Los oscurecimientos

Tomás Sánchez Bellocchio

Alianza

Madrid, 2026

302 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca

Hay una causa común a todos, en cualquier lugar en que estemos o en que nos fuercen a estar, y esta es la memoria de aquellos tiempos de inflexión. Da igual que nos lleven a uno de esos sitios inverosímiles y a uno de esos tiempos compungidos, porque allí cualquiera ha dejado un buen recuerdo, uno de esos recuerdos que tienen que ver con las personas. Y donde hay personas, hay amigos. Recordar se convierte, entonces, en idealizar. Pero al transformar en relato aquellos recuerdos, estas idealizaciones, uno entabla un diálogo entre lo que le construyó y lo que le gustaría haber aprendido. Sobre este sustrato Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981) teje esta buena novela, en la que la tensión se ve mitigada por un estilo cuidado, sencillo y amable. La tensión la pondrá la ubicación a la que nos lleva y el tiempo en que nos desenvolveremos. Por otra parte, la amabilidad será fruto de la memoria del narrador, que no renuncia a la dureza de los tiempos, pero optará por el beneficio de los amigos.

Nos vamos a la Patagonia, al sur de Argentina, donde el clima sería suficiente como para imponer carácter. Pero, además, estamos cerca de la frontera con Chile en un tiempo convulso, los años setenta, donde la atmósfera es bastante bélica. Y nos encontramos con un grupo de cuatro amigos, entre los que destaca Quito, un adolescente huérfano de madre y criado por un padre que no se resiste a ser, de vez en cuando, un maltratador. Quito será el personaje enigmático, por su magnetismo, por su imprevisibilidad, dentro del grupo que lleva buena parte de sus juegos hacia un terreno en el que ha aparecido un tanque abandonado. Lo militar, lo bélico, será territorio de juegos, hasta que se impondrá lo real, las cohibiciones que ocasiona la presión de la guerra real. Entre las que se encuentran los oscurecimientos, que consisten en proteger a la población cegando todas las puertas y ventanas, cualquier resquicio por el que se pueda escapar algo de luz que delataría la posición del pueblo.

Este territorio, que es frontera, y es aislamiento, parece un lugar abonado para ser maldito. Pero nos centraremos en la novela de crecimiento, que en este caso no le sucede a un único personaje, sino al pequeño grupo que tiene anhelo de probar cosas nuevas de experimentar. Y, sobre todo, se trata de muchachos a los que se le impone la necesidad de emocionarse, de enamorarse de las emociones, las gratas y las turbias. A medida que avanzamos en la lectura, Sánchez Bellocchio irá acumulando personajes secundarios sorprendentes, imaginativos, que tallarán un poco la educación de los protagonistas, y nos irá refiriendo sucesos de época que constituyen la espuma de los días, como el mundial de fútbol que sucedió en Argentina. Con todo, lo más significativo de esta etapa será darse cuenta de que la guerra pudo ser un juego en la última infancia, en la primera adolescencia, pero nos noqueará cuando nos demos cuenta de que es una brutalidad. Pero será el vaticinio de un conflicto que no termina de llegar, como en El desierto de los tártaros, al que rinde homenaje el autor, lo que cargue de sentido cada movimiento, porque no sabemos cuál será el que decante el final hacia uno u otro tipo de tragedia. Al lector le habrá merecido la pena descubrir este rincón del planeta que Sánchez Bellocchio nos descubrirá desde la invención o la memoria.