John Keats en Roma

Foto: Consuelo de Arco

Por Antonio Costa Gómez.

“Las melodías que se oyen son dulces / pero más dulces aún las que no se oyen”. Como las que escuchaba sin escuchar la Beata Albertoni rilkiana en la iglesia de San Francisco en el Trastevere. Cuántos ratos me senté en la escalinata de la Plaza de España en Roma. Y en la esquina visité la casa donde vivió dos años John Keats. Y en el café Greco en Via Condotti y en las callejuelas detrás de Piazza Navona y en San Egidio en lo más escondido del Trastevere. Fue a Roma para escapar de la tuberculosis y conseguir más tiempo para la poesía. Pero la tuberculosis lo venció pronto. Y sin embargo, de algún modo, él ganó a la tuberculosis al vivir el éxtasis del ruiseñor y al regalarnos la música más allá de la música.

Me acordé de su poema sobre el ruiseñor. Borges elucubró sobre ese poema, pero lo siento, me emocionan mucho más los versos de John Keats. Y si me emocionan profundamente, quiere decir que tengo visiones. Yo creo que la pasión es conocimiento. No puedo olvidar esos versos: “Me duele el corazón y un pesado letargo / aflige mis sentidos, como si hubiera bebido / cicuta o apurado un opiáceo hace solo / un instante y me subiera sumido en el Leteo”. Se entusiasma en el olvido como Cernuda: ”Sino porque feliz me siento con tu dicha / cuando, ligera dríade alada de los árboles / en algún lugar de innumerables sombras / brota en el estío tu canto enajenado”.

Siento envidia de Keats. Me gustaría ver que me buscan del mismo modo, observar a mis admiradores en la sombra tomando un coñac. Y poder transmitirles esa plenitud. “Oh, si un profundo vino largo tiempo enfriado / en las profundas cuevas de la tierra / […] me hiciera abandonar el mundo inadvertido / y junto a ti perderme por el oscuro bosque”. Las melodías que se escuchan son dulces, pero más dulce aún la que no se oye.

One thought on “John Keats en Roma

  • el 16 marzo, 2022 a las 7:03 pm
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    En estos días convulsos, me aparto de las noticias sangrantes, duelen demasiado…Y qué maravilloso esa oda al ruiseñor que leyéndote he recordado también… Y él volverá a cantar en mi tierra ucraniana… Gracias.

    «No conoces la muerte, Pájaro inmortal!
    No te hollará caído generación hambrienta.
    La voz que ahora escucho mientras pasa la noche
    Fue oída en otros tiempos por reyes y bufones;
    Tal vez fuera este mismo canto el que una senda
    Encontró en el triste corazón de Ruth, cuando
    Enferma de añoranza, se sumía en el llanto
    Rodeada de trigos extranjeros,
    La misma que otras veces ha encantado mágicas
    Ventanas que se abren a peligrosos mares
    En prodigiosas tierras ya olvidadas.»

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