Ricardo Martínez.

El regreso al hogar; ¿tal vez a uno mismo, a la propia soledad como única identidad fiable? Digamos que el étimo moral de ese estado espiritual estaría encarnado, en la historia de la literatura, en la figura de Odiseo; él iba lastrado por el dolor de la guerra, por el hecho de Troya, y en el regreso al hogar ponía su empeño de viajero hacia algo que había de congratularle con su paisaje, tal como escribiría en un momento determinado, con un acierto herórico, el escritor Claudio Magris al decir aquello: “se es de un paisaje”.

Aquí, en esta breve pero muy consciente reflexión a propósito del ser y la significación que ello conlleva, el lugar propio, el lugar de nacimiento contribuye de una manera decisiva a la consideración total del yo. Consideración que no se completará hasta que el viajero, el caminante, el desheredado temporal de sí, haya alcanzado su raíz física, pasando a ser tal destino el de todo aquello que ha conformado su diario acontecer, sus hábitos y costumbres, sus contradicciones propias con sus secretos del alma; pero tal es la importancia del lugar nativo, del origen primero que, al final, éste es quien define al hombre que retorna

“Sus gestas, las del héroe de la lejana y hermosa Troya  –leemos- no estaban dirigidas a conquistar algo o a alguien, sino a no dejarse vencer. Y así lo manifiesta: ‘Quiero y deseo todos los días llegar a mi casa y ver el día del retorno’ Tal es lo que le dice a Calipso, rechazando la promesa de inmortalidad que la ninfa le ofrecía” Y concluye el autor: “Es en ello donde reside la grandeza de Ulises: en esa lucha imposible, no de ganar, sino incluso de resistir” En tal sentido, curiosamente, al ‘conquistar’ el regreso, la afinidad espiritual con el lugar, no había de ser reconocido, en principio, por un ‘complementario’, Argos, el perro, quien otorga realidad y verismo a la conclusión de la hazaña del regreso. El hábito.

“En 1688, Johannes Hofer, joven médico alsaciano –paisaje transfronterizo por esencia en los mapas: Colmar, Estrasburgo- identificó por primera vez en la historia de la medicina una dolencia que aquejaba a quienes, lejos de su patria, caían en una tristeza profunda que podría llegar a ser mortal.  Y la llamó Nostalgia, definición de largo recorrido posterior en el mundo de la medicina y de la literatura” Se cita en el libro, el caso concreto de una mujer que, desconociendo los males que le aquejan, cuando se le comunica el regreso al hogar primigenio, comienza a dar muestras de curación casi milagrosa: “cuerpo e imaginación se entrelazan con el anhelo del lejano hogar”

La historia argumental, tal como está contada, resulta, digamos, un tanto accidental, pero sustentándose sobre bases de practicidad, de realidad, consigue transmitir ese mal que propicia en algunas almas la lejanía. Según el médico, la enfermedad no era otra que nostalgia, un mal que no admite remedio alguno salvo el regreso a la patria: “Ich will heim/ Ich will heim” (Quiero ir a casa/ quiero ir a casa), asimilando casa con paisaje nativo y curación.

Y de una forma pertinente se transcribe, al final del libro, un poema donde en un momento se da la palabra a Cicerón: ‘Nada puede compararse a la patria, que al alejarse de ella se enferma el cuerpo, y, con gran esfuerzo, el deseo de regresar trae alivio a lo que lo padecen’

Todo un canto, más o menos simbólico, a la trágica realidad que a día de hoy conmueve conciencias, sean políticas o no.