La vida imaginada
Andrew Porter
Traducción de Ce Santiago
Muñeca infinita
Madrid, 2026
329 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
Cabe preguntarse en qué punto de nuestro pasado se esconde la dignidad, hacia dónde debemos viajar para recuperarla. Siempre existirá un punto ciego, ese momento que nos transformó y del que no nos libra ningún relato, ninguna explicación. Solo cabe pensar que somos lo que somos gracias también a ese agujero, y que eso que somos no está tan mal, al fin y al cabo, como se encarga de recordarnos alguien que nos aprecia. Recurrir a que ese trauma sea la desaparición del padre tal vez no sea una idea muy novedosa, pero tal y como la trata Andrew Porter merece la pena retomar esta iniciativa. Digámoslo desde ya: La vida imaginada es una buena novela, en la que se parte de una causa a la que merece la pena darle más y más vueltas, por todo lo que nos afecta, y construida con mucho oficio; Porter nos entregará, además, unos personajes en cuyo interior el conflicto no cesa, y su decantación es constante. Si están buscando una obra de ficción estupenda para sus próximas lecturas, si eligen La vida imaginada van a acertar, seguro.
El narrador es un hombre que perdió de vista a su padre cuarenta años atrás, siendo él un púber. El padre era profesor de literatura en una universidad, un lector obsesionado con Proust, que está postulándose para un puesto de trabajo definitivo, para lo cual necesita publicar un libro sobre teoría literaria. El narrador es alguien que, como cualquiera de nosotros, ante lo que nos aprieta, ante lo que nos hace sentir amargura o tristeza, se sabe solo. Es alguien hipersensible, que admira lo que se ve incapaz de tener, sobre todo la determinación, queriendo ver pasar la vida como si estuviera refugiado en un búnker. La vida familiar que ocupa el grueso de la obra es el recuerdo de los años que compartieron en una casa de Los Ángeles. Se trata de uno de esos chalés con piscina y jardín, donde se puede reunir bastante gente con frecuencia para celebrar fiestas o preparar barbacoas. Poco antes de la desaparición del padre, el narrador, a punto de reventar en la adolescencia, descubre que su padre es homosexual y que uno de los amigos que le visitan con frecuencia es su amante. Estamos en los años ochenta, una época en la que la maldición por algo así estaba presente. Convenía ocultarse para que no te trataran como a un maldito.
El relato nos lleva de vez en cuando al presente, a la actual situación del narrador, casado y con un hijo, en situación bastante simétrica a la que tenía él cuando sucedió la desaparición del padre. Su situación familiar actual también es delicada. Es por eso que mientras narra con mucho oficio, podemos deducir que los dos impulsos que corren detrás de él, que le persiguen, de los que huye, los que le hacen sentirse solo, son los deseos y los miedos. Miedo al abandono, como es fácil deducir, y a las frustraciones más pequeñas. Y los deseos que nos hacen ser egoístas, los que se traducen en pequeñas miserias. Tal vez Porter tenga razón, pues tal vez no haya respuestas fuera de conseguir el bienestar emocional, que es lo que busca nuestro narrador, y para ese bienestar está bien conseguir explicaciones, pero no es lo que más nos consuela. Para saber qué es lo que consuela, lo que nos permite poner pie en tierra y sentirnos bien, no tendrán más remedio que leer esta novela. Y no saldrán decepcionados.


