Andrés G. Muglia.
¿Libro de cuentos o novela? La respuesta es sí a las dos preguntas, aunque suene extraño. Porque “Desciende, Moisés” responde a un modelo surgido en EE.UU., en época en donde los escritores de ciencia ficción que publicaban en las Pulp magazines, comenzaron a tener su lugar en el formato novela. ¿Y cómo se respondía a esa demanda? A veces “armando” una novela con una serie de relatos cortos. Cuando los pedidos de las editoriales llovían y los escritores no habían tenido tiempo de escribir un relato largo digno de llamarse novela, echaban mano a este recurso que se dio en llamar fix-up. En “Desciende, Moisés”, publicada en 1942, hay algo de eso.

Los relatos que aparecen en el libro habían sido publicados en su mayoría en revistas, y Faulkner los reúne en este volumen de extraño encanto. Digo extraño porque esta serie de siete relatos, que tienen en común muchos personajes, paisajes y contexto social; se ven aligerados de responder a la trama rígida de una novela; que, en el caso de las de Faulkner, si no se disfruta pronto de su estilo minucioso y dado al circunloquio, pueden resultar un poco pesadas. En cambio, en “Desciende, Moisés” los relatos son un disfrute detrás de otro, pura literatura faulknereana (no sé si inventé este epónimo) con su opresivo ambiente sureño medio real y medio imaginario, de su ficticio Yoknapatawpha.
Describir uno por uno los relatos sería perder la esencia del libro. Y esa esencia tiene que ver con un ambiente fijo pero a la vez perpetuamente mudable de un relato a otro, porque difiere de época, pero es reconocible todo el tiempo; como paisaje que se transforma, pero a la vez permanece lleno de huellas y de historia. Una forma de mostrar esta transformación son los cuentos donde se muestra el mundo de la caza. Con un amor por el ambiente que recuerda el bello “Bosques y hombres” de Wiechert, y en el detalle de este mundo exclusivamente masculino sobre el que también basó tanto de su literatura Hemingway, Faulkner cuenta el fin de una época que se va alejando al ritmo que se recortan los lindes del bosque que el hombre y su progreso muerden día a día.
Un personaje, Isaac “Ike” McCaslin, aparece en varios de estos cuentos o capítulos. Cuando es un niño de doce años y mata su primer ciervo junto a Sam Fathers, mestizo con sangre india de la tribu de Chickasaw, que se mezcla en sus venas con sangre negra y también blanca. Es sabido que el tema de la sangre y el mestizaje es una preocupación fundamental expresada en varios libros de Faulkner; en “Luz de agosto”, por ejemplo, el protagonista Joe Christmas se ve atormentado permanentemente por la sangre negra de sus antepasados. Este Sam Fathers es un hombre que respeta la tierra de caza, la conoce con detalle, sus tiempos y sus ritos. Con uno de ellos convierte a Ike en un hombre, untándole la cara con la sangre del ciervo que cazó; rito de paso de cuño moderno. Este mismo Ike McCaslin aparecerá en otros tres relatos: “Era”, “El oso” y “Delta otoñal”. Estos lo muestran desde la infancia hasta la vejez, y con él va envejeciendo también el mundo que conoce.
El bosque virgen de hombre se aleja cada vez más con el crecimiento de los campos de algodón. Lo que al principio de la vida de Ike McCaslin quedaba a veinte kilómetros a lomo de mula, en el cuento “Delta otoñal”, con un Ike de setenta años, ya dista doscientos kilómetros de viaje en automóvil. Lo salvaje se ve acorralado por el “progreso” y cada vez cuesta más alejarse de la civilización para incluirse en la fantasía de esta llamada de lo salvaje, en la aparentemente justa (o Faulkner se debate por justificarla) lucha entre el cazador, sus perros y sus escopetas; contra los ciervos, los osos, las ardillas, que son abatidos. Uno de los síntomas de la disolución de este mundo, en la última época de Ike McCaslin, donde ya es un septuagenario que se queda en el campamento esperando a los jóvenes cazadores, es la escena donde se ve obligado a tratar con una joven que ha tenido un hijo con Roth Edmons, su sobrino nieto quien ya está casado, en la que tiene que darle un sobre con dinero que Roth le ha dejado para que ella se aleje. Ike se ve inmerso en esta trama cobarde, como un mensajero obligado, con el agravante de que la muchacha es mulata y humilde; nuevamente el tema racial en la obra de Faulkner.
No obstante esta aparente glorificación de la caza como un combate justo, hay en “Desciende, Moisés” momentos que pueden tomarse por un alegato ecologista, quizás adelantado a su época, quizás inconsciente. El trasfondo de nostalgia por el mundo salvaje que desaparece ante el embate civilizador. El respeto por ese oso mítico llamado Old Ben, a quien todos los cazadores persiguen y ninguno puede matar. Esta tendencia “ecologista” resurge en el magnífico cuento “Carrera al amanecer” incluido en el libro “Grandes Bosques” de 1955, en una escena definitiva cuando Ernst, granjero y cazador, mentor de un niño de doce años que es el mejor rastreador del bosque, persigue junto a él durante una larga y dura jornada a un ciervo. Cuando por fin quedan frente a frente con el ciervo, el viejo Ernst dispara con una escopeta que sabe descargada, fingiendo que ha olvidado recargarla después de probarla. El niño le reclama, furioso por su esfuerzo conjunto y perdido, a lo que Ernst responde que lo mejor es la experiencia de la persecución; el ciervo estará allí al año siguiente para continuar la caza.
Volviendo a “Desciende, Moisés”, del que no hemos dicho mucho en términos descriptivos y concretos; encontraremos al mejor Faulkner, con sus relatos que dan voz al sur posterior a la guerra de secesión. Que a veces resuena con ecos machista o racistas, donde lo real y lo imaginario confabulan un universo paralelo donde el polvo, el sudor, el olor del campo, de las mulas, del bosque que nunca escuchó el silbato de un tren o la bocina de un camión, se dibujan en una poética difícil de describir. Donde la genealogía llega a ser una agotadora obsesión, y la raza y la sangre una preocupación de primer orden. Pero en donde la sensibilidad se expresa en una gramática a veces insólita, con repeticiones de términos y enumeraciones que martillan al lector, lo envuelven en un clima de tramas familiares y raciales entremezcladas, mosquitos, pantanos, alambiques, campos bastos, amos o patrones (según la época), de un sur real, imaginario, posible; poco importa.

