Una trilogía de Don Winslow sobre el aterrador imperio de las drogas

Horacio Otheguy Riveira.

El narcotráfico tiene en estas casi tres mil páginas un recorrido muy documentado desde los años 70 hasta el 2019 en que se cierra la trilogía que empieza con El poder del perro, sigue con El cártel y acaba en La frontera. El panorama se centra en la relación México-Estados Unidos, pero con destacada parada en El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Guatemala: allí donde el imperio occidental y cristiano ha de eliminar o quitar presidentes de izquierdas o sacerdotes comprometidos con los que más sufren, todos ellos peligrosos para los terratenientes de uno u otro tipo; ante este plan los poderosos demócratas encuentran valioso apoyo en el imperio del narcotráfico, mientras militares, policías y organizaciones de lucha contra la droga miran para otro lado o libran su propia batalla entre asesinatos o detenciones espectaculares para justificar su existencia policial, solo temporal.

Compleja trama que se lee como una novela-película de aventuras con su dosis de suspense, erotismo y romanticismo. De hecho, el ritmo trepidante del texto se asemeja mucho al del cine de acción, solo que se toma su tiempo para aportar los datos que durante muchos años el autor ha obtenido. Una documentación que torna las situaciones desplegadas tan alucinantes como las torturas que se llevan a cabo o los asesinatos despiadados llevados a cabo por bárbaros aferrados a símbolos católicos, muy piadosos si se trata de pedir la protección familiar característica de una Iglesia que genera mucha miseria para luego socorrerla. Algunos de los mafiosos de la droga llegan a tener categoría de santos señores, ya que con el dinero conseguido con la explotación de marihuana, metanfetamina, cocaína o heroína, sin descuidar el negocio de los fármacos legales a base de opiáceos…, se las apañan para blanquear fortunas erigiendo iglesias, hospitales, polideportivos o barrios confortables para los más pobres.

La miseria económica y cultural brilla bajo el esplendor de dioses siniestros que llenan los países de veneno «que pide la gente», y a partir de allí, Don Winslow estructura una creación literaria con mucho de periodística a lo largo de tres novelas que bien se leen una detrás de otra o por separado. Hay quien ha empezado por la del medio, continuado con la primera y terminado con la última, un sistema que también vale porque cada obra tiene cuerpo sólido con páginas de recordatorio de lo anterior, ya que han pasado varios años entre una y otra. El poder del perro, 2005. El cártel, 2015. La frontera, 2019. 

«Cuando falta la droga que le sostiene, su cuerpo reacciona como un perro hambriento, ferozmente hambriento. Hasta que llega un momento en que ninguna dosis es capaz de saciar su hambre».

Los personajes que por aquí desfilan están en diversos bandos. La mirada del autor es siempre muy abierta, con talento para exhibir las contradicciones, la exuberante maldad, el dramático regocijo en la adicción, o el coraje de quienes luchan por erradicar el mal de raíz, aunque saben que es una tarea imposible. Lo poco que consigan ya les hace sentir moderadamente mejor. En este campo corajudo hay hombres y mujeres excepcionales que han de jugar en campos minados con cínicas autoridades, violencia desmedida y corrupción a gran escala.

Entre sus páginas también destacan algunos adictos que representan con eficacia a las víctimas no solo del fabuloso veneno, sino sobre todo de la estructura social donde habitan, sostenida por los propios negocios que alimentan a la gran industria criminal, que aprovecha muy bien la pobreza generalizada con el cierre de fábricas, bajos sueldos, inmigración ilegal súper explotada o la caída estrepitosa de gente de clase media como Jacqueline, Jacqui, y Travis.

«… Las venden en las escuelas, en las esquinas, en los bares  hasta en los camiones de helados. Las pastillas están por todas partes: Oxy, Vicodin, Percocer… A Jacqui le quitan la ansiedad, la ansiedad de no tener ni puta idea de qué quiere hacer con su vida, trabajando por el salario mínimo en cualquier cosa, da igual el título que se saque en la CUNY. La ansiedad de guardar el secreto que su padrastro se la tiraba a escondidas en sesión de tarde. Las pastillas le hacen sentir bien, al principio una al día, pero llega a tres, a razón de treinta pavos cada una.

Parte del dinero lo saca de su trabajo en Starbucks y parte del monedero de su madre, y a veces no necesita dinero si quiere tirarse a los tíos que venden pastillas. Follar no es nada, está acostumbrada a quedarse tumbada y a dejar que un tío se la folle, y ya que está, mejor que sea un tío que pueda proporcionarle un colocón…

… Sigue trabajando, drogándose y follándose a camellos y luego conoce a Travis que la mete en la heroína. Él era un techador que perdió el trabajo porque se cayó y lesionó la espalda. Le recetaron Vicodin para el dolor de espalda, y desde allí ya no pudo parar. Al poco tiempo empezó a engullir pastillas como si fueran M&M. Follaron en la parte de atrás de la furgoneta de él y Jacqui se corrió como nunca se había corrido. Él tenía una polla larga y flaca, tan larga y tan flaca como su cuerpo, y alcanzaba a tocarla en un sitio donde nadie la había tocado.

A partir de entonces solo tuvieron ojos para ellos. Y todo iba como la seda porque escribían canciones y las tocaban en la calle para la gente que se bajaba del ferri. Se lo pasaban en grande, la única pega era el dinero.

El dinero, siempre el dinero.

Porque también estaban enganchados y su hábito les costaba hasta trescientos dólares al día, y eso era insostenible.

Entonces a Travis se le ocurrió una idea.

—El caballo te coloca mucho más y cuesta como seis o siete pavos el chute.

En vez de treinta». [La frontera]

Todos somos inversores

Entre tantos personajes, un gran protagonista: Art Keller, conocido como Arturo —en claro homenaje a su madre mexicana—, es el héroe-antihéroe que se mancha las manos de acciones injustas, casi en los mismos niveles que sus enemigos, pero puja por una honestidad que le cuesta sangrantes heridas físicas y emocionales. Gran personaje que crece con fuerza cuando se alía con el líder del narcotráfico Adán Barrera porque conviene a sus mayores intereses, aunque años después se enfrentará a su poder absolutista con todas sus fuerzas. El proceso empieza con El Tío Miguel Ángel Barrera, pero dónde ha de terminar es un secreto que cada lector ha de saber guardarse, clave en el último volumen de casi mil páginas que empieza con Adán dado por muerto, recibiendo un funeral apoteósico, mientras en numerosas paredes dos palabras hacen temblar a más de uno: Adán vive.

«Si se le pide al ciudadano medio que nombre la guerra más larga que ha librado Estados Unidos, seguramente dirá que la de Vietnam, y luego rectificará rápidamente y dirá que la de Afganistán, pero la verdadera respuesta es la guerra contra las drogas.

Cincuenta años ya, y los que quedan.

Ha costado más de un billón de dólares, y eso solo contando una parte de su coste financiero: el dinero “lícito”, “limpio”, que se destila a equipamiento, policía, juzgados y cárceles. Pero si queremos ser de verdad sinceros, piensa Keller, tenemos que contar también el dinero sucio.

Diez millones de dólares procedentes del narcotráfico —en metálico— van a parar a México cada año; tanto dinero que ya ni siquiera lo cuentan: lo pesan. Ese dinero tiene que ir a parar a alguna parte, los narcos no pueden guardarlo todo debajo de la almohada… La mayoría está invertido en México; se estima que el dinero procedente de las drogas constituye entre un siete y un doce por ciento de la economía mexicana.

Pero buena parte de ese capital vuelve a Estados Unidos, en forma de bienes inmuebles y otras inversiones.

En negocios bancarios de los que sale ya blanqueado.

Es el sucio secretillo de la guerra contra las drogas: cada vez que un adicto se clava una aguja en el brazo, todo el mundo gana dinero.

Todos somos inversores.

Todos somos el cártel».

[Datos de julio 2014 en La frontera].

 Don Winslow estudió Historia del continente africano en la Universidad de Nebraska, aunque sus primeros trabajos fueron de lo más variado: gerente de una cadena de cines, detective privado… Más tarde completó su formación con un máster en Historia Militar, tras lo que fue guía de safaris privados en Kenia y de montañismo en Sichuan. En 1991 publicó la novela que llevaba escribiendo casi desde que terminara sus estudios, Un soplo de aire fresco, con la que llegó a estar nominado al Premio Edgar. Antes de dedicarse por completo a la literatura trabajó unos años como investigador especialista en incendios provocados, pero con el éxito de Muerte y vida de Bobby Z pudo por fin profesionalizarse en el campo de la escritura.

«¿Miles de millones de dólares para intentar sin éxito, alejar las drogas de la frontera más porosa del mundo? ¿Una décima parte del presupuesto antidrogas destinado a educación y tratamiento, nueve décimas partes de esos miles de millones a su erradicación? Más los miles de millones gastados en mantener encarcelados a los traficantes, con celdas tan masificadas que hay que adelantar la liberación de los asesinos. Sin olvidar que dos tercios de los delitos “no relacionados con las drogas” de Estados Unidos son cometidos por gente colocada con droga o alcohol…» [Página 654 de El poder del perro; edición tapa blanda, Colección Roja & Negra, Penguin Random House].

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El Cártel. Prólogo. Departamento de Petén, Guatemala.- 1 de noviembre de 2012.-

«A Keller le parece oír el llanto de un bebé.

El sonido apenas es perceptible debido al rumor sordo de las aspas del helicóptero, que se aproxima a la aldea de la jungla volando a baja altura.

El llanto, si es eso lo que está oyendo, es agudo y estridente, un grito de hambre, miedo o dolor.

Tal vez sea soledad; es el momento más solitario de la noche, la oscuridad previa al alba, cuando llegan los peores sueños, la salida del sol parece lejana y las criaturas que habitan el mundo real y los rincones más oscuros del inconscientes rondan con la impunidad de los depredadores que saben que su presa está indefensa y aislada.

El llanto dura solo unos momentos. Puede que haya entrado la madre y mecido al bebé en sus brazos. Puede que hayan sido imaginaciones de Keller. Pero es un recordatorio de que hay civiles allí abajo, en su mayoría mujeres y niños, algunos de ellos ancianos y ancianas, que pronto estarán en peligro.

Ahora los ocupantes del helicóptero se cercioran de que el cargador de sus rifles M-4 esté bien sujeto y de que haya otro pegado con cinta adhesiva a la culata. Llevan cascos de combate, gafas de visión nocturna, auriculares y el rostro ennegrecido. Debajo de los chalecos antibalas con placa de cerámica, llevan pantalones de camuflaje con grandes bolsillos que contienen gel energético, imágenes laminadas de la aldea tomadas vía satélite y gasas por si las cosas se ponen feas y tienen que contener una hemorragia.

En una misión que conlleva un asesinato en suelo extranjero, todo podía complicarse…».

«El Basurero» en Ciudad de Guatemala donde niños y adultos buscan lo que sea para comer, pero sobre todo para vender, las cosas más variadas pueden servirles para mantenerse y pagar a Las Maras, bandas salvajes que cobran una parte de lo que ganan, y si no torturan y violan a la familia. Largo capítulo que empieza en este Basurero donde todos luchan por rescatar objetos del camión del barrio de los ricos. Luego, la aventura de Nico, 9 años, y sus amigos la pequeña Flor y el mayor, Paolo. Brutal travesía por la violencia de la miseria absoluta de quienes se esfuerzan a temprana edad por huir del horror cotidiano, y acaban topándose con el feroz lumpenaje de las bandas o el terror mayor de los narcos.

Los tres libros tienen dedicatorias a periodistas asesinados; cada ejemplar trae una muy larga lista de nombres de profesionales de ambos sexos que fueron terror de políticos, guardianes del orden y traficantes, y en El Cártel aparecen como personajes muy atractivos dos valientes que se la juegan a diario para informar lo que los poderosos no quieren que se sepa, como todo lo demás inspirados en hechos reales. Los narcos no temen a los escritores como Don Winslow, ni a los realizadores o protagonistas de películas, ya que los líderes disfrutan viéndose o leyéndose como tipos peligrosos que hacen temblar al mundo entero.

(Óleo de Francisco Goitia, pintor y escultor mexicano, fallecido en 1960, autor de un mosaico de obras en las que destaca la violencia ejercida por las bandas institucionales o paramilitares, en la endémica violencia de los países centroamericanos y de América del Norte).

 

TODOS LOS LIBROS DE DON WINSLOW

 

NOTA AL MARGEN: En 1967 Thomas Savage (EEUU, 1915-2003) publicó una novela intimista en ambiente de western: El poder del perro. Mismo título para una historia muy diferente de la novela de Don Winslow. Solo tiene el título en común con la primera de la trilogía, pero con distinto significado. En un momento, un narco poderoso cae víctima de la adicción y al padecer un mono su dolor físico es “como el que debe producir un perro hambriento dentro de su organismo”.

En cambio, en la obra de Savage (nada documental, eminentemente literaria) la relación es con el significado bíblico más bien satánico de los perros como seres repugnantes y malévolos. La cita del comienzo del libro es la siguiente:  Libra mi alma de la espada, del poder del perro mi vida. —Salmos.

La dura historia de pasiones reprimidas en un Oeste nada mítico, saturado de prejuicios, transcurre e n mundo de ganaderos ricos en 1924. Interesante protagonista masculino, rodeado de personajes bosquejados que sugieren más que dicen, y un gran personaje femenino, emblema de ser torturado en una sociedad muy prejuiciosa. Es una novela con muchos altibajos, excesivas descripciones de ambiente rural y tramas paralelas que no vienen a cuento (como la de indios en una reserva próxima al lugar en que transcurre la acción). El sutil final llega muy precipitado y choca tamaña sutileza con los excesos descriptivos de otros capítulos.

Netflix la ha llevado al cine este año 2021; guion y dirección de Jane Campion con Benedict Cumberbatch y Kirsten Dunst.

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