Pilar M. Manzanares.

El 28 de agosto llega a los cines La constelación del perro, adaptación de la novela homónima de Peter Heller dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Jacob Elordi. Una historia de supervivencia, soledad y esperanza que parte de un mundo devastado por una pandemia para preguntarse qué significa seguir adelante cuando todo aquello que conocíamos ha desaparecido.

Hig ha sobrevivido a la gripe que se llevó a millones de personas, entre ellas a su mujer, sus amigos y la vida que había construido. Ahora vive en un aeropuerto abandonado junto a su perro y un vecino armado y huraño. Cada día sobrevuela los alrededores en su Cessna de 1956 o escapa hacia las montañas para pescar, aferrándose a pequeños recuerdos de un mundo que ya no existe.

Hasta que una voz aparece entre la estática de la radio. Una señal débil, casi imposible, pero suficiente para despertar en Hig algo que creía perdido: la esperanza. Decide seguirla y emprende un viaje sin garantías, sabiendo que quizá no tenga combustible para regresar. Lo que encuentre al otro lado cambiará su percepción de los demás, del mundo y de sí mismo.

La historia tiene además una conexión especial con la vida de su autor. Peter Heller lleva décadas explorando los límites de la naturaleza. A los 29 años participó en una peligrosísima expedición en kayak por la meseta tibetana, donde uno de sus compañeros murió en sus brazos el primer día. Aquella experiencia no detuvo su vocación aventurera: desde entonces ha recorrido algunos de los lugares más extremos del planeta, mientras convertía esas experiencias en crónicas y libros.

Su trayectoria incluye el Gran Cañón de Tsangpo, una expedición que dio lugar a Hell or High Water: Surviving Tibet’s Tsangpo River, y viajes a aguas antárticas y remotas calas japonesas para documentar la actividad de las flotas balleneras y la matanza de delfines. Antes, durante su juventud en Boulder, había enseñado kayak, trabajado como pizzero y escrito poemas y relatos.

Quizá por eso La constelación del perro, su debut novelístico en 2012, resulta tan coherente con su trayectoria. Heller ha vivido aventuras en las que la supervivencia era una cuestión real; en su ficción, en cambio, pudo llevar esa experiencia hasta el extremo. Hig es, de alguna manera, otro explorador: un superviviente que atraviesa un mundo desconocido guiado por una señal de esperanza. Y ahí reside la fuerza de la historia: después del fin del mundo, quizá la aventura más difícil no sea sobrevivir, sino encontrar un motivo para seguir viviendo.