
«El arte levanta la cabeza donde las religiones pierden terreno” (Nietzsche). ¡Y tanto que la han levantado actualmente en nuestra descreída sociedad…! Cualquier estupidez se erige ahora como prenuncio de una nueva religión estética.
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En el lado contrario, y no sé si la he oído o la he soñado o simplemente la he deseado, una proclama: Benditas sean las cosas que he admirado.
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“Los hechos meritorios de los hombres tiene su temporada, como los frutos” (La Rochefoucauld). Yo diría que, en efecto, los frutos de los hombres se dan por temporadas, bien que no tan regularmente como los de los árboles, aunque, como éstos, sufran también sus correspondientes períodos de sequía y fertilidad… Creación.
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Cumple tu vocación y crearás.
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Los pensamientos tienen un color, como la paleta de un pintor… Sólo que de un color del oído, que es la palabra.
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Curiosa cuestión ésta de refugiarse el corazón en las palabras… Literatura.
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La palabra la usamos, es útil y tiene que decir, y estamos acostumbrados a ello. Por esto no toleramos que la escritura no diga, contrariamente a la pintura y la música, quizás porque éstas no son de uso práctico. Por ello la escritura por la escritura, sin nada que decir, sin denotación, nunca es bienvenida, sobre todo porque solo quedaría como una mera aproximación a la música.
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A veces pienso que la sensibilidad de las personas está obligada por su lengua, por la lengua que han aprendido y hablan, por el tono que aprendieron de su madre… Antes que una cosmovisión ―o, como diría Nietzsche, una mitología―, la lengua transmite una sensibilidad.
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En cuestión de opiniones todos somos iguales, excepto que unos toman el cuchillo y otros la pluma para herir. Sólo son formas distintas de agresividad.
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Si bien te fijas, toda palabra que no sirva para modificar el pensamiento de alguien es una palabra perdida.
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Escritura: impotencia de la acción.
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La literatura nos permite vengarnos de la realidad llevándola por el camino del deber ser, del camino que debería haber sido (para bien o para mal). Le pasa lo que a la Música: que nos redime del ser del ruido del mundo con el deber ser de los sonidos: con los sonidos que deberían ser.
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Existen dos tipos de intelectuales: aquellos cuyo espíritu brama y aquellos cuyo espíritu brilla. Los primeros sacuden la idiotez, los segundos se limitan a eso, a sacarle brillo.
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Ya que el hombre no puede gestar y parir un hijo como la mujer, solo tiene la alternativa de gestar y parir un libro.


