Horacio Otheguy Riveira.

Una severa crisis de familia da lugar a una obra con despliegue de conflictos por donde se va desarrollando, paulatina y admirablemente, la memoria histórica de la madre. Una estructura dramática entre una niña, luego mujer, y el abuelo, un aragonés («de campo», según su prontuario) que pudo haber huido a Francia, pero se quedó para estar junto a su esposa e hijos, y fue detenido, condenado a muerte, luego a treinta años de cárcel entre diversas prisiones. Sale en libertad condicional y vuelve a su trabajo de labrador. Tanto castigo por haber apostado por fuerzas anarquistas y de izquierdas, sin haber empuñado nunca un arma.

La memoria del aragonés, el Yayo Vicente, recorre todo el cuerpo de su nieta, que sonríe narrando las desgracias del pasado. Una sonrisa vitalista, que busca en aquella lucha la esperanza para la vida actual donde determinados sectores pujan por hundir en el oprobio más absoluto aquellos tiempos, revalorizando a quienes ganaron la guerra, destruyendo nuevos tiempos solidarios entre la gente de a pie y el progreso sin dependencia de la burguesía y la Iglesia.

Pepa y Dani son una pareja de actores que una noche se verán sorprendidos por un vídeo donde les parecerá ver a su hijo de diecinueve años participando en una concentración fascista en la universidad. ¿Es posible que el del vídeo sea su hijo Saúl? La pregunta no deja de sobrecogerles. En un panorama de revueltas violentas en la universidad convocadas por agitadores de extrema derecha, la familia se verá atravesada por un conflicto que dejará a todos en un estado de angustia y confusión.

El hogar necesitado de conversaciones 

Estos personajes, marido y mujer, son actores, por tanto, con trabajos inestables, en una permanente incertidumbre que llevan con el estoicismo de los que aman lo que hacen. Hace mucho tiempo solía decirse: «No te hagas artista, busca algo seguro». En la actualidad la inestabilidad es propia de una gran mayoría con y sin formación académica.

Por eso, esta situación de ignorar en qué anda su hijo adolescente, hasta que lo descubren en un vídeo de telediario, genera un conflicto de fácil empatía en el público, cualquiera sea su condición.

Se exhibe la ira del padre, la ternura de la madre, como dos perfiles muy tradicionales, y el encierro del chaval, su propia rabia de quien está embarcado en un ámbito que da aire a sus impulsos, pero que, seguramente, tampoco comprende del todo.

Una pieza que deja en el aire explicaciones que las emociones no permiten aflorar. Pero en el silencio y la tormenta, crece el recuerdo de una lucha justa en la que muy probablemente asentará a Saúl, una vez que la ira, los gritos, los reproches cedan y se sienten a conversar en profundidad, ya que el desencuentro entre adultos y adolescentes siempre tiene raíces que los primeros suelen negarse a confrontar.

Igual que Ibsen en 1879, cuando en Casa de muñecas, Nora dice a su marido: «Siéntate, tenemos que conversar», hoy, 147 años después sigue vigente el diálogo sereno entre hombre y mujer, padres e hijos: todos en medio de un modo de vida que exige mucho esfuerzo para mantenerse en pie y seguir adelante.

 

Delante, Marc Romero. Detrás, Daniel Moreno, Pepa Zaragoza. Una foto como buen ejemplo de núcleo familiar de clase media. En escena, dentro de una escenografía austera, logran infundir reflexiones que aparcan lo emocional para indagar en el arte de mantener las manos tendidas…

 

El momento primero: el de la cólera que anula toda comunicación.

La sonrisa de Pepa Zaragoza refleja su vitalidad, su entusiasmo, al indagar en el pasado de su abuelo. Se acompaña de proyecciones y fotografías y deja en el público la sensación de haber presenciado una imponente autoficción.

Beatriz Jaén fotografiada por Javier Naval.

 

Esta formidable creación se ha compuesto con coescritura, dramaturgia y dirección de Beatriz Jaén, la responsable de varios acontecimientos teatrales que han alineado con éxito aspectos a menudo opuestos en el arte escénico, tales como la literatura y la acción interior/exterior del lenguaje propio. Beatriz Jaén tiene -también actriz- un dominio valiosísimo de la plasticidad orgánica de cuanto respira sobre los escenarios, así como una decidida perspectiva sociopolítica.

La aplaudimos en obras maestras de origen novelístico como Nada, de Carmen Laforet, y Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, entre las más recientes, y hacemos lo propio ahora, ante esta formidable representación en la que se compromete por entero desde la letra, la musicalidad de las palabras, y el espíritu revolucionario de un gobierno abatido violentamente: espejo de una búsqueda social que, para millones de españoles, siempre está viva en su proceso reivindicativo.

Dirección: Beatriz Jaén
Texto: Beatriz Jaén y Pepa Zaragoza
Dramaturgia: Beatriz Jaén

Escenografía: Pablo Menor Palomo
Iluminación: Ion Aníbal
Espacio sonoro y video: Daniel Jumillas
Intérpretes: Pepa ZaragozaDaniel Moreno y Marc Romero

Producción ejecutiva: Manuel Sánchez y Pepa Zaragoza
Ayudantía dirección y producción: Javier Galán

Producción: Sanra Produce
Prensa: María Díaz

TEATRO DEL BARRIO. DEL 6 AL 10 DE MAYO 2026