Enrique Carballo.

Hay una tradición del pensamiento breve que atraviesa buena parte de la literatura occidental: desde los fragmentos presocráticos hasta los moralistas europeos, desde Pascal y La Rochefoucauld hasta Lichtenberg, Nietzsche, Valéry o Cioran. El aforismo clásico suele aspirar a una forma de conclusión: descubrir una verdad, formular una paradoja, desenmascarar una ilusión.

Sin embargo, el autor de este volumen introduce deliberadamente una resistencia contra esa clausura. Muchas de sus afirmaciones terminan convertidas en pregunta; muchas de sus certezas contienen inmediatamente su propia sospecha. «Non, non hai ningunha certeza nas sospeitas. (¿Ou si?) / No, no hay certeza en las sospechas. (¿O sí?)», leemos en una de las primeras piezas. Ese «¿Ou si? / ¿O si?» es mucho más que un recurso ingenioso. Es casi un principio constructivo.

El aforismo, el poema en prosa, la anotación filosófica y la miniatura narrativa se amalgaman en el texto hasta formar una unidad estética propia que habla del tiempo, la muerte, el deseo, la soledad, la imposibilidad de conocer completamente al otro, la relación entre memoria y paisaje, la dificultad de decir algo verdadero, la necesidad de escribir y, sobre todo, de la belleza como forma de conocimiento incompleto. Mirar es convocar a la memoria; los paisajes se convierten en depósitos de aquello que fuimos o de aquello que quizá hubiéramos querido ser. El pasado no permanece detrás de nosotros: se reconstruye desde el presente. Cada recuerdo es, en consecuencia, una forma de ficción. El tiempo, por tanto, no es una línea sino una sustancia que se consume. Y la belleza deja de aparecer como aquello que vence al tiempo para revelarse como aquello que nos permite sentirlo.

Asimismo, el escritor emplea la repetición de elementos desplazando su significado. El mar puede ser distancia, pensamiento, destino, soledad o incertidumbre. La noche puede representar refugio, conocimiento o amenaza. La lluvia es paisaje, pero también identidad. «Se digo Primavera, chuvia ou mar, falo de algo material, mais refírome a min, a unha forma de ser e de pensar» / « Si digo primavera, lluvia o mar, hablo de algo material, y sin embargo me refiero a mí mismo: a una forma de ser y de pensar.».

Pero lo que me más me interesa de Ecos da néboa / Ecos de la niebla es que el escritor parece desconfiar de cualquier pensamiento que haya conseguido alcanzar demasiado pronto la tranquilidad de un cierre. La duda no se muestra como un defecto del pensamiento, sino como condición de vitalidad. «Todo home é non tanto unha certeza como unha suposición»; «Un pensamento é un xesto de vontade, de coñecemento. Unha confirmación, identificadora, da incertidume» / «Todo hombre no es tanto una certeza como una suposición»; «Un pensamiento es un acto de voluntad, de conocimiento. Una confirmación, identificadora, de la incertidumbre».

De ahí que una de las imágenes fundamentales del libro sea precisamente la niebla a la que alude el título, que aquí aparece como forma del conocimiento. «¡A néboa como a representación máis intelixente da realidade!» / «¡La niebla como la representación más inteligente de la realidad», se afirma en uno de los fragmentos; o en otra formulación, «Un día de néboa, e todas as certezas véñense abaixo» / «Un día de niebla, y todas las certezas se desmoronan»; el autor despliega una notable potencia filosófica invirtiendo una asociación convencional al proponer que, en vez de creer que conocer consiste en despejar la niebla, sugerir que quizá esta sea más fiel a la realidad que nuestras ilusiones de transparencia.

El libro no disipa la niebla; nos enseña a mirar dentro de ella para descubrir que nuestro mundo es algo siempre incompleto, provisional, sometido a la distancia entre la percepción y la realidad, y que solo se deja entrever precisamente cuando renunciamos a la ilusión de comprenderlo.