Ricardo Martínez.
Un lenguaje suelto, abierto, animado por la curiosidad y el conocimiento –exigencias que propicia el vivir- es lo que muestra este libro que cautiva por su decir y que evoca, en un momento u otro, la figura de la madre como vínculo de significación y unidad.

Su lectura es un ejemplo de sencillez narrativa no exenta, al contrario, de consideraciones humanas en las que reparar: “Yo repetía el final de sus frases. Ya tenía la voz más grave que la suya, pero imitaba su forma de hablar, Todavía la imito” Literatura es contenido de emociones, por lo tanto de pasiones. Es paradigma de diálogo para expresar, para comprender la realidad. “Sí, como hoy –dijo mi madre soplando sobre un copo imponderable de plata, arrancado del pelaje de la perra habanera a la que estaba peinando. El copo, más fino que el vidrio hilado, se embarcó lánguidamente sobre un arroyuelo de aire ascendente, subió hasta el tejado y se perdió en un exceso de luz”
Y también para sugerir; comunicación también es eso. El párrafo anterior es iluminación detallada de un pequeño gesto de la realidad, al fin, aunque se trate de un copo sin nombre, pero en su expresión-exposición incluye al autor secundario, al lector, y ello le lleva a mundos que, estando en éste, le invitan a imaginar, a elaborar casi sueños… La estética y puesta en escena son delicados, elaborados (Qué entiende usted, amigo lector, por expresión literaria)
El libro es un simpleo y claro y eficiente deparar de un grado de inteligencia que aporta el escritor, de donde deviene un cierto grado de imagen y ternura que humaniza en lo más elemental el ser de los partícipes. No es casi nada y lo es casi todo. ¿Para qué más?
“Pero también vi otra cosa- proseguía mi madre.
-¿Otra cosa?
¿Se habría topado un día –subiendo hacia Bel-Air o en la carretera de Thury- con el Este en persona? ¿Es posible que un gran pie violáceo y la charca helada de una pupila inmensa hubieran dividido, para que las describiera, las nubes”
Los personajes, el escenario y el argumento parecen confeccionados con un material fácil de percibir, casi transparente, y al tiempo no hay soledad (salvo aquella que corresponde a todo ser humano por razón de serlo)
El libro constituye un paseo de sutil inteligencia perceptiva que transporta, como elemento constituyente, fragmentos de armonía que aclaran y apaciguan el decir, el escuchar. Y, al fondo, el trasunto hilado de la familiaridad: “Ven a ver esto –me llamó un día mi hermano mayor. Transportaba él mismo, clasificaba y abría él mismo los libros, taciturno, buscando un olor a papel carcomido, uno de esos mohos perfumados de donde se levanta la infancia dejada atrás, un pétalo de tulipán seco, jaspeado aún como el ágata arborescente…

