Horacio Otheguy Riveira.

 

Él es un guiri. Ella odia a todos los guiris. Y el destino se ha empeñado en hacerles compartir rellano.

 

—¿Sí? —respondo al telefonillo.

—Glovo —dicen desde el otro lado del interfono.

Me cago en el guiri de las narices. Es la… ¿séptima? ¿Octava? No lo sé, he perdido la cuenta de las veces que los repartidores han traído cosas suyas (que si paquetes de Amazon, que si comida a domicilio…) a nuestra casa esta semana.

Resulta que, cuando llamó al timbre aquella noche, lo que quería era que le hiciésemos de porteras hasta que le arreglasen el interfono. ¡Como si no tuviésemos nada mejor que hacer! Y Alex, que no sabe decir que no a nada ni nadie, le aseguró que no había ningún problema.

Pero, claro, no es ella la que ha estado aquí todo el puente, poniéndose los dientes largos con cosas que no se puede permitir. Día tras día, he visto cómo el vecino se pide Honest Greens (el templo culinario de los extranjeros en España), pizzas y hamburguesas en casi cada comida mientras yo me paso los pocos días de descanso de la playa al sofá con un presupuesto muy ajustado […]

[…] Pensaba cenar el poco yogur griego con anacardos y plátano que me queda, pero, cuando el repartidor me entrega la bolsa de comida india y el aroma dulce del naan y del palak paneer me envuelven, me sobran segundos para decidir que esta noche el guiripollas (porque sí, así le he bautizado) se queda sin cena.

Ni los perros de Pávlov salivaron tanto como yo mientras me sirvo arroz y el queso frito con salsa de espinacas en un bol.

Un jadeo muere en mi boca tras la primera cucharada, y juro que las tripas me rugen más que antes de probar bocado.

En menos de dos minutos, me he zampado casi todo el bol, aunque estaba bastante picante. Sé de una parte de mi cuerpo a la que no le va a hacer gracia el atracón que me estoy pegando, pero eso es un problema de mañana. Esta noche, que el universo bendiga a todos los indios y nepalíes de este planeta por hacer raciones inmensas de su deliciosa cocina.

Mientras devoro la segunda tanda, oigo tres golpes en la puerta.

Me quedo quieta, incluso dejo de respirar. Quizá si no me muevo, pensará que no hay nadie en casa y se irá.

Pero el tío vuelve a dar tres golpes, y maldigo los escasos cincuenta metros cuadrados que componen mi casa y el pésimo aislamiento por dejarme oírle desde la cocina-comedor.

Hi, there. — Hace una pausa antes de llamar por tercera vez y añadir—: I’m really sorry to bother you, but I know you’re home.

«Joder, sabe que estoy en casa».

Listen, I’ve seen you getting my Glovo order and I was wondering if you could give it to me.

Bueno, pues me ha pillado. Me ha visto recoger su pedido y ahora quiere que se lo dé.

Me llevo las manos a las sienes mientras balbuceo un «mierda». Necesito una coartada; inventarme algo, lo que sea. Pero, entonces, su voz desaparece.

Espero un minuto, dos, tres, antes de acercarme de puntillas con el corazón en un puño y abrir la mirilla, intentando no hacer ruido. Suspiro aliviada y apoyo la cabeza contra la puerta cuando lo que me recibe es el rellano vacío.

Si no sabe que estoy tras la puerta hasta entonces, la retahíla de palabrotas que me salen por la boca tras el susto se lo dejan claro.

Arrinconada, no me queda otra que recomponerme antes de asentir para mí misma y abrir de un tirón…

… —¿Qué quieres? —espeto, de mala gana.

Si tras nuestro primer encontronazo la semana pasada de repente me muestro simpática, sabrá que soy culpable. Tengo que jugar bien mis cartas.

¿Me habría comido la cena de cualquier otro vecino si viviese en un edificio normal? No.

Pero en mi defensa diré que el hambre voraz y las pa-
labras de aliento de Martina para que le hiciera la vida imposible al vecino no me han ayudado.

El guiripollas me ha mirado un total de dos segundos antes de sacar el móvil del bolsillo y ponerse a teclear.

—¿Eo? —digo, con una mano alzada, haciéndole un movimiento circular frente a la cara.

—Perdón. Uno momento — responde sin levantar la vista de su teléfono.

Pongo los ojos en blanco y aprovecho su distracción para cerrarle la puerta en la cara por segunda vez desde que se mudó. Pero sus reflejos son más rápidos que los míos porque estrecha una mano y detiene el avance de la hoja casi sin inmutarse.

Intento oponer resistencia, pero el bíceps del guiri es más grande que mi cabeza. Alex no mentía cuando describió al guiripollas como un armario empotrado, aunque pensaba que era una de esas personas que son grandes por naturaleza. Por cómo se le marcan las venas del antebrazo y se le extiende el contorno de la camiseta allá donde el músculo se contrae, está claro que me equivocaba.

«Céntrate», me regaño.

Empujo y la puerta cruje, pero no se mueve ni un solo milímetro.

Entonces, una voz robótica inunda el poco espacio que nos separa, y me doy cuenta de que se trata del traductor cuando dice: «¿Podrías, por favor, darme mi pedido?».

—No sé de qué me hablas.

—Espera. —Por el rabillo del ojo veo cómo el guiri borra la traducción anterior y hace clic en el micrófono. Entonces levanta la mirada y me pone el teléfono delante de la cara.

Haciendo la actuación de mi vida, suelto un «ah» prolongado y asiento, como si mi aprensión hasta entonces se debiese a que no le entiendo, y no a que los odio a él y a todos los expats que viven en este edificio. En el barrio.

Sus ojos se entornan cuando esbozo una pequeña sonrisa y me acerco al micrófono, pero hago caso omiso.

—Vuélvete a tu país.

La voz repite mis palabras en inglés y puedo ver cómo sus facciones se endurecen, cómo la amplia mandíbula, bañada por el rubor de una barba incipiente, se le contrae y las fosas nasales se le expanden mientras inspira con fuerza…

 

 

Intenso retrato de dos que se rechazan y atraen

 

Muy recomendable primera novela. Una espiral de rabia y lenta autodestrucción por ambas partes, mientras -lo intuimos a poco de empezar- se cuece a fuego lento la pasión que se niegan.

Es un proceso lento, a través de capítulos que no pude abandonar, confiando en que el camino pedregoso llevaría a un encuentro verdadero de estos personajes casi treintañeros en Barcelona: una catalana hermosa y un guapísimo inglés. Pero no son los Hermosos y malditos de Scott Fitzgerald, de 1922, pues en esta ocasión se bordea la tragedia en forma de rabiosa impotencia.

La diferencia está bien establecida en los conflictos catalanes (puede decirse que mundiales) frente al abuso de los alquileres a extranjeros, la tan mentada gentrificación que destroza la vida de barrios y ciudades. Tras este telón de acero en el empecinamiento de Anais, Nini, una chica que odia a los guiris y tiene que convivir con un vecino, Davis, empeñado en salir adelante en la misma ciudad.

Convivencia llena de tóxicos enfrentamientos, tras el desarrollo de la turbulenta oscuridad en que se empeñan en vivir: torturados por historias del pasado, sentimientos de culpa que consideran esenciales; cada capítulo profundiza en sus neurosis lentamente: una lentitud en absoluto morosa, ya que hay mucha acción y estupendas historias paralelas hasta que el estallido esperado llega en forma conmovedora, con doble vertiente: liberación a través de confesarse mutuamente y, más allá, la gran reconciliación con una dinámica erótica exultante.

Novela neo-romántica a través de las heridas de sus personajes, acompañados por otros muy interesantes relacionados con las enormes tensiones en una escuela de cocina y más aún en el día a día de un restaurante de prestigio.

A todo esto se suma el drama nacional de la vivienda y un círculo dorado de búsqueda de amor cuando no se sabe cómo pedirlo.