Horacio Otheguy Riveira.

La sensación que deja esta novela es que ha sido escrita como quien aborda un tema que se le escapa constantemente, capítulo a capítulo. Igual que le sucede al lector, que no puede abandonar, incluso con el mandato psicológico del «Mejor déjala, pasa a otra cosa».

Las situaciones avanzan y retroceden a buen ritmo en un avance que frena y retrocede en el tiempo, en busca del origen de la casona Nuncanada -aunque nunca se sabrá quién y porqué le puso ese nombre-. En todo caso, siempre atrae. Lo mismo entre niños tiernos y feroces, o adultos un tanto perversos, cada misterio encadena con otro. Cuando creemos que ya vamos en acertada dirección, brotan nuevas circunstancias que agudizan la morbosa angustia que recorre todas sus páginas.

Una obra que oscila entre la intriga psicológica y el terror con una intensidad desconcertante.  Estremecedora aventura que comienza como si rindiera homenaje a Carrie, de Stephen King, con otra adolescente sumida en el encierro de un fanático religioso, para luego abordar muchas otras condiciones de vida, tortura, fantasía… y muerte verdadera.

 

PRIMERAS PÁGINAS

«1 Riley

Hay personas que atraen a la muerte. La muerte las adora, se enrosca en ellas como si fuera una hiedra, las sigue toda la vida. Hace tiempo que Riley sospecha que la muerte le pisa los talones. Así que, ese día de verano, cuando el chico de verde la sigue por la calle, cree por un momento que se trata de la muerte, que por fin le ha dado alcance.

Riley está de camino a casa, o más bien de vuelta a casa de Primo, cuando nota que la sigue. El chico se mueve entre las sombras. Es flaco y parece más o menos de su edad. Camiseta verde, tejanos con manchas verdes en las rodillas, como si hubiera estado trepando a los árboles o tirándose por el suelo en la ladera de una colina. Se escabulle a la sombra de la tienda de Higgers, luego detrás de un coche. Cada vez que Riley se da la vuelta, lo atisba por los pelos: apenas un destello de brazos flacos. Seguramente, si no hubiera intentado esconderse, ni siquiera se habría fijado en él.

Hace un calor excesivo para los primeros días del verano y, más allá de la ciudad, la blancura de la nieve se divisa solo en la cima de las montañas. El asfalto está caliente y los dientes de león brotan aquí y allá en las grietas de la acera. La gente empieza a salir a la calle, camina despacio en el calor que ha dejado atrás el día, bajándose el ala del sombrero para protegerse del sol de la tarde.

Sale de la avenida con la tienda de barrio en la esquina para bajar por una calle tranquila, silenciosa, flanqueada de viejos edificios victorianos. Casi le parece oír cómo la pintura burbujea y se resquebraja con el calor. Suena como una ramita cuando la pisas, o eso le parece. El sonido le llega de nuevo y Riley coge aire bruscamente al darse cuenta de que no es solo su imaginación. El sonido está aquí, en el mundo real, con ella. Y no es la pintura que se resquebraja al sol. Son pisadas, alguien camina con sigilo, la sigue. Riley contiene la respiración y se vuelve bruscamente, escudriña las sombras que proyectan las vallas, los cobertizos, los aguilones de las casas, erosionados por los elementos. La calle le devuelve la mirada bajo la caricia del sol. No ve a nadie. Un abejorro pasa junto a ella zumbando amodorrado. El sonido le vibra por todo el cuerpo. Riley sabe que no puede confiar en la calle, en ese aire perezoso de calma estival.

Alguien la sigue. Se da media vuelta y camina, deprisa, pero sin correr. Nota cómo se agita el líquido del bidón de leche que lleva en la mochila. Mira al frente sin titubear. Riley, como todos los niños, sabe que el mejor camuflaje es hacer como si el miedo no existiera: cierra los ojos y esa cosa mala —esa forma flaca y alta al pie de la cama, esas pisadas que te siguen por una calle desierta— no te verá. Cuando te fijas en la cosa mala, la cosa mala se fija en ti. Se alimenta de atención, de miedo, de miradas por el rabillo del ojo.

Riley dobla la esquina de la calle sin salida al final de la cual se alza la casa de Primo. Acelera el paso, avanza a zancadas rápidas, casi a punto de echarse a correr. Porque hay otra regla: no corras. Solo las presas corren. Le llega un olor en el aire, como a carne asada, y sabe que procede de él, del chico. Está cerca, casi nota su aliento en la nuca.

Empuja la destartalada puerta de la valla de Primo y, ahora sí, corre a toda prisa por el camino. Se lanza hacia la puerta principal y la cierra de golpe. Echa la cerradura, apoya la espalda contra la madera y respira hondo. Ya está dentro, a salvo. Los monstruos no pueden cruzar los límites si no se lo permites. Es muy importante creerlo. Recupera el aliento antes de llamarlo….».

 

Los niños de Nuncanada tienen un hogar perdido en las Montañas Rocosas. Y no están solos. En medio de la noche, Riley saca a su hermano pequeño de la cama para fugarse de su casa de acogida. Quieren encontrar a un grupo de adolescentes que ocupan las ruinas del rancho Nuncanada. Pero en este refugio de niños salvajes no entran los adultos y algo se oculta en las brasas de Nuncanada y pide un pago horrible a cambio de santuario.