‘El idiota’, de Fiódor Dostoievski

DAVID PÉREZ VEGA.

El idiota era uno de los grandes clásicos que me faltaban por leer de Fiódor M. Dostoievski (Moscú, 1821 – San Peterburgo, 1881), después de haberme acercado a Crimen y castigo (dos veces), Los hermanos Karamázov, Los demonios, Memorias del subsuelo, El jugador y El doble. En realidad es un libro que tenía en casa desde hacía años, comprado en la editorial Alianza; sin embargo, estaba esperando a que Alba se decidiera a hacer una nueva traducción para leerlo. En 2012 leí Los demonios en la edición de Alianza y fue un libro que me gustó mucho, pero me dio algo de rabia ver que, no mucho después, lo publicaba Alba, porque hubiera preferido leer la edición de Alba. Así que decidí esperar. En realidad, las traducciones de Dostoievski de Alianza son perfectamente correctas. Están realizadas por el hispanista Juan López-Morillas, que trabajó en las universidades de Brown y Austin, en Estados Unidos. López-Morillas tradujo varios clásicos rusos al español por primera vez de forma directa desde el ruso. Además de libros de Dostoievski, he leído otros de sus trabajos, como las traducciones de Anna Karenina de Lev Tolstoi o Historias de San Petersburgo de Nikolái Gogol. Al leer a los tres autores me podía topar con un personaje «emperejilado», con ganas de armar «bochinche» o que le duele el «magín» o el «caletre». Es decir, el trabajo de López-Morilla es bueno, pero considero que algunos términos que usa se han quedado anticuados. En Alba he releído la nueva traducción de Crimen y castigo que acometió Fernando Otero Macías, el mismo traductor que El idiota, y me pareció un gran trabajo. Sin embargo, podría apuntar que en su excelente traducción de El idiota me he encontrado expresiones como «tronado» por «loco» o «cocido» por «borracho», que es posible que dentro de treinta años le suenen al lector en español tan ajenas y extrañas como los «magines» de López-Morillas.

Después de escribir casi a la vez, y de un modo apresurado, El jugador y Crimen y castigo, publicadas en 1866, Dostoievski escribió y publico por entregas El idiota entre 1868 y 1869. Así que esta obra pertenece a su gran periodo creador final. Entre 1871 y 1872 aún tendría tiempo para escribir Los demonios y entre 1879 y 1880 Los hermanos Karamázov. Es decir, en un periodo de unos quince años, Dostoievski escribió algunas de las obras cumbres de la literatura universal.

El idiota comienza con el príncipe Lev Nikoláievich Myshkin llegando en tren a Rusia desde Suiza. El príncipe Myshkin es un joven de veintiséis años que ha pasado los últimos cuatro en un pueblo de Suiza, al que fue enviado por su preceptor para que se curara de su «enfermedad». El príncipe Myshkin sufre ataques de epilepsia y no ha podido recibir una educación formal. Un personaje le dirá al príncipe: «Yo no estoy de acuerdo, e incluso me molesta, cuando alguien, quien sea, le llama a usted idiota; es usted demasiado inteligente para semejante calificativo; pero estará usted de acuerdo en que es demasiado raro para ser como todo el mundo.» (pág. 731) En realidad, más que un idiota, el príncipe es un joven bondadoso e ingenuo, incapaz de juzgar negativamente a los demás y de negarles su ayuda, aunque se estén burlando de él. Estas características, en principio positivas, son las que le convierten en «un idiota» a ojos de la sociedad de su tiempo. He leído en alguna crítica que se considera que en el príncipe Myshkin Dostoievski quiso especular con la idea de una nueva venida de Jesucristo a la Tierra. No me parece una idea descabellada, pero tampoco algo evidente o claro. En un momento de la novela, el príncipe defiende la primitiva fe cristiana rusa frente al catolicismo, al que considera anticristiano por su ostentación de la riqueza y falta de humildad. En películas (no me viene ahora mismo ningún ejemplo literario) como La palabra (Ordet) (1955) de Carl Theodor Dreyer o Rompiendo las olas (1996) de Lars von Trier la idea de trasladar la figura de Jesucristo a los tiempos de la narración me parece mucho más evidente que en El idiota. En esta novela aparece algunas veces mencionado El Quijote de Miguel de Cervantes, y es cierto que el príncipe también tiene algo de Quijote empeñado en salvar a damas en apuros. En este caso, la principal «dama en apuros» será Nastasia Filíppovna.

Se ha comentado muchas veces que uno de los grandes temas de la novela del siglo XIX es el del matrimonio; haciendo especial hincapié en la figura de la mujer en relación al matrimonio. Nastasia Filíppovna es uno de los personajes más interesantes de la novela. De niña, Nastasia se quedó huérfana y fue rescatada de la pobreza (seducido por su singular belleza) por un hombre maduro llamado Afanasi Ivánovich Totsky, dueño de las tierras en las que vivían sus padres. Este hombre le dio una educación y también la convirtió en su amante a una edad impropia. Pasado el tiempo, Totsky podrá casarse con otra joven sin problemas; y será Nastasia Filíppovna la que quedará marcada para siempre como una «mujer perdida».

Según se baja en San Petersburgo del tren, el príncipe irá a visitar la casa de un familiar lejano,  Lizaveta Prokófievna, de apellido Myshkin también. Lizaveta está casada con el militar Iván Fiódorovich Yepanchín (amigo de Totsky), y los dos son padres de tres hermosas hijas casaderas: Aleksandra, Adelaída y Aglaia. El príncipe llegará a su casa únicamente con un hatillo como equipaje y su recepción inicial será bastante tibia, aunque al final se acepte de buen grado su presencia.

En estas escenas iniciales, en las que el príncipe llegaba a la casa y solicitaba una entrevista, he visto de nuevo la influencia de la obra de Dostoievski sobre la de Franz Kafka. Cuando comenté Los demonios y Crimen y castigo ya señalé esta idea, que se me escapó en mis lecturas juveniles de Dostoievski y Kafka y que me resulta evidente de adulto. En las novelas de Dostoievski a veces las acciones de los personajes se rigen por principios no realistas. Muchas veces se han identificado las extrañas acciones de los personajes de Dostoievski con lo exagerado del «alma rusa», pero en otras novelas rusas del siglo XIX esta extrañeza para el lector se produce en mucho menos grado que con Dostoievski. Sus personajes suelen estar desesperados y actúan en gran medida en contra de sus intereses, sucumbiendo de un modo nihilista a sus ansiedades y temores.

El príncipe trata de entrevistarse con Iván Fiódorovich Yepanchín igual que unas décadas después el agrimentor K. tratará de entrevistarse con las autoridades del castillo. Y por el camino le aparecerán al príncipe lacayos con los que tendrá conversaciones banales o tremendamente profundas. Todo esto transcurre en medio de un ambiente vaporoso de ensoñación, igual que en la narrativa de Kafka.

Además lo personajes de Dostoievski a menudo tiemblan y se encuentran enfebrecidos, situaciones muy propias de una narración de Kafka.

El propio Dostoievski sufría ataques epilépticos como le ocurre al príncipe Myshkin y además fue encarcelado por actividades antigubernamentales y condenado a muerte. Sufrió un simulacro de fusilamiento y después se le anunció que su pena había sido conmutada por la de trabajos forzados en Siberia. Sobre este hecho del falso fusilamiento y las condenas a muerte se habla en El idiota e, igual que el tema del suicidio en Los demonios, elevan la novela hacia cimas existencialistas por las que va transcurrir gran parte de la narrativa del siglo XX.

La novela está dividida en cuatro partes y en las más de 200 páginas de la primera se describe únicamente el primer día del príncipe en San Petersburgo. Serán multitud los personajes con los que se cruce, creando un gran fresco de la vida en la ciudad. Luego habrá saltos temporales y algunos de los personajes pasarán una temporada en Moscú, un periodo de tiempo que no será narrado en la novela, pero sí evocado con posterioridad. Los escenarios de la novela son San Petersburgo y Pávlovsk, un pueblo de veraneo cercano.

Si bien el príncipe llega a San Petersburgo sin un rublo encima, pronto se verá que es el heredero de una considerable fortuna, lo que hará que pueda ‒de momento‒ vivir sin trabajar. Serán muchos los crápulas que se le acerquen para tratar de sacarle el dinero, pero también su juventud y su bondad serán atractivas para más de una mujer. El príncipe vivirá rodeado de nobles disolutos, mujeres perdidas, jóvenes extremistas, viejos fantasiosos, un joven a punto de morir por tisis y otros jóvenes enamorados y que viven la experiencia del amor como la de una terrible condena. Aquí, como en Crimen y castigo y Los demonios, también nos encontraremos con suicidas, asesinos y posibles asesinos.

Mi último acercamiento a Dostoievski había sido la relectura de Crimen y castigo hace tres años, y la sensación que he tenido al leer El idiota es que la estructura del libro estaba menos clara que la de Crimen y castigo. En El idiota Dostoievski plantea muchas escenas en las que entran y salen los personajes y en ellas sitúa al actor principal y distorsionante del príncipe. Y uno transita por las escenas que crea Dostoievski con extrañeza y fascinación, sin saber hacia dónde se dirige, quizás ya enfebrecido y con temblores. Hay escritores que saben levantar bonitas y solidas casas en el campo, pero Dostoievski eleva sobre nosotros turbias catedrales poco iluminadas y uno camina bajo sus bóvedas inestables pensando que en cualquier momento se van a caer y a aplastarnos. En la poca luz de estas catedrales, en precario equilibrio, anida la literatura.

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