos toca muy de cerca por la pandemia que estamos viviendo. Nell y Eva, dos hermanas que tienen diecisiete y dieciocho años, saben lo que es el aislamiento y las vidas interrumpidas, igual que, desde hace un año, todos nosotros. Viven en una casa aislada en el bosque, en las afueras de Redwood. Nell, la narradora, desea ingresar en Harvard, y su hermana Eva, quiere ser bailarina. Son sus sueños, pero la sociedad empieza a pararse: la gasolina escasea al igual que la comida y los cortes de luz cada vez son más frecuentes, llegan enfermedades pandémicas y el mundo se colapsa.

Sus padres las educaron en plena naturaleza, sin tener que ir al colegio. «Mis hijas disponen libremente del bosque y la biblioteca…La escuela no sería más que un estorbo», dice el padre. De esta manera mientras otros niños iban a la escuela estas dos hermanas pintan murales, crían mariposas, representan obras de teatro, hacen papel, inventan recetas de galletas o cultivan calabazas. «Durante años estudié lo que quise, cuando y como quise estudiarlo», nos cuenta Nell.

Las tragedias de estas hermanas son una madre enferma que fallece y un padre que también muere en un trágico accidente en el bosque cuando una sierra mecánica le corta la arteria femoral. Ellas mismas cavan su tumba en el bosque. A partir de ahí se abre un enorme vacío.

Las dos hermanas; Eli, el amigo de Nell, con el que tiene la posibilidad de marcharse («Marchándome, tenía a Eli, la aventura, el futuro por el que tan duramente había trabajado»); la madre; el padre, para el que «la mejor ocasión es cualquier ocasión»; las gallinas Bathsheba, Pinkie y Lilith y unas huellas sin dueño que hacen que el miedo se apodere de ellas, son los personajes de esta novela.

Aparecen objetos mágicos como esa enciclopedia a la que Nell dedica sus horas estudiándola por orden alfabético o las plantas, que convierte en milagrosas, gracias a su conocimiento sobre ellas, y un enorme y hueco tocón de secuoya.

El bosque también es un personaje («…el bosque aguarda, contempla nuestros esfuerzos»), que pasa de amenazarlas a protegerlas y así al final del libro podemos leer: «No siento ya amenaza alguna, sino una nueva benevolencia, como si el bosque por fin se hubiera vuelto compasivo, como si, acurrucadas aquí, en la oscuridad, por fin le importáramos».

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