EEG
Daša Drndić
Traducción de Juan Cristóbal Díaz
Automática
Madrid, 2026
507 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
Se escribe para ahuyentar los terrores de la soledad y de la muerte, aunque tal vez invocándolos. Terror tiene una relación directa con demencia, con cualquier suerte de demencia, con cualquier mal neurológico. De ahí este extraño título, EEG, que cobra todo su sentido cuando uno cae en la cuenta de que responde a las siglas de electroencefalograma. Estamos hablando, entonces, acerca de males neurológicos que pueden tener orígenes diversos, desde los congénitos a los adaptativos. Pero, sobre todo, a una respuesta literaria de lo que podría ser el electroencefalograma del narrador de esta potente novela, porque de eso se trata en buena medida, de la construcción de una voz que resonará con tanta intensidad como las de Marcel Proust o Thomas Bernhard. Aquí se trata de retratar como en el caso de los dos autores mencionados, las grandes obsesiones de quien nos habla, obsesiones por las que salta, como el suicidio, las tragedias, la locura, los terrores de la guerra y los efectos de los regímenes postbélicos. Daša Drndić (Zagreb, 1946 – Rijeka, 2018) crea a un narrador muy culto, hipersensitivo y por momentos con un punto exacto de cinismo, que está sujeto a los estímulos que le empujan de un asunto a otro. En cada espacio, eso sí, conserva la misma potencia, que sucede por la necesidad de poner las cosas en su sitio. ¿Y cuáles son esas cosas? La verdad es que hablamos de todo. Mientras indaga en el pasado, en buena parte de la historia del siglo XX, introduce al mundo entero en la novela. Eso sí, lo hace encadenando, porque la memoria, ni siquiera la memoria intelectual, no actúa como si construyera el guion de una película.
Denso, con tantísimas cosas que contar, el narrador escribe tras una severa labor de catalogación: «Vidas caleidoscopios. Como dibujos de pacientes esquizoides». Es posible que no exista otra opción cuando hablamos de consecuencias como las que trajo el fascismo o, como sostuvo Cartarescu, esa otra forma de fascismo que fueron los regímenes comunistas. En ese sentido, esta es también una novela documental, en la que lo que se documenta es un mundo plural, habitado, al que el narrador intenta mirar con la distancia de un ser sensible que quisiera mostrarse un poco misántropo para poder afrontar lo que padece como consecuencia de su paso por el mundo ejerciendo de espectador. La duda entre caer en la locura o mantenerse en la sensatez hace de él un ser inquieto y vital, también en términos literarios.
El planteamiento poliédrico, mostrando muchas caras de lo vivido, nos habla de lo imperfecto y consigue un efecto sorprendentemente realista: «¿No fue Plinio quien escribió que nada en nosotros es tan frágil como la memoria, esa dudosa capacidad que conforma al hombre y lo desbarata? ¿A quién puedo preguntarle ahora? ¿Cómo desentrañar esa derrota familiar?
»¿Es eso importante para mí? No lo es. Pero es interesante»
Es fácil imaginar que volvemos a encontrarnos en una reivindicación de los humillados y ofendidos, de la derrota y la dignidad, en la que el narrador reniega de asuntos absurdos en la literatura, como los tochos de Knausgård o la obsesión por la identidad. El tiempo, nos recuerda, no es lineal, o no es lineal del todo. Tal vez lo sea su relato, pero no el tiempo, que no funciona como una dimensión, como demuestra al hablar de la búsqueda sin sentido del tiempo perdido. La memoria también guarda los crímenes horrendos y para la memoria el tiempo no existe más que de una sola manera: lo que uno recuerda sucedió ayer, y lo que olvida no sucedió nunca. La pregunta pertinente, entonces, es cómo y por qué seguir adelante. La manera que tiene nuestro narrador de responder es con la necesidad de expresarse. Y lo hace con una voz que aturde, que nos mantendrá en vela durante muchas noches.


