Ricardo Martínez.

Pocos autores, acaso, tan decididamente autobiográficos en su obra como éste, von Rezzori, por cuanto tengo para mí que es difícil no extraer de su obra no tanto textos de autobiografías al uso (ya se sabe, por cierto, que el pseu-dogénero encierra un buen porcentaje de autoficción) como referentes, más o menos explícitos, de todos y cada uno de sus libros, más allá de los que ya en el título llevan el marchamo implícito – y tal vez su voluntad- de aludir a su circunstancia personal en todo momento, en todas sus historias y argumentos: su propia vida.

Tan variada por cierto, rica en matices de todo tipo –económicos, sexuales, políticos- como estrictamente humanos en su sentido más amplio. Hay pasajes en su magnífica ‘Flores en la nieve’ o su extraordinaria novela final concebida bajo el título dicotomía de Abel y Caín, que para sí quisiera el más docto biógrafo de sí propio.

Leemos en Caín, p.63: “soy una persona de un pensamiento muy radical y no tengo ningún tipo de vínculo, siempre he sido, por desgracia, un outsider, un individuaista, uno que va por su cuenta… En resumen, me complacía esa existencia de cazador y recolector en aquel paisaje glacial de arquetipos surrealistas, éste se correspondía del todo con mi mundo interior de vivencias, moldeado por la guerra, y de eso, si lo aceptáramos, podría surgir algo nuevo…”

Dada la cuidada traducción del alemán de Aníbal Campos (El mismo tanto de ‘La muerte de mi hermano Abel’ como de ‘Caín’) advertimos aquí y allá de este texto que es memoria transparente de su vida y nítida de su circunstancia histórica, fragmentos que, sin duda, le avalan como un relevante escritor cuya obra actúa, en ocasiones, como paradigma de lo literario y real a un tiempo: “Era maravillosamente directa en su elegante vitalidad”; “Siempre nos pareció que había bastado apenas un instante para hacer de nosotros una pareja. Era como si yo, un desconocido, joven recomendado por un amigo suyo, hubiese entrado en su salón y de inmediato me hubiese convertido en su amante”; “¿A quién conocía?, ¿quién me conocía?, Si era en realidad un tipo solitario, ¿a qué me dedicaba cuando estaba sólo?”. Nuestra armonía sólo tenía un inconveniente: ella tenía diez años más que yo y era la esposa de un señor de gran prestigio” “Yo no era más que una mosca efímera gracias a esa relación con Duse, la cual, a pesar de todo, imprimió un nuevo giro en mi vida”

Es curioso, creo: le he leído sin poder decir, hoy, qué clase de mujer solitaria, extraordinaria, había sido su madre: ¿madre sin marido en un mundo elegante? A él, a su protector de quien sospechaba que hubiese sido su progenitor, llegaba a considerarle tío.

Es difícil resumir una vida en un libro que rebosa vida de principio a fin, de ahí que su contenido, parodiando su propio devenir tan azaroso, cabría resumirlo con la frase: con las imágenes de su viaje (o vida) podría llenar páginas enteras.  

Paginas traspasadas de un fino sentido de lo cultural, de una implicación artesana en el gesto-acto de vivir, de una capacidad imaginativa y ensoñadora que dignifica el humanismo que rebosan sus palabras, su sentido del discurso. Es cierto que una frase inscrita en su obra Abel permanece, relevante, en su prosa cuando define en una línea la figura seminal de las realidades de la II guerra mundial: “un hilo de semen recorre toda Europa” Lo que traducido al inevitable vivir cotidiano también significó para él, en algún momento: “El resto era evidente: Lo primero que comprobamos fue que éramos una excelente pareja de baile, amábamos por igual los perros, los caballos, el clima áspero, el Dubonnet con ginebra por las mañanas, las excursiones a la montaña para esquiar, el tango y las cazadores cortavientos” Él y su relación con la mujer –en genérico- eran también la narración, la creación de un mundo arriesgado, comprometido y nuevo. Una definición de una nueva realidad.

Una lectura, pues, inexcusable por inteligente y explícita y clara para los sentidos.