JOSÉ LUIS MUÑOZ

Lleva tiempo el francoargentino Gaspar Noé entronizado con el título de enfant terrible del cine francés, sobre todo a partir de Irreversible, cinta que rondaba lo insoportable en cuanto a violencia (el asesinato del principio de Vincent Cassel en la discoteca a golpes de extintor que abría literalmente la cabeza de la víctima; la violación en tiempo real de Mónica Bellucci en un paso subterráneo), y Amor, su particular imperio de los sentidos rodada en 3D, para más provocación, que inexplicablemente no encontró sala de exhibición en España, se puede ver ahora en la plataforma Filmin en nuestro televisor sin el impacto que pueda causar lo tridimensional.

Gaspar Noé se desliza aquí por la finísima línea que separa erotismo y pornografía que Berlanga definió de forma genial: “El erotismo es la pornografía vestida por Christian Dior”. Y eso es exactamente lo que hace el director, vestir con esteticismo extremo (y música de Erik Satie y espléndida fotografía de Benoît Debie, que se reserva un papel en el film) sus largas coreografías eróticas, recrearse en la belleza de los acoplamientos de los cuerpos de los actores protagonistas que tienen sexo real ante nuestros ojos.

No es la primera vez que esto sucede en la pantalla. Lo hizo Michael Winterbotton en Nine Songs y Patrick Chereau en el prólogo de Intimidad, además de Nagisha Oshima en El imperio de los sentidos. Gaspar Noé filma, como si se tratara de una pieza de video arte, una eyaculación a cámara y un pene invadiendo una vagina desde el interior de la misma y, lo que es de alabar es que, a pesar de la apuesta implícita por el sexo real, que podía ser simulado (en el cine todo es simulación, nada es real), el francoargentino no cae en la vulgaridad. Lo que cuenta el director de Irreversible es una historia de amor extremo, al parecer autobiográfica (y el director se reserva un pequeño cameo), entre dos jóvenes amantes que exploran su sexualidad hasta el extremo, algo que tiene que ver mucho con la pasión de la juventud, con ese deseo insaciable que revoluciona las hormonas y puede llevar a la locura.

Así es que Amor, como la homónima, y muy diferente, película de Michael Haneke en la que los protagonistas eran amantes de la tercera edad, no engaña en su título, es una historia amorosa, y muy romántica, interpretada con furia y pasión por dos actores bellísimos por su juventud —Karl Gluskman como Murphy, el narrador con voz en off desde un matrimonio convencional con bebé incorporado que no le estimula y es la tumba del sexo, y Aoimi Muyock como Electra, la amante insaciable a la que evoca desde el presente—, que acaban abrasándose en un combate entre Eros y Thanatos que deja un regusto amargo y triste en el espectador, exactamente como las melodías de Erik Satie que puntean sus secuencias. Murphy y Electra, que han compartido esa intimidad amorosa extática y extrema, ni van a reeditar su historia ni se van a volver a encontrar. Quizá haya que haber vivido una situación parecida a la de estos dos protagonistas para poder entrar en los excesos de la película de Gaspar Noé.