Por Francisco Cervilla.
«Sentimos fervor por la obra literaria abortada, abandonada en el camino, imposible de terminar, minada por sus mismas exigencias». ¿Qué buen texto literario no reuniría algunas de estas condiciones? ¿Qué obra de arte no las ha sufrido? No faltará quien piense que son las señales de un fracaso. Pero en eso consiste ser artista, afirma Beckett, en fracasar como ningún otro se atreve a hacerlo.
Leo esta cita de Emil Cioran en el magnífico blog Calle del Orco y me recuerda la lectura de los inmensos Diarios de Jaime Gil de Biedma: obra interrumpida, fragmentada, desatendida, rechazada, reiniciada, inconclusa, como si fuesen trozos de vida; todas supuestas fallas que, sin embargo, la convierten en un gran collage en cuyas suturas se intuye el aliento del poeta.
En esas fracturas, huellas de su deseo, cicatrices del escritor que no deja de desaparecer, de fracasar o de renunciar a la escritura, palpita perenne su alma, su eterno presente simbolizado por su obra y por su nombre, desligados del cuerpo que los habitó.
Iniciados para entrenarse en la literatura, según escribe él mismo, y con la idea de ordenar su tiempo, combatir su paso y congelar en letra escrita el instante desaparecido, los Diarios fueron el soporte que lo mantuvo unido a la literatura una vez que decidió abandonar la poesía.
A ellos dedicó los últimos años de su vida: a revisarlos, corregirlos y prepararlos para una publicación póstuma.
Sobre el paso del tiempo y la imposibilidad de escapar a él, Gil de Biedma habla de la fascinación que le provoca la lectura de la lírica de la Grecia clásica: «Volver a ella es como volver a una patria de origen, no se sabe cuándo abandonada y sólo de tarde en tarde recordada. Uno se pregunta, a cada regreso, por qué se marchó —y por qué, por qué, ya no es posible quedarse».
Pero los regresos no son más que intentos de regreso. No existe el pasado en su forma cronológica, es un fantasma de la memoria; igualmente podría decirse de la mitificada patria, siempre perdida, y cada vez, como sucede hoy día, a fuerza de tanto invocarla, más difusa es su idea, más opaca, más oscura, más terrible; y cómo no pensarlo de la vida, en realidad, exilio de uno mismo, expulsado por el lenguaje de tu propio ser, al que sin saberlo aspiras a volver en todos los movimientos de tu existencia.
Volver atrás, que diría Cernuda, y, de haber sido posible, regresar a la región vaga y sin memoria desde donde se ha venido al mundo.
Esa sensación de pérdida, de intentos de retorno a momentos irrecuperables, y tal vez jamás vividos, es la misma que describe respecto a la casa familiar de La Nava de la Asunción, en la provincia de Segovia, a la que siempre acababa por volver cuando aún creía en un pasado inmóvil y guardaba la esperanza de vivirlo otra vez, hasta que aparecieron el vendaval de la vida, el fin de la juventud y la renuncia a la poesía.
La patria de origen añorada en la que no es posible quedarse resuena con su anhelo por la poesía, cuya voz, la voz lírica que había alcanzado, no quiso dilapidar repitiéndose, mirándose a sí mismo, copiando su propia obra y acabó por abandonarla para convertirse él también en obra, en ficción.
Respecto a este abandono, y no sin ironía, escribirá mucho más tarde: «Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema».
La poesía, pues, dejó de ser la actividad con la que había logrado construirse un ser, una identidad, a la vez que le permitió alcanzar uno de los modos del tiempo: el instante extremo del acto.
«La poesía no es precisamente lo que sucede cuando se escribe el poema, poesía es el acto de ejecutar el poema». Y agrega: «Aspirar a lo imposible está muy bien: soñar con un poema que sólo exista en la voz de quien lo dice». No impreso, solo sonido, y aceptar perderlo para poder luego ansiarlo, quererlo, desearlo.
El énfasis de la voz del sujeto que habla, latido íntimo que subvierte el sentido literal del lenguaje, crearía el ritmo, la longitud del verso, su cadencia y su vacío, liberaría a las palabras de sus significados, dejándolas sueltas, de modo que el poema no contase una historia, sino que, más allá de los límites del lenguaje, evocase los reinos incomunicables de lo real.
Sería un poema únicamente sonoro, sólo voz y tiempo, y con él pasaría lo mismo que sucede con la música: sólo renace a la vida cada vez que se ejecuta y luego desaparece en el silencio.
Momento en que la poesía rompe la cronología del tiempo y opera como un relámpago en el instante del acto, sin correr hacia el futuro buscando significados tras los rastros de los fantasmas que nos aturden.
Poder de la poesía y poder de la obra de arte de acercarse a las fronteras de lo indecible.

La poesía como acto, como una brecha en el devenir del tiempo, nos recuerda una de las herramientas fundamentales de la cura psicoanalítica: el acto analítico, que opera con un corte en el decir del paciente que evoca, situándolo fuera del tiempo, el vacío insondable del sujeto.
Acto poético y acto analítico, pues, que fragmentan la unidad ilusoria del Yo, ese Yo tiránico al que se refiere Gil de Biedma, una falsa unidad —unidad por la que clama la contumaz ignorancia actual y de la que con tanta petulancia se alardea— y sitúan al sujeto como obra abierta, frase inacabada, inconclusa y, a semejanza de los diarios, a veces desatendida, rechazada, socavada por sus propios imperativos.
El sujeto no escribe su vida, podríamos decir que es escrito, producido por el lenguaje. De este modo no es poeta: es poema, una ficción. Igual a un texto en movimiento que se reescribe y resignifica en una suerte de escritura que viaja hacia atrás, o hacia lo que nunca existió, buscando quizás atajos, como escribe María Negroni, para ir de lo que todavía no ha sido a lo que, tal vez, nunca será.
Madrid, septiembre 2026

