‘El camino a Rainy Mountain’, de N. Scott Momaday

El camino a Rainy Mountain

N. Scott Momaday

Traducción de Bruno Mattiussi

Nórdica

Madrid, 2022

113 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Sentimos el calor de la relación con la naturaleza cuando nos vemos reducidos a lo más desnudo de nuestra esencia. Sentimos esa relación, que es de ternura y es de memoria, en las despedidas, sobre todo en las despedidas que nos exponen a la imposibilidad de una reconciliación. Es en esos instantes, cuando somos mucho más pasado que presente, cuando nos encontramos con lo más natural de lo que somos. Y cuando brota, a la par de la necesidad de llorar, la necesidad de consensuar un relato, de expresar un sentimiento a través de una narración. Y regresamos con el camino de la nostalgia a los lugares que nos construyeron.

El fenómeno es fácil de identificar en el individuo. Pero también existe en el clamor o el terror social, también existe en el grupo, en la tribu. De hecho, es una de las cosas que definirán una tribu. Y queremos expresar, aquí, una definición de tribu en el mejor sentido posible: allí donde los que nos rodean son refugio, son consuelo, son compasión, son armonía, son, en definitiva, amigos.

De esto trata este texto que es ya casi un clásico, en el que se refleja el viaje sentimental de los indios kiowa hasta un reasentamiento tras la rendición. En la despedida, en la nostalgia, en los momentos de revisar quiénes fuimos, se vuelve a construir el mundo. El texto es una suerte de Génesis. Aquí tenemos a el hombre, que es, a su vez, todos los hombres, relacionándose con el entorno con una mirada dispuesta a reconocer la magia, a construir leyendas. El contenido se expone a través de tres voces diferentes: “La primera es la voz de mi padre, la vos ancestral y la voz de la tradición kiowa. La segunda es la vos del comentario histórico. Y la tercera es la voz de la reminiscencia personal, mi propia voz”. Los tres planteamientos dan lugar a una experiencia de lectura muy enriquecedora, en la que nos exponemos a encontrar las diversas caras de un poliedro que, al sumar puntos de vista, enriquecen el territorio, enriquecen la memoria, enriquecen aquello por y para lo que vivimos. Estamos frente a una experiencia literaria que expresa tanto la libertad de los espacios abiertos como la libertad a la hora de expresarse. De ahí que siga y seguirá mereciendo la pena leer esta travesía, que es un adiós.

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