Supervivencia de inmigrantes en Estados Unidos: “A lo lejos”, novela histórica de Hernán Díaz

Horacio Otheguy Riveira.

Hernán Díaz, nacido en Buenos Aires en 1973, está radicado en Nueva York, donde escribe en inglés varias novelas que han impactado en el mercado anglosajón, corriendo buena trayectoria internacional: Trust (Ganador del Pulitzer 2023), Fortuna (próximamente serie en HBO) y A lo lejos que destaca por su lenguaje prístino dentro de la literatura del western contemporáneo: mirada que inició el cine de Sam Peckinpah en los 60-70, pero que la narrativa potenció en sus facetas más truculentas en la vida cotidiana de gente desesperada por sobrevivir, bajo la tiranía de otros, a su vez desesperados por robar, más que codiciosos, sociópatas. Uno de los maestros de la narrativa amarga sobre la conquista del oeste fue Cormac McCarthy (1933-2023).

 

Editorial Impedimenta. Edición española, 2020. 344 páginas, 22,76 euros.

 

Empezar a leer:

 

El agujero, una estrella abierta a golpes en el hielo, era la única alteración visible en la blanca planicie fundida con el blanco cielo. Ni asomo de viento ni de vida ni de sonido.

Dos manos salieron del agua y tantearon los bordes del anguloso agujero. Los dedos, evaluadores, tardaron unos segundos en escalar las altas paredes de la abertura, que recordaban a los riscos de un cañón en miniatura, y alcanzar la superficie. Una vez sobre el borde, se clavaron en la nieve y tiraron hacia arriba. Apareció una cabeza. El nadador abrió los ojos y miró al frente, hacia la extensión sin horizonte. Tanto su largo cabello blanco como su barba estaban entreverados de mechones pajizos. Ninguno de sus gestos revelaba agitación alguna. Si le faltaba el aliento, el vapor de su respiración resultaba invisible sobre el fondo incoloro. Apoyó los codos y el pecho en la nieve aplastada, y volvió la cabeza.

Alrededor de una docena de hombres impacientes y barbudos, abrigados con pieles y lonas, lo miraban desde la cubierta de la goleta atrapada en el hielo, a unos escasos treinta metros de distancia. Uno de ellos gritó algo que llegó hasta él como un murmullo ininteligible. Risas. El nadador resopló para librarse de una gota que le colgaba de la punta de la nariz. Frente a la rica y detallada realidad de esa exhalación (y de la nieve que crujía bajo sus codos y del agua que chapoteaba contra el borde del agujero), los débiles sonidos provenientes del barco parecían filtrarse desde un sueño. Ignorando los gritos amortiguados de la tripulación y sujeto aún al borde, apartó la vista del barco y miró, de nuevo, el blanco vacío. Sus manos constituían las únicas señales de vida que alcanzaba a ver.

Salió del agujero, tomó la hachuela que había usado para romper el hielo y de pronto se detuvo, desnudo, entrecerrando los ojos ante el cielo brillante y carente de sol. Parecía un Cristo anciano y fuerte.

Tras enjugarse la frente con el dorso de la mano, se inclinó y tomó el rifle del suelo. Solo entonces pudieron apreciarse sus colosales dimensiones, pues no resultaba fácil estimar su tamaño en aquella vacía inmensidad. El rifle no parecía más grande que una carabina de juguete en su mano y, aunque lo sujetaba por el cañón, la culata no alcanzaba el suelo. Con el rifle como referencia, la hachuela apoyada en el hombro resultó ser un hacha. Aquel hombre desnudo era todo lo grande que se puede llegar a ser sin dejar de ser humano.

Observó las huellas que había dejado de camino a su baño helado y las siguió de regreso al barco. […]

*** *** ***

Håkan Söderström, conocido como «el Halcón», es un joven sueco que llega a California en plena Fiebre del Oro, se dirige a Nueva York sin hablar el idioma, en busca de su hermano Linus, a quien perdió cuando embarcaron en Europa. En su extraño viaje, sin apenas recursos, Håkan se topará con un buscador de oro irlandés demente y con una mujer sin dientes que lo viste con un abrigo de terciopelo y zapatos con hebilla; jefa de una banda muy peligrosa, le convierte en su muñeco para todo servicio, en unas páginas de asombroso descubrimiento del placer sexual por parte del joven protagonista…

“… Los brazos de Håkan les colgaban a ambos lados del cuerpo. Ella retrocedió un poco sin soltar la cabeza del muchacho, lo que lo obligó a inclinarse hasta la falda de la mujer. El olor a flores marchitas entremezclado ahora con el del sudor, se volvió más intenso. Se quedaron en aquella posición largo rato, oyendo y sintiendo la respiración del otro. Al cabo de un rato, ella lo soltó. Empezaba a hacer frío en la habitación. Håkan tenía el pelo pegado a la frente. Ella le tomó las manos y, mediante un gesto de la barbilla, le indicó que se levantara. Se acercaron a un diván que quedaba en la periferia del círculo iluminado por la lámpara, y con un gesto, le pidió que se tumbara. Acto seguido le desabrochó los pantalones, se subió, se subió el vestido hasta la cintura y lo montó. Estaba saliendo el sol. Håkan sintió que ascendía hacia una región nueva y más solitaria. La mujer lo miraba desde arriba y, mientras el amanecer dibujaba polvorientos trazos de luz en la habitación, ella cerró los ojos, sonrió y abrió los labios, revelando unas encías negras, brillantes y desdentadas, recorridas por protuberantes venas de pus; y, con un gemido, le echó el aliento en el rostro, cargado del olor a azúcar quemado”.

*** *** ***

Conocerá a un naturalista visionario y se hará con un caballo. Será perseguido por un sheriff y por un par de soldados depredadores de la guerra civil. Atrapará animales y buscará comida en el desierto, y finalmente se convertirá en un proscrito. Acabará retirándose a las montañas para subsistir durante años como trampero en una naturaleza indómita, aislado de todo trato humano: aparente autodestrucción de la que saldrá dortalecido. Su mito crecerá y sus supuestas hazañas lo convertirán en una leyenda.

A lo lejos crece a la par que el protagonista se desengaña, aprende en sus viajes a contrapelo de los que conquistan el Oeste, se sume en una introspección casi ascética y finalmente envejece sin perder su inocencia original.

 

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