Pilar M. Manzanares.
Los mundos de Hayao Miyazaki, de Nicolas Rapold, propone una forma especialmente estimulante de acercarse a uno de los grandes creadores de la historia de la animación. Más que un simple recorrido por la filmografía del cofundador de Studio Ghibli, el libro se adentra en las ideas, experiencias, paisajes y referencias que han alimentado algunos de los universos cinematográficos más fascinantes de las últimas décadas.

Las películas de Miyazaki poseen una capacidad extraordinaria para construir mundos que parecen fantásticos y, al mismo tiempo, profundamente reconocibles. Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro o El chico y la garza son ejemplos de una imaginación capaz de convertir la naturaleza, la infancia, la memoria o incluso los espacios cotidianos en territorios llenos de misterio. Rapold invita a descubrir qué hay detrás de esa mirada y cuáles son las fuentes que han contribuido a formar su particular universo creativo.
Uno de los grandes atractivos del libro es precisamente la amplitud de su recorrido. El autor conecta las películas con los lugares reales que aparecen en ellas, con la biografía y las creencias de Miyazaki y con el impacto de la literatura infantil, el manga y el anime. También presta atención a la cultura tradicional japonesa y a la influencia de escritores, artistas y cineastas admirados por el director.
El resultado permite comprender mejor algunos de los temas recurrentes en su obra. La relación entre el ser humano y la naturaleza, las consecuencias de la guerra, la fascinación por la tecnología, los recuerdos de infancia o la importancia de los paisajes adquieren nuevas dimensiones cuando se contemplan desde las referencias que los inspiraron. Pero el libro no pretende reducir las películas a un catálogo de influencias ni ofrecer una explicación definitiva de sus misterios.
Ahí reside otra de sus virtudes: Los mundos de Hayao Miyazaki propone mirar de nuevo sin destruir el encanto. Más que descifrar las películas, Rapold ayuda a ampliar la experiencia de contemplarlas y a descubrir conexiones que pueden haber pasado inadvertidas.
Por eso es una lectura que puede interesar tanto a los admiradores de Studio Ghibli como a quienes disfrutan de la literatura, el arte, el cine, la cultura japonesa o la reflexión sobre la infancia y la memoria. Un libro bellamente planteado que demuestra que los mundos de Miyazaki no terminan cuando aparecen los créditos: continúan en todas las historias, paisajes e ideas que los hicieron posibles.

