Carlos Manzano.

En la aclamada novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, cuando Charles Marlow saca finalmente al sanguinario Kurtz de la selva, este, ya casi agonizante, apenas tiene tiempo de pronunciar sus últimas palabras, que son «¡El horror! ¡El horror!». Y ese podría ser perfectamente el resumen de «El fuerte Navidad», segunda parte de la trilogía La pérdida del paraíso, de José Luis Muñoz, reeditada por Almuzara con el título de Los 39. Si en la primera parte, «Guanahaní», asistíamos a la toma de contacto de los marineros castellanos, comandados por Cristóbal Colón, con esa realidad tan alejada de sus vidas y hasta cierto punto incomprensible que representó para ellos lo que más tarde se llamaría Nuevo Mundo, es decir, el contraste entre dos mundos que apenas tenían nada en común, esta segunda, narrada desde los márgenes de la ficción (no se tienen datos reales de lo que allí sucedió, tan solo las evidencias encontradas por Colón a su regreso) y que cuenta la epopeya vivida por los 39 marinos abandonados en la isla tras el embarrancamiento de la nave Santa María, lleva al lector hasta los más aterradores niveles de abyección humana que pueda imaginarse, hasta la más pura atrocidad, hasta el desvarío total.

A partir de lo que se sabe, es decir, de la aniquilación de los 39 marineros que Colón dejó en la Hispaniola tras su primer viaje a América, José Luis Muñoz elabora una fábula sobre la conducta humana fuera de todo control y perdido cualquier rasgo de civilización, a través de las experiencias de unas gentes en cuyo concepto de la vida probablemente había poco espacio para la comprensión y menos aún para la asimilación, todavía esclavos de sus instintos, su ambición y su apetito desmedido (aunque debería decir, a título personal, que los tiempos actuales tampoco es que sean tan diferentes en ese aspecto). El deseo, siempre irrefrenable, la codicia, la búsqueda inmisericorde de oro, las rencillas, el afán de poder, aun cuando este sea más teórico que efectivo, todo eso surge sin matices entre unas gentes que dejan de sentirse parte del mundo del que proceden y se creen, por tanto, absolutamente libres para reelaborar las normas sociales y los límites que han de regir su existencia desde este momento.

El único personaje que todavía lucha por conservar unos mínimos rasgos de civilidad y respeto es Marín de Urtubia, escribano que Colón deja en la isla para que levante acta de lo que suceda allí, y que encuentra en el extremeño Juan de la Plaza su reverso absoluto, su imagen especular. Sirva este breve diálogo para resumir de alguna manera ambas actitudes:

«―Por eso. Porque vos y yo somos las dos caras de una misma moneda. Yo, el carácter, la determinación, la energía que ha hecho progresar al género humano; vos, la sensibilidad, la inteligencia, el razonamiento, que ha atemperado la bestia que llevamos dentro».

En alguna medida, esta excelente novela me ha recordado a otra, que en el momento en que la leí me marcó mucho, El señor de las moscas, del premio Nobel William Golding, aunque escrita en otro registro muy distinto. No estamos solo, por tanto, ante una novela de aventuras, aunque sin duda «El fuerte Navidad» lo es, más que novela histórica, diría yo, sino también ante una amarga introspección en las entrañas más inhóspitas del ser humano, una visita a los infiernos de la sinrazón. Pero lo más destacable de esta novela, a mi entender, no reside tanto en su poso filosófico, en su descarnada incursión en el horror, en la incapacidad de algunas mentes para salir del recinto en que parecen vivir presas, como en el afinado estilo literario de José Luis Muñoz, un escritor que, como ya demostró en el primer volumen de esta trilogía, es todo un maestro a la hora de construir personajes ambivalentes y contradictorios y atmósferas opresivas, ambientes pútridos en los que el ser humano se convierte en títere de sus instintos, e igualmente en su capacidad para poner en palabras todo ese mundo de sensaciones, miedos, olores, intuiciones, incluso sabores, que pueden convertir lo que en otras circunstancias podría ser el más habitable de los paraísos en un desolado infierno. Parafraseando a Gustav Mahler cuando le contó a Sibelius lo que para él significaba componer una sinfonía, podría decirse que también para José Luis Muñoz, a tenor de cómo construye y elabora sus obras, cada novela «debe ser como el mundo. Debe abarcarlo todo». Y en cierta medida, esta trilogía lo es.