La agitada existencia de una abogada con tres hijos en “El cielo de los imperfectos”

Horacio Otheguy Riveira.

Anunciada por la editorial como “Thriller”, esta primera novela de Belén Varela tiene su mayor recorrido en la sin duda muy intensa experiencia cotidiana de una mujer a cargo de dos niños y un tercero en camino, ya nacido en la segunda parte, con lo que todo se le complica aún más con un arriesgado cambio de rumbo profesional… Escrita en primera persona, resulta como un torrente a la pesca de la intriga policiaca que tarda mucho en asomarse, pero en cambio tiene la extraña habilidad de elaborar 500 páginas y sumergirnos —sin desmayos— en el tormentoso ser y estar en busca de imposible perfeccionamiento profesional y familiar dejando fuera de sí a su propio ser desprovisto de obligaciones. Tan fuera de sí que no tiene ocasión de intimar sexualmente con su marido, ni parece que ninguna clase de deseo sexual pudiera envolverla. De hecho, Fede, el padre de sus hijos, es una mera sombra junto a un pudoroso personaje, que sin embargo se torna muy diferente a partir de una trama muy avanzada. Con el tema de la madre profesional obcecada en la perfección de cuanto toca, Belén Varela consigue convencer con su estilo vehemente que, a ratos se entremezcla con algo de discurso mitinero. Tarda mucho en hasta presentarnos el Cielo de los imperfectos de su título. Pero cuando lo hace… es tan interesante su capacidad de seducción que induce a esperar con ilusión su próxima novela.

 

“… Y un día cualquiera, con dos bebés y una pequeñaja, me convertí en Correcaminos, bip, bip, con el día persiguiéndome como el Coyote”.

 

«Capítulo 1

Un nicho hueco de vida, un montón de vidas huecas y un gesto. Un absurdo, espontáneo e impulsivo movimiento de mi dedo corazón. Un aspaviento sin importancia. El primer indicio de una tormenta perfecta. Mi propia ciclogénesis explosiva. No la vi venir.

Confieso que conducir en ciudad sacaba lo peor de mí. En mi jaula sobre ruedas, secuestrada por el asfalto, me dejaba llevar como jamás lo hacía en ningún otro lugar. Aquel día, el tiempo se me había precipitado encima. Para mi frenética marcha fue solo un segundo y, sin embargo, llevaba un retraso de más de media hora. Gobernada por la cordura de mi puntualidad, me volví completamente loca.

Aparqué el coche de cualquier manera y entré a deshora. Al traspasar la enorme puerta de hierro que daba paso al camposanto dejé de rumiar mi remordimiento, estremecida por la imponente visión que tenía ante mí: un jardín de árboles y sepulturas. Un cementerio es una extraña contradicción.

Caminé con pasos apurados por la vía central, poblada de pequeñas e incómodas piedras que empolvaban la suela roja de mis zapatos. Entré en la capilla proyectando con mi cuerpo una enorme e indiscreta sombra. El sol del atardecer delataba mi retraso. Avancé por una nave lateral, deslizando mis pasos lentos sobre las puntas para no hacer ruido, y me senté discretamente al lado de Elisa. Tomé su mano, helada, y le pedí disculpas con la mirada. Siempre tan delgada, en ese marco se me antojaba transparente. Piel de mármol envuelta en punto de seda negro. Su cintura de muñeca, ceñida en cuero, y una hebilla en forma de T, seguramente Tod’s. Las manoletinas, que achatarían cualquier figura, daban a la suya un porte casi místico de prima ballerina. Ni en las peores circunstancias perdía mi amiga su delicadeza.

El funeral comenzó enseguida y al ponernos de pie sentí su tristeza en mi propia carne. Y lo vi. Sentado unos bancos más atrás, cruzando el pasillo central. Apreté la mano de Elisa y me centré. Había perdido a sus dos progenitores en menos de doce meses.

—¡Auu! Me haces daño.

Murmuré un perdón. Estaba dispuesta a no despegarme de ella ni un minuto.

La sujeté por el brazo mientras caminábamos tras el féretro hacia el panteón. Camelios abarrotados de flores. Luctuosos cipreses. Demasiada gente para un momento tan íntimo como enterrar el último vestigio de sus raíces. Aunque a Elisa siempre le había pesado el ambiente basto y tosco de su casa, la muerte es la muerte. Es el choque definitivo. El golpe de ordinariez que te recuerda cuál es tu sangre. Aunque esté seca.

Adán saludaba a diestro y siniestro con un gesto de falso pésame en los labios, sintiéndose la estrella del evento. El entierro de su suegra, al servicio de su propia telaraña. Me sacaba de quicio.

Al acercarnos al monumento, observé la arrogante imagen que ofrecía. Una capilla neoclásica coronada con una bóveda desproporcionada. Pretenciosa. Dos ángeles de piedra flanqueaban una entrada desangelada. Pompa inútil. Adán y Elisa habían comprado aquel mausoleo a la arruinada tercera generación de un industrial de la conserva. En mi opinión, un gasto rocambolesco para un acontecimiento tan simple como la muerte. Pero en aquel momento yo ya casi no tenía vela en ningún entierro —en este caso, literalmente— de mi compañera de juegos. Adán persuadía, o más bien manipulaba a su antojo, a Elisa. Él siempre había considerado que el cementerio de nuestra aldea tenía poca clase. Para Adán, nada tenía nunca suficiente clase.

Percibí el temblor de Elisa cuando comenzaron a cubrir la caja con inmensas coronas de flores y me giré ligeramente para envolver su espalda con mi brazo. Horror. No daba crédito a lo que veían mis ojos. Traté de ocultarme sin disimulo.

—Pero ¿qué pasa?

—Nada. Tápame —susurré.

Elisa pareció despertar de su encantamiento y se giró hacia mí bruscamente para recriminar mi extraña postura.

—¿Se puede saber qué te ocurre?

—¿Quién es aquel señor? El que va con una Barbie rubia de frasco carrasco. —Señalé hacia un hombre de cierta envergadura, un trapecio, acompañado de una línea recta y larguirucha.

—¿Hasta en el entierro de mi madre me vas a hacer reír? —me riñó y rio silenciosamente con los ojos, tratando de enderezarme. Pero me duró poco el escondite: el hombre se dirigía hacia nosotras con paso decidido.

—Necesito hacer pis. Ahora vuelvo —me excusé escapando en dirección al edificio de servicios del cementerio.

Alargué mi estancia en los baños todo lo que pude, calculando el tiempo suficiente para una conversación de condolencias. El camino estaría ya sobradamente despejado. Me acerqué de nuevo a mi amiga exhibiendo mi embarazo con el fin de hacerme un hueco en priority. Derrapé a tiempo. Otra vez él…, y ahora también ella, la Barbie.

Me escabullí de nuevo entre la multitud y me situé estratégicamente de espaldas, simulando leer las losas de todas las tumbas que tenía a la vista: Familia Rubinos Conde. Familia Conde Maceiras. D. Enrique Maceiras 1917-1992. Muchos años, pensé y calculé. Setenta y cinco. No era tan mayor.

Por el rabillo del ojo, a mi izquierda, percibí una sombra. Y lo era. Una mujer con sus huesos vestidos de negro se doblaba sobre sí misma tratando de alcanzar algo en el suelo. Una frágil línea a punto de quebrarse. Me acerqué a ella con el sigilo que la situación me sugería. Me agaché 14a recoger el pequeño violetero que se le había escurrido entre las rendijas de un desagüe. Intenté atraparlo con dos dedos; inalcanzable. Traté de enderezarlo con un bolígrafo; se escapaba del frágil sostén en cuanto se me ponía al alcance. Todo resultaba inútil y mis lumbares protestaban por la postura. La mujer solo me miraba. No parecía disponer de fuerzas siquiera para pedirme que desistiese. Me puse de pie con el fin de recuperar el aliento y me agaché de nuevo, esta vez con una rodilla en el suelo y la otra flexionada, dejando espacio a mi barriga y libertad a mi mano derecha. La puntera de mi zapato emitió un sospechoso quejido y la rodilla del pantalón, empolvada, se unió a la indignación; preferí no escucharlas. Levanté el desagüe, saqué el estrecho jarrón y se lo entregué a su dueña, que sonrió con dulzura envuelta en un halo de gratitud. Mientras yo abría el bolso para buscar un pañuelo con el que limpiar mis dedos de barro, ella colocó una rosa blanca, vertió un poco de agua de una botella y encajó el florero en el hueco de una fría losa, también blanca. Observé el resultado. Rosa blanca. Losa blanca. Solo una letra entre la vida y la muerte. Leí las fechas de la lápida y me estremecí en un escalofrío punzante y doloroso. Sentí el impulso de acariciar mi barriga.

—Es el entierro de alguien importante, ¿verdad? — susurró.

—Supongo que todos somos importantes —respondí, pensando en su doloroso duelo».

 

Pintura al óleo de Agnieszka Wencka.

 

“La casualidad me condujo a aquel lugar. La embriaguez me invitó a detener el coche. La torpeza me convirtió en encubridora de un delito.

Pegado al río, el trayecto era un regalo para los sentidos. Laderas opulentas, cargadas de castaños, robles y abedules, a ratos escondían y a ratos enmarcaban el curso del río Miño.

A la altura de Os Peares, arruinando el mágico encuentro con el río Sil, sonó el teléfono. No debería haber respondido…”

 

Belén Varela (A Coruña, 1968) Licenciada en Derecho y especializada en dirección de personas y en psicología positiva aplicada, ha desarrollado una larga carrera desempeñando roles directivos en empresas y ha sido profesora de la Universidad de La Coruña. En la actualidad se dedica a transformar los entornos laborales en «organizaciones optimistas». Comenzó a escribir como una extensión natural de su propósito profesional y así nacieron La Rebelión de las Moscas (Ediciones B, 2012) y Jobcraftin(Urano, 2019) que abordan aspectos prácticos de la psicología organizacional y el bienestar laboral.

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