Horacio Otheguy Riveira.

Una novela histórica veraz y felizmente anacrónica.

La veracidad en manos de un documentalista académico, un escritor versátil nacido en Londres y con doble nacionalidad ecuatoriana. El anacronismo funciona como brillante apertura estilística que divierte, a ratos confunde, y siempre aspira a una cercanía con los lectores de hoy, más allá del rigor histórico, que también lo contiene de forma directa e inexplorada.

El mismo autor participa activamente, asumiendo el eje de un juego de espejos donde el lenguaje cumple a rajatabla con un objetivo primordial: la vida de los jesuitas desde una lejana expulsión a su reaparición mucho tiempo después, abordando a su vez este siglo. En todo caso con un gran sentido del humor, a menudo cínico, irónico, sarcástico…

 

 

En 1767, mientras un grupo de jesuitas expulsados desciende hacia la costa rumbo al destierro, el tiempo empieza a resquebrajarse. Los religiosos discuten, deliran y profetizan; hablan del Rey y de la Iglesia, pero también de revoluciones futuras, de fútbol, conspiraciones y ruina nacional. Lo que debía ser una marcha disciplinada se convierte en una comedia verbal, alucinada y feroz.

Veraz y anacrónica porque muchas épocas se cruzan en el camino de jesuitas que discuten en dos equipos muy diferenciados: los que ven todo negro (los Calvarios), y los que pujan por confiar en nuevas oportunidades (los Tabores [escuadrón de combatientes]): los que se auto-inmolan y los que, hartos ya de reglas y ceremonias, aspiran a una reconstrucción con bienvenido vértigo de futuro.

 

Un estilo fantástico

 

Los expulsados del reino es una obra potente, histórica con un estilo fantástico, que imagina la expulsión de los jesuitas en Ecuador desarrollando una novela coral e irreverente donde la Historia se desestabiliza para acabar encontrándose consigo misma con una profundidad sorprendente.

A través de voces, documentos apócrifos, visiones y desajustes temporales, la novela interroga el nacimiento de un país y las ficciones, omisiones y violencias sobre las que ese país se imagina a sí mismo.

«… El padre Tabor ≠ 1 buscaba remarcar sus palabras y dárselas en la cara a propios y extraños, pero no lo lograba, porque meterse a discutir estas cosas legitima al adversario y nunca cambia de criterio. Imposible convencerle de nada. Así que mentó un par de verdades a medias y reflexionó sobre la polarización tan bestial en la que vivían. Bajando la voz, para que los soldados no lo escucharan, agregó, «algún día vamos a volver a Quito, los borbones no pueden durar para siempre, no son la Santa Iglesia».

Al padre Calvario ≠ 1 le picaba la lengua después de escuchar a su rival. Decidió arremeter en ese mismo instante. «Taborsito querido», empezó -y se escuchó un largo iiiii en toda la fila-. «No habrá retorno a Quito mientras la revolución no sea total», argumentó, «mientras Calvarios y Tabores no no unamos en la posición que Calvarios sostenemos, pero vosotros no queréis ver por despistados. Vamos, escuchadme, somos moralmente superiores a ustedes, ¿entendéis? Y al paso que vamos, cuando los borbones hayan dejado el poder tendréis cerca de cien años o estaréis todos muertos o convertidos en decrépitos que no pueden ni andar, como aquellos, exclamó señalando con el mentón a la parte de atrás de la larga hilera donde iban los ancianos baldados y locos. Si no fuera por curas como vosotros que sois capaces de lamerles los sobacos a los mismos ministros de Estado, `beso la mano de vuestra excelencia´ (con vocecita afeminada) solo para seguir con el optimismo que os caracteriza, quizás sí habría victoria. Pero en la derrota, claro, derrota en la victoria».

El padre Taborit ≠ 1 guardó la calma. «De este Reyno uno siempre se va. A Génova, a Murcia o incluso a Nueva Jersey. Ecuatorianos que triunfan en el exterior es nuestro lema eterno, pero el país se sostiene gracias al anhelo que tienen los migrantes por volver algún día».

La fila india se movía con total fluidez en este punto, como por arte de magia, y el padre Tabor ≠ 1 dio varios pasos mágicos hacia delante mientras hablaba, enumerando las razones por las que un migrante quisiera volver al Ecuador (los volcanes, las playas, la cerveza Pilsener bien helada, el olor de la tinta de El Comercio…), recibiendo palmadas esporádicas de varios de sus colegas…»

 

Escritor, docente y Decano de la Universidad de las Américas en Quito, Salvador Izquierdo nació en Londres en 1980, y tiene doble nacionalidad con Ecuador, país donde vive. Ha publicado las novelas Una Comunidad Abstracta (Cadáver Exquisito, 2015; Beatriz Viterbo, 2021), Te Faruru (Campaña Nacional de Lectura, 2016) y El Nuevo Zaldumbide (Festina Lente, 2019, Premio Joaquín Gallegos Lara); así como la colección de relatos Te Perdono Régimen (La Caída, 2017), entre otros títulos.