
Si vivimos en la cultura del todo vale, esto se ha convertido en un derecho (y hasta una obligación) en el Arte.
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Sin embargo, la Belleza sigue ahí: Por su propia naturaleza, la Belleza es un atributo que tiene carácter de eternidad en cuanto libre de las carencias que, en las cosas, marcarían la tensión a conseguirla como un bien y, por tanto, la tensión de llegar a ser, la tensión del devenir. Desde este punto de vista, si las carencias por naturaleza son una falta, el devenir como su consecuencia es un mal, y la belleza y su eternidad serían el bien, el bien a alcanzar. De esta manera podría establecerse, también así, desde un nivel estético, la lucha entre el Bien y el Mal: la lucha del devenir de lo contingente, de lo efímero y provisional, con lo eterno en esta presencia de la Belleza, que es eterna en sí misma, y así haciendo también perpetua la aspiración hacia ella… Pero de pronto caigo en la cuenta de que, como me descuide, todo esto me puede llevar a postular la tesis de una especie de Motor Inmóvil aristotélico -vía Platón y su Belleza- que pusiera en marcha el universo hacia él como Causa Final y Ejemplar en cuanto portadora de todo lo digno de ser imitado, poseído, etc… ¡Vaya por Dios!
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No obstante, y en desafío abierto con lo anterior, el artista contemporáneo, sobre todo a partir de la aparición del Romanticismo, concibe su arte como una expresión (más bien expansión) individual del contenido de su espíritu. Con ello lo justifica como arte (sin parar mientes en cómo será su espíritu)… Falta saber precisamente si eso es siempre Arte por necesidad, así como saber si nos gustaría a los demás ese (su) espíritu o si tenemos que soportar el empleo arbitrario de la palabra. Pero si no es algún tipo de belleza, ¿no habría que llamarlo de otra manera? La palabra “composición” tal vez se le va aproximando.
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Es así como el arte actual es un producto de la soledad, del aislamiento, del ensimismamiento, de la introyección solipsista en que vive el hombre contemporáneo. Por tanto, no es ni podría ser por esta circunstancia un arte hecho para otros, sino para sí mismo (incluso para sí mismo de quien lo contempla): para descargarse de las propias cargas y taras psicológicas producidas por todo eso… ¿Os habéis dado cuenta de que, por ejemplo, casi toda la mismísima novela contemporánea está escrita en primera persona? ¡Ah, qué clara hay que tener la cabeza para escribir en tercera persona cervantina!.
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En el fondo, la ética es el último principio de la auténtica obra artística, porque la auténtica obra artística nace de un planteamiento sincero y profundo ante el mundo (y esto no es fundamentalmente más que un planteamiento ético). Es por lo que un tramposo no podrá ser nunca un artista (lo cual no significa que un tramposo no triunfe como artista). Por ello, que Freud reduzca toda obra grande a complejos y traumas sublimados es el ataque más refinado a la moral del arte… Tongo de quienes obvian la moral en la creación y su belleza.
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De una manera u otra, nada de lo anterior importa: aquí entra el crítico, que tiene la última palabra… Tú habrás creado –dice al artista- , pero yo dictamino y hago saber lo que es bueno y lo que es malo; luego soy superior a ti, porque el valor y la bondad de lo que haces depende de mí.
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Bien entendido que un crítico vive también de sus voluntos estéticos…
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Sea como fuere, en arte sólo hay dos criterios: a corto plazo, el de los que vencen en las guerras y en la política comercial, y a largo plazo el arte clásico. Así que yo seguiré con mi arte clásico: con Sófocles, con Cervantes… y el dibujo a mano alzada.


