Horacio Otheguy Riveira.
Cam y Kai, pareja estable y libre, conflictiva a ratos: hombres que se aman y desean, pero también ansían a otros jóvenes o maduros en lances fugaces,,, por encima de la angustia existencial -con o sin trauma infantil-, tal y como sucede en otros universos paralelos, como el de Adèle en la novela escrita por una mujer, En el jardín del ogro…
Adicciones que echan para atrás la desolación, el oscuro diálogo con uno mismo, desde el agasajo al propio cuerpo si es agasajado por otro, aunque dure apenas un rato o una noche. Homosexuales en Houston, Texas, están siempre vivos y permisivos en esta novela donde se cruzan blancos y negros, si bien estos últimos en primer plano, ya que el autor Bryan Washington es afroamericano.
Con el buen pulso narrativo de su anterior novela, Memorial, en esta Comida familiar profundiza en las relaciones amorosas o entre pulsiones sexuales, logrando plasmar las ansiedades y obsesiones entre hombres, muy semejantes a las que se desarrollan entre heteros. Lo que les une es, fundamentalmente, la búsqueda del reconocimiento entre iguales que aspiran a una existencia al margen de una sociedad que les aburre o maltrata (injusticias racistas, muertes prematuras, alquileres abusivos…). Alcohol, psicofármacos y otras dependencias son fuente de noble dramatismo en una novela que, en todo momento, acerca a sus protagonistas a lectores sin prejuicios que pueden reconocerse cambiando las peculiaridades de sus deseos más íntimos.
Esta es una obra de ficción que aborda las autolesiones, los desórdenes alimentarios y la adicción. Si estás lidiando con problemas de salud mental o dismorfia corporal, leer esta novela puede resultarte difícil. Así que sé amable contigo mismo. Y ve a tu ritmo. No hay ninguna manera incorrecta de ser, y la única manera correcta es la tuya. El cuidado y la lentitud son dos de los regalos que merecemos, los remansos infinitos que podemos ofrecernos a nosotros mismos y a quienes queremos. Gracias por leer. De verdad.
«[…] Unas calles más adelante, me salta una notificación en el teléfono. El remitente me manda su ubicación. El parque está escondido a unas manzanas de distancia. Pero el tipo no me manda una foto de su cara, solo de su polla, y no estoy del todo seguro de a quién se supone que estoy buscando.
El cruising así puede ser una pesadilla. Siempre corres el riesgo de encontrarte con un homófobo de mierda. O con los pijos aburridos de las fraternidades, que quieren liberar estrés blandiendo un bate de béisbol. O con un borracho imbécil y casado, con doce hijos y una esposa encantadora que no tiene ni idea de nada. Pero al final atisbo a un tipo sentado en un banco junto a la zona de juegos y lo reconozco de inmediato: es uno de los borrachos que nos hemos cruzado en la taquería.
Parece sorprendido de verme ahí. Tendrá unos treinta y muchos, cuarenta y pocos. Cuando estoy lo suficientemente cerca, el tipo extiende la mano para estrechar la mía, y cuando le digo que se relaje de una puta vez, se disculpa, sonrojándose.
Me pregunto cómo de borracho estará.
O lo que habrá tenido que hacer para llegar a este punto.
Pero de todas formas dejo que me encule.
Me folla sobre el banco. Nuestros movimientos resultan rutinarios, como si respondieran a una memoria muscular inexplorada –y me acuerdo de algo que le gustaba decir a Kai sobre cómo los pasos pueden ser iguales, pero cada uno de nosotros tiene su propio ritmo: era solo una más de sus muchas proclamas sin sentido, pero no se me olvida–, y eso es lo que me viene a la mente mientras un desconocido mete una mano por debajo de mi camisa mientras con la otra juega con mi culo, en busca de un ángulo.
Pero no pasa mucho tiempo antes de que nos estanquemos….»
Cam, afroamericano, y TJ, de origen coreano, se reencuentran tras años sin verse. Fueron inseparables de niños, y juntos descubrieron su homosexualidad. Los padres de TJ, dueños de una panadería, acogieron a Cam como a uno más de la familia. Después la vida separó a los dos amigos, y cada uno de ellos ha pasado por experiencias dolorosas. Cam perdió a su pareja, Kai, que se le sigue apareciendo como una presencia fantasmal, y TJ perdió a su padre en un accidente. Ambos arrastran otros pesares íntimos que el reencuentro les permitirá afrontar… De fondo, la ciudad tejana de Houston, en pleno cambio por la gentrificación acelerada de algunos barrios, como el que acoge la panadería de la familia de TJ.
Bryan Washington es autor del libro de relatos Lot, que ganó el Young Lions Fiction Award, quedó finalista del NBCC’s John Leonard Prize, el PEN/Robert W. Bingham Prize y el Aspen Words Literary Prize y fue incluido en la lista de libros del año del expresidente norteamericano Barack Obama. Ha escrito para medios como The New Yorker, The New York Times, The New York Times Magazine, BuzzFeed, Bon Appétit, Vulture, The Paris Review, GQ o la BBC. Vive en Houston. Anagrama ha publicado Memorial, su primera novela: «Una novela de lo más meritoria, llena de vida y, por qué no decirlo, de buenas intenciones, sin que ello implique que el entramado de relaciones aquí planteado no esté repleto de aristas espinosas, afiladas con enorme mala leche… Lo más meritorio de Memorial está en su escritura, sobre todo en su elocuente desparpajo» (Fran G. Matute, El Cultural), y Comida familiar: «Washington tiene una profunda capacidad para enfrentarse a la crueldad y el dolor de la vida norteamericana contemporánea y al mismo tiempo ofrecer a sus personajes (y sus lectores) espacio para la esperanza, el alimento y el perdón» (Bilal Qureshi, The Washington Post).



