Alicia Jaén.
Un día te cuentan absolutamente todo y al siguiente apenas consigues arrancarles un monosílabo. Antes buscaban tus abrazos y ahora parecen expertos en esquivarlos. Su habitación se convierte en territorio prohibido y cualquier comentario inocente puede desencadenar una tormenta. Bienvenidos a la adolescencia, esa etapa en la que los hijos cambian tanto que, a veces, sus propios padres sienten que tienen que volver a conocerlos.

Pero ¿y si detrás de esos comportamientos desconcertantes hubiera una explicación mucho más fascinante que la simple rebeldía? Eso es precisamente lo que propone la doctora Lucía Galán Bertrand en Adolescencia, un libro que sustituye los reproches por comprensión y el miedo por conocimiento.
Con más de veinte años de experiencia como pediatra y la perspectiva de ser madre de dos adolescentes, la autora explica, con rigor científico y enorme cercanía, qué sucede en un cerebro que todavía está en construcción. Las emociones se disparan, la necesidad de independencia crece y la capacidad para valorar las consecuencias continúa madurando. Como ella misma resume, «la emoción corre y la razón camina». Una frase que, por sí sola, explica muchas discusiones familiares.
Sin embargo, este libro va mucho más allá de la neurociencia. Galán aborda sin rodeos las grandes preocupaciones de las familias: la ansiedad, el acoso escolar, la presión estética, la sexualidad, las drogas, las amistades o la omnipresencia de las pantallas. Y lo hace sin alarmismos, ofreciendo herramientas prácticas para afrontar situaciones difíciles, establecer límites razonables y mantener abiertas las puertas del diálogo.
Uno de sus mayores aciertos es recordar que acompañar no significa controlar, del mismo modo que dar libertad no implica desaparecer. Los adolescentes necesitan espacio para equivocarse, pero también adultos disponibles que sepan escuchar sin juzgar y sostener sin asfixiar.
Escrito con sensibilidad, optimismo y una saludable dosis de sentido común, Adolescencia es mucho más que una guía para padres desorientados. Es una invitación a mirar a nuestros hijos con otros ojos y descubrir que detrás de cada portazo sigue estando aquel niño que necesitaba nuestra mano. Solo que ahora debemos aprender cuándo ofrecérsela y cuándo dejar que camine solo.

