Ricardo Martínez.

Dios acaso sea la palabra más escrita de cuantas hayan recogido los libros. En la medida en que el dios es intrínseco al hombre toda vez que la vida de éste se ha narrado como su dependencia de un vínculo supremo representado por ese dios, su significación ha sido necesariamente notoria y destacada.

En el caso actual, el que nos ocupa en este texto y que es un ejemplo de abordar el sentido de la realidad; se considera la figura y significación de dios dentro de uno de los lenguajes más polémicos que definen la representación del hombre: su lenguaje -llámese ahora dentro de la preminencia del concepto de inteligencia artificial- y su nueva consideración-representación dentro de la interioridad y representación del hombre como habla y pensamiento

“Por un lado, leemos, la inteligencia artificial suscita en el observador reacciones emocionales –obsérvese el grado de dependencia entre un lenguaje artificial y el código íntimo de las emociones que conforman al hombre- como el asombro, la curiosidad o la admiración. Por otro, estos sentimientos invitan a preguntarse si a la inteligencia artificial podría atribuírsele también el atributo divino de la omnipotencia” Tal consideración es importante porque, digamos, la realidad –y la muy alta ‘cualificación’ del dios-, le viene dada de su capacidad de crear, de dar algo nuevo.

La historia de las religiones, en efecto, “nos ha mostrado que en el pasado el poder divino se manifestaba principalmente en la capacidad de crear y destruir” Desentráñese con cuidado el lenguaje propio de la Biblia, donde el enfrentamiento entre fuerzas, entre poder y no,  amigo y enemigo; entre el bien y el mal asimilados es manifiesto y casi obsesivo. “Marduk, Enlil, El, YHVH y otros dioses eran venerados como creadores que habían hecho surgir un cosmos ordenado a partir del caos

En la actualidad, sostiene la autora del libro, “Citrine Informatics aplica la inteligencia artificial al desarrollo de nuevos materiales mediante el análisis de grandes volúmenes de datos procedentes de experimentos de laboratorio y de simulaciones (…) Por su parte AlphaFold ofrece la base para desarrollar nuevas enzimas a partir del análisis detallado de la estructura tridimensional de las proteínas” Téngase en cuenta que la creación de estas realidades materiales no es menor en la historia del hombre. La IA (o AI anglificado el término) es capaz de crear entidades que antes no existían”.

Y no solo entidades materiales, sino también inmateriales, como nuevas estructuras o sistemas. “Un ejemplo de ello es GPT-40, de Open AI, en el que se basan  las versiones más recientes de ChatGPT, y que genera redes de conocimiento inéditas al conectar información procedente de distintos ámbitos especializados (en el mejor de los casos, estas redes permiten visibilizar complejas conexiones multidimensionales conectando datos de disciplinas como la biología, la informática o la sociología”

El estudio que nos ofrece la profesora Paganini rebosa inteligencia de relación y deductiva, y la exposición es clara y fiable, amén de desconcertante, por qué no decirlo.

Asi, concluye en parte este estudio, “a lo largo de la historia de las religiones, la fe en dioses que creaban y destruían la vida fue transformándose gradualmente en la idea de una omnipotencia divina”.  Pues bien, si trasladamos este concepto al ámbito de la IA podríamos decir que tal atributo se alcanzaría cuando todos los aspectos de la cultura humana se convirtieran en datos, y la IA artificial tuviera acceso libre a ellos pudiendo procesarlos y, de este modo, adquirir un poder de acción universal. Curiosamente, Orwell en su obra ‘1984’ y Noah Harari en su ‘Homo Deus’ fueron unos adelantados en su sentido profético, o denunciador, de la realidad que vivimos, o ya nos vive. ¿Y qué función, qué color le atribuimos al futuro? De momento, ¿continuará la vigencia del ‘Homo hómini lupus’ que Hobbes nos invitó a considerar como realidad?