ESPAÑA EN SORDINA
BÉCQUER, EL MONASTERIO Y LA NIEVE

En la iglesia del monasterio ofician una misa baturra, con los miembros de una cofradía vestidos de gala y cantando una jota.
Le pregunto a un fraile dónde está la celda en la que vivió Bécquer unos meses y escribió las “Cartas desde mi celda” y me dice que esa celda está cerrada y no se puede ver. Qué decepción porque yo había visto esa celda hace muchos años. Y me hacía tanta ilusión verla de nuevo.
Volví a leer por enésima vez las “Cartas desde mi celda” antes de visitar el monasterio de Veruela. Con las historias de las brujas de Trasmoz y el castillo que construyeron miles de demonios en una noche.
Cuando era niño me impresionó mucho la historia de esa bruja a la persiguen y despeñan las masas fanáticas y cuadriculadas. Pensé en la soledad de esa bruja, en el peligro de ser diferente. De creer en cosas distintas o amar la noche. Me sentí lastimado como esa bruja perseguida con saña por la ignorancia y el simplismo. Sentí las peñas en mis costillas cuando ella cayó desde lo alto. Y sentí que yo también me defendía con resistencia desesperada cuando las masas la acosaban.
Y leí las “Rimas” sobre las olas gigantes, la soledad de los muertos, los abismos y las cosas que nunca volverán. Y sobre las contradicciones del alma y la pasión que consiste en sentir profundamente las cosas (la gente cree que la pasión es ponerse a temblar). Y vi en Bécquer una España apasionada en el mejor sentido. Y el misterio del ser humano y lo que no puede cuadricularse.
También admiré como, igual que Heine, les daba a las formas populares, aparentemente tan sencillas, los sentidos más profundos y ricos. El simbolismo en España nació con Bécquer. Y para mí ese monasterio era el símbolo de lo más hondo de España.
Encontramos la cruz de hierro donde Bécquer esperaba cada mañana a que llegaran los periódicos de Madrid. Y pensé cuánto más vivo y sabroso era ese esperar los periódicos con el nacer del día mirando un sendero de tierra roja y escuchando el rumor de los abedules al lado de un riachuelo que ponerse ante la pantalla de plástico de un ordenador que es igual en todas partes. Y como se simplifican y se despojan en esa pantalla las cosas. Como se vacía el mundo con esta digitalización descarnada. Qué progreso para el mundo, dicen.
Pensé en que nadie ha superado esos textos de Bécquer donde habla de misterio y de intuición, del llanto callado, del besar con los ojos.
Y también cuenta en la primera de las Cartas qué rostros se encontraba uno por los caminos de España y cuántas cosas se podían escuchar de viva voz.
Me alegré de visitar otra vez, tantos años después, ese monasterio donde Bécquer, el poeta más profundo de España (mal que le pese a algún imbécil pedante e ignaro que cree decir una gran cosa por citar a Holderlin). Y de estar en uno de los lugares más sugestivos de España.
A lo lejos se veían las blancuras del Moncayo y pensé que las nieves de antaño de François Villon allí se podían ver hogaño.
Dedico esto al palurdo que desprecia a Bécquer para alabar a Holderlin. Como si Holderlin lo necesitara. Y con el papanatismo de creer que así es más culto. Cuando en realidad no se entera de nada.
ANTONIO COSTA GÓMEZ FOTO DE CONSUELO DE ARCO

