JOSÉ LUIS MUÑOZ
Con solo 37 años y tres largometrajes en su haber, contando el que nos ocupa, se puede decir del director chino Bi Gan (Guizhou, 1989) que es uno de los creadores más ambiciosos y revolucionarios del Séptimo Arte oriental. Si con su segundo largometraje, Largo viaje hacia la noche, ya había demostrado una sorprendente habilidad creativa (incorporaba en el film una larga y fascinante secuencia rodada en 3 D) y un alto nivel estético, en Resurrection, Premio del Jurado del festival de Cannes del pasado año, sencillamente noquea al espectador con algo que jamás ha visto antes.
Resurrection tiene la apariencia de una película de ciencia ficción o fantástica. Delirante (Jackson Yee), un monstruo que vive en un mundo que ha perdido la capacidad de soñar, se convertirá con la ayuda de una misteriosa mujer (Shu Qi), que es la voz en off narrativa de todo el film, en una serie de personajes (Qiu Moyun, Mestizo, Jia Shenjung y Apolo) a lo largo de cien años gracias a la magia del cine.
Resurrection, de casi tres horas de duración, es un viaje inmersivo a través de los últimos cien años de la historia del cine adoptando los más diversos formatos de proyección (cuadrado, académico y panorámico) y abordando algunos de sus géneros en sus distintos tramos narrativos: el cine mudo (pero en color), el negro, el neorrealista, el fantástico distópico y el romántico. Con un juego de imágenes y efectos especiales sorprendentes y fascinantes, una fotografía extraordinaria (no hay que olvidar que el realizador es fotógrafo) y un cromatismo —los rojos de su último episodio cuando la cámara flota por ese callejón del barrio portuario de las prostitutas en los últimos minutos del pasado siglo— sencillamente delirante, Bi Gan nos lleva a la esencia del cine en su repaso histórico y estético.
Admirador de Tarkowski, especialmente de Stalker, como él reconoce, y añadiría que también de la extraordinaria Europa de Lars von Trier, Bi Gan consigue en Resurrection un delirio (Delirante es el protagonista y nexo del film) de imágenes bellísimas al servicio de algunas buenas historias: el guiño al neorrealismo del episodio de la niña (Guo Mucheng) aficionada a los acertijos que se confabula con el tahúr Jia Shenjung (Jackson Yee), una de las encarnaciones de Delirante, y huele las cartas para adivinarlas; la última de esos dos amantes que huyen de los mafiosos robando una barcaza, y otras no tanto como la farragosa secuencia del templo budista, la segunda historia. Bi Gan se sirve de un estilizado uso de la violencia fuera de plano —los mafiosos que machacan al muchacho llamado Apolo (Jackson Yee), una de las transmutaciones de Delirante, mientras su chica Tai Zhaomei (Li Gengxi) canta un karaoke y el capo el señor Luo (Huang Jue) bebe, una de las mejores secuencias del film, o la del músico Qiu Moyun, del segundo tramo narrativo, que se apuñala los oídos.
Hay en la épica y muy ambiciosa película de Bi Gan un sinfín de homenajes cinematográficos al cine vampírico —Tai Zhaomei hinca los dientes en el cuello de Apolo en la barcaza en la que huyen— y al Nosferatu de Murnau—el mismo Delirante, por su aspecto, lo recuerda—; al Orson Welles de La dama de Shanghái en la secuencia del gánster disparando contra los espejos; a la nouvelle vague en esa huida de los jóvenes amantes, y hasta al surrealismo lynchiano que demuestran que el director chino es un cinéfilo que se ha alimentado de buen cine.
El resultado, pese a algunas irregularidades narrativas y un guion laberíntico en el que el más avezado espectador se pierde por sus claves simbólicas relacionadas con el budismo, es sencillamente fascinante e hipnótico y un buen ejemplo del poderío del cine chino que ha arrinconado en los últimos años al nipón y lidera el cine oriental.
Como sucede con el cine de David Lynch, no hay que comprender sino dejarse llevar por este onirismo cinematográfico que ha orquestado Bi Gan: la forma noquea al fondo.

