‘La anciana señora Webster’, de Caroline Blackwood

CATALINA LEÓN.

La anciana señora Webster de la escritora Caroline Blackwood (Londres, 1931-Nueva York, 1996), fue publicada por vez primera en el año 1977. Esta edición de la editorial Alba en su colección Rara Avis es de 2021 y lleva una introducción de Honor Moore (Nueva York, 1945) en la que se hace un retrato atinado y lleno de pequeños detalles de la escritora y de su obra. Una introducción en una novela no resulta algo frecuente pero, al fin y al cabo, todo en esta escritora es inusual. Las primeras referencias que hace Honor Moore van destinadas a la obra inicial de la autora, en concreto For All That I Found There, autobiográfica y escrita a los cuarenta y tantos aunque relata hechos de su adolescencia. Como bien dice Moore se trata de un texto en el que combina la ficción con la no ficción, algo que hoy vemos como muy normal en determinadas obras pero que entonces era fastuosamente novedoso. Esa dicotomía es una seña de identidad de Blackwood.

En La anciana señora Webster la autora de La hijastra vuelve a turbarnos con su observación y su aprensión literaria constante: no deja que respiremos durante su lectura, más bien nos lleva a terrenos resbaladizos como los que ella siempre pisó con bastante encanto, habida cuenta de sus orígenes familiares y sociales y de lo difícil que resultaba todo para una bellísima mujer que ejercía un poder casi despótico en amantes y admiradores. Sin embargo, esa misma belleza fue la que cautivó y rindió a sus pies a, entre otros, el poeta Lowell, que estaba casado y que, sin embargo, no pudo sustraerse a alguien que impulsó sus versos más allá de lo que habían logrado llegar. 

La anciana señora Webster, es una novela corta que bucea hacia atrás, en una suerte de esplendoroso flashback, buscando los lazos familiares que den alguna explicación a la desgracia. La joven narradora intenta encontrar a su padre y para ello debe hurgar en un entramado familiar lleno de recovecos y distancias. No es posible hacerlo de otro modo y ha de adentrarse en una historia nada agradable del pasado y en un presente nada positivo. Moore nos cuenta que la escritora estuvo a punto de ganar con esta novela el prestigioso premio Booker pero que Philip Larkin que estaba en el jurado pronunció un decisivo voto contrario al afirmar que un relato tan autobiográfico no podía presentarse como ficción. De modo que el premio se lo llevó Staying On de Paul Scott, de quien la mayoría de nosotros seguro que no ha oído hablar. Estos pequeños detalles literarios son los que dan sal y pimienta a una profesión, la de escritor, y a una actividad, la escritura, orlada de idioteces. 

Como se ve por la anécdota anterior y por la naturaleza de su obra, Caroline iba un paso por delante de las modas y la autoficción que hoy veneramos tenía en ella ya una auténtica heroína, aunque ya sabemos que adelantarse es tan malo como retrasarse si queremos contentar a los jurados de los premios literarios. Ni siquiera el esplendor de las antepasadas de las que se habla en la novela puede redimir de los males de la innovación. No esperaríamos indulgencia si hablamos de ancianas capataces de salinas o campesinas al jornal, pero sí al referirnos a marquesas, colonizadoras en la India o respetables damas que viven en «residencias palaciegas» y veranean junto al mar Negro o en alguna isla griega. 

Caroline Blackwood llevó una vida tan extravagante como curiosa, llena de personajes que entraban y salían de ella al estilo de un vodevil. Hija de un marqués y de una heredera del imperio cervecero Guinness, era de naturaleza bohemia y escandalizó a su familia y a la buena sociedad que la rodeaba. Sus tres bodas no la ayudaron en nada a recuperar el favor perdido, algo lógico si se trata de un pintor (Lucien Freud), un compositor (Israel Citkowitz) y un poeta (Robert Lowell). No fueron sus únicos amores pues habría que añadir un crítico, un guionista y un fotógrafo. Un poco de todo, una ensalada de afectos diríamos si fuéramos cínicos. 

La escritura de la novela contiene un punto sin retorno en su biografía porque terminó alejándose de Lowell, consumidos los dos en la fiebre del alcohol en la que se retroalimentaban. Ella, no obstante, siguió escribiendo hasta el final de sus días y dejó escrito en su último libro The Last of the Duchess una especie de retrato disimulado de Wallis Simpson, tan mal considerada y tan mujer fatal, que terminó sus días casi recluida por mor de su mismo inalcanzable estado. Esa fue una preocupación general de Caroline, ver cómo las mujeres perdían su independencia después de haber estado expuestas a la maledicencia general simplemente porque llegaban a una altura social que no podía tocarse por la gente común. Una especie de autocrítica de los placeres y del éxito, todo ello reducido a una botella de whisky.

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