José de María Romero Barea.

Se cumplen este año nueve décadas del asesinato del poeta Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, Granada, 1898), fusilado entre el 17 y el 19 de agosto de 1936 cerca de Víznar-Alfacar, Granada, al inicio de la Guerra Civil. Pero, “¿cómo es posible que, como rezan sus anticipatorios versos, casi un siglo después Lorca susurre “no me encontraron”?”, se pregunta el historiador, hispanista y biógrafo Ian Gibson, en el volumen No me encontraron: La fosa de Lorca. Crónica de un olvido (Aguilar, Penguin Random House, 2026).

¿Somos justos cuando tratamos una vida como si fuera un medio en lugar de un fin? La primera parte del ensayo reproduce íntegramente el obsesivo diario (“Sentía que, si no anotaba todo lo que pasaba, la información se perdería”) que Gibson redactó durante la fallida excavación oficial de 2009 en el Parque Federico García Lorca de Alfacar (impulsada por la Junta de Andalucía), una búsqueda que no halló restos humanos ni evidencias concluyentes sobre el emblema de la Generación del 27.

A la ilusión inicial le siguen el creciente desasosiego y la sensación de “despropósito”. En la segunda parte Gibson analiza lo ocurrido en los quince años siguientes, incluyendo nuevos hallazgos, teorías, errores, bulos, silencios institucionales, fricciones con la familia (reacia a la exhumación) y una pista inquietante: en 1986, durante la construcción del parque, operarios habrían encontrado restos humanos que se volvieron a enterrar en otro lugar sin identificarlos.

De paso, el escritor irlandés nacionalizado español, Premio James Tait Black Memorial (1989) por su biografía de Lorca, ve en el escritor liberal, homosexual y republicano un símbolo de los miles de desaparecidos de la Guerra Civil y la posguerra. ¿Cómo hemos llegado a esto? Esa es la interrogante final que plantea el Premio Muñoz Suay (2014), buscando con pesimismo al escritor español más leído y traducido del siglo XX mientras vaga por sus hallazgos para huir de sus decepciones.

El erudito europeo, Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras, hace un llamamiento a tomar conciencia comunitaria, un reconocimiento colectivo de que la privación de la verdad tiene graves consecuencias para la salud de toda una comunidad debido a la reflexión ética y política que lleva a cabo sobre la memoria histórica en nuestro país: denuncia la pasividad de instituciones, el hermetismo, las restricciones por “respeto” a la familia y la oposición política o ideológica a continuar las búsquedas.