Las infinitas caras del error

 

De la Lógica –de la lógica tautológica- y sus reglas no puede deducirse la lógica del mundo y sus cosas, es decir, un tipo de mundo, un orden determinado de mundo, de la misma manera que de las reglas de la armonía y sus notaciones musicales no puede deducirse una melodía determinada.

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Si la verdad es una única posibilidad de orden frente a la no verdad, entonces el error, por exclusión de esa única posibilidad, sería y es cualquier cosa. Así, en el mundo de lo real, una llave que abre una puerta, por ejemplo, es la única forma de verdad entre las infinitas formas de los infinitos objetos que pueblan el Universo que no se ajustan al orden de la cerradura; o ese coche que conduces constituye una única posibilidad de orden –la única posibilidad de verdad- en su estructura frente a las casi infinitas formas de desorden de sus piezas o, lo que es lo mismo, una excepción en el desorden (de cualquier desorden) de sus componentes, desorden que por mínimo que fuese le impediría ponerse en marcha y funcionar. Es decir, a la mínima posibilidad de desorden, el coche pasaría a formar parte de ese mundo heteróclito y caótico de lo mostrenco e indiferenciado, del que había salido como excepción organizada, y se convertiría en uno de los infinitos errores.

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El error tiene infinitas caras y formas. La inteligencia sólo una: la verdad. Por ello la inteligencia es esclava de la verdad, pero el error y la estupidez son infinitamente libres.

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El mundo no es tanto un absurdo por su orden (pues ese orden tiene su ley lógico-natural), ni absurdo en sí mismo (porque el mundo hubo de ser para que la nada –que no puede ser- no fuera), ni por su maldad (pues, aunque nos pese, esa maldad tiene sus leyes que son coherentes entre sí -por ejemplo, una malformación congénita, una enfermedad, tienen sus leyes biológicas-), sino que, más allá, el mundo sería absurdo desde el punto de vista estético: por su forma, por su estética surrealista (no hay más que mirar un hombre: dos ojos -¿ por qué no uno o cuatro (dos delante y dos detrás), ¿por qué no reptar en lugar de dos pinzas llamadas piernas?, etc.-). El mundo no es ni bello ni feo…, como la deglución, como la cópula entre dos humanos: es simplemente surrealista.

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Para un biólogo extraterrestre que se personara en la tierra, la primera clasificación fundamental entre los humanos la establecería, antes que por la entrepierna, en orden a los que tienen barba y los que no tienen. ¡Anda que ese biólogo no iba a dirigir enseguida tesis doctorales (extragalácticas, claro) y consiguientes méritos académicos sobre subtipos de barbas (perilla, bigotes), textura y longitud de las greñas, relación estadística con las calvicies.., etc., dando lugar así al correspondiente microcosmos académico…!

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El mérito de la comprensión del mundo no es nuestro. El mérito es de la Lógica. La lógica está ahí, con su maravilloso entramado. Ni yo fabrico ésta ni la configuro, ni podría darles otro engarce a las piezas Las piezas encajan entre sí por su propia estructura. Son por sí mismas. Lo que el hombre hace es, simplemente, contemplarlas en su lugar natural, como el músico que sabe qué acorde se contiene en cada momento en la melodía: no es que deba estar, es que el acorde está, aunque sea implícitamente, en su lugar correspondiente; otro acorde no estaría sino en otro lugar. El mérito no es del músico, pues si tiene buen oído los acordes los oirá en el lugar en que por sí mismos encajan: el mérito es de la Música y su estructura, el músico simplemente los descubre allí escondiditos.

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El mundo no es principio de conocimiento (esto es lo de menos): el mundo es principio de explicación (y de explicación urgente, porque cada uno por su cuenta se va a morir dentro de nada)…, aunque esa explicación la sea recurriendo a agentes divinos.

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Los hombres son desiguales por el error, y se igualan por la verdad.

 

 

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