Que viene el lobo (Cry Wolf) (2020) – Crítica Serie TV

Por Gerardo Gonzalo.

Secretos detrás de la puerta…

Recientemente Movistar ha estrenado Que viene el lobo (Cry Wolf o en el original Ulven Kommer), una miniserie danesa de ocho episodios, cuyo argumento gravita sobre la denuncia de una niña en relación al comportamiento violento de su padrastro.

Sería reiterativo volver a hablar de la alta calidad de la ficción nórdica en general y danesa en particular, son múltiples los ejemplos y esta serie creada por Maja Jul Larsen, guionista de excelentes ficciones como Borgen o La ruta del dinero, es uno más dentro del nivel de excelencia y variedad temática que abordan los dramas de esas latitudes.

Empiezo diciendo que estamos ante una serie espléndida, que aún asumiendo el riesgo de abordar un tema que podría deambular peligrosamente por los territorios del típico telefilm de fin de semana, logra alcanzar unas cotas altísimas de profundidad y análisis, diseccionando casi quirúrgicamente lo que acontece. Una historia que emociona e interesa, no por los estallidos de la misma, sino por la hondura del problema. Una trama que no entra en el maniqueísmo de lo que está bien o está mal, sino que opta por la ambigüedad de sentimientos y situaciones, que hace que a lo largo de la serie puedas empatizar y dudar a la vez de todo y de todos.

Que viene el lobo, toma como eje central la decisión de una niña, que interrogada por lo que escribe en una redacción de colegio, decide denunciar un supuesto maltrato de su padrastro. A partir de ahí, la situación se desliza por varios planos. La niña y su hermano pequeño por un lado, que entran en una dinámica de tutela por parte de los servicios sociales y pasan a vivir en una casa de acogida con otra familia. Por otro lado, los padres de ambos, sus reacciones y la complejidad de su relación. También el entorno personal, laboral y sentimental en el que se mueven los protagonistas y las diferentes dinámicas ante la situación. Por último, el asistente social encargado del caso, persistente y tenaz, se agarra a su criterio de forma obsesiva frente a dudas y presiones.

Lo mejor de la serie viene dado por el tono adecuado que maneja. Frente a una historia que podría ser en una batalla entre buenos y malos, la trama no cierra ninguna opción, pone en duda todos los testimonios y nos muestra la realidad desnuda de lo que está pasando, convirtiendo al espectador en jurado de una situación que nos suscita dudas y remordimientos y que solo muy al final, somos capaces de entender en su plenitud. Un tono que se sustenta muchas más veces en silencios y sobrentendidos, que en lo que realmente cuentan sus protagonistas.

Nada de esto sería posible sin una espléndida realización sobria y medida, acompañada de una muy buena banda sonora. La serie, con un ritmo pausado, va mostrándonos las motivaciones de cada personaje, los detalles de su personalidad y la dinámica familiar que hace que se haya llegado a esta situación.

La credibilidad de todo esto se sustenta también en unas excelentes interpretaciones con unos actores como Flora Ofelia Hoffman Lindahl, que interpreta a la niña, el asistente social, Bejarne Henriksen, y el matrimonio, los padres de los niños, Christine Albeck Borge y Peter Plaugborg. Rodeados todos ellos de un excelente plantel de secundarios, llenos de matices y cada uno con un peso específico en la trama.

Una ficción que nos convierte en testigos incómodos de una serie de situaciones domésticas relacionadas con una convivencia familiar, llena de matices y dobles sentidos, donde todos actúan motivados por el amor, el deseo, la dependencia o la salvación. Un equilibrio emocional sustentado en estructuras oscuras nada obvias y que frente a las apariencias y una supuesta normalidad, hace que sus integrantes tomen decisiones no siempre del todo entendibles.

En resumen, una gran serie absolutamente recomendable y potencial generadora de interesantes debates.

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