Horacio Otheguy Riveira.
Angustioso presente veinticinco años después de aquellos juegos, cuando a Alex, la más hermosa se le ocurre volver a reunirse con el grupo para jugar a Polis y cacos: a partir de esta posibilidad, Paloma Bravo articula la íntima desintegración de todos los que han sido, de una manera u otra, en aquel tiempo, pero desde el espejo deformante de cercana madurez mayoritariamente insatisfecha,
El dolor de crecer intenta redimirse con una retrospectiva, tal vez imposible: para averiguarlo hay que seguir las pistas de una narración fluida que circula muy bien en torno a cada uno de ellos, componiendo párrafos cortos, con una agilidad cercana al guion de una serie, una de acción interior-exterior con vistas a la sociedad a la que todos, de una u otra manera quieren pertenecer,,,
Algunos idealizan aquellos años de infancia porque el presente les pesa demasiado; otros aún sienten las cicatrices de un colegio privado donde ser diferente era una condena. Y luego están los ‘que no están, los que no responden, los que faltan, ¿Qué fue de Ana y Santi? ¿Quién era realmente Jota? ¿Por qué Isa guarda silencio? Y Tomás… ¿sigue dando miedo?
De una forma u otra, el desfile de frustraciones con ráfagas de amargo humor, cuenta con una ferviente búsqueda de cambio, a menudo tan confusa como la propia nube de etiquetas que empañaban su adolescencia.
Sin duda, una novela que -entre gritos y susurros- observa el eterno dilema de ser el ser que se quiere ser, o el del pasado donde fue etiquetado con afiladas agujas emocionales: la guapa, el matón, la mudita, la fea, la gorda…
COMIENZO
ALEX
La lista, el guapo, la graciosa, el empollón, la deportista, el malote, la rara, el pelota, la mandona, el mimado, la gorda, el buenazo, la torpe, el zalamero… Nos pasamos la vida intentando arrancarnos las etiquetas que nos ponen: pegajosas, incómodas, reduccionistas. Nos pasamos la vida, también, queriendo clasificar a los demás, archivarlos, controlarlos. Somos todos mucho más que una sola característica y un encajonamiento.
Aunque Álex era la guapa de la clase. Siempre lo fue. La guapa de la clase, del curso y de todo el colegio. La niña a la que los mayores dejaban colarse en el comedor, a la que los pequeños llamaban «hada», así, todo seguido, «Álexhada»; dicho rápido, con miedo y admiración: alex hada, alesada. Álex era una guapa de cuento: ojazos verdes, pelo larguísimo y rubio, sonrisa abierta. Álex era un poco bruja y un poco buena, según. Era también muchas más cosas, pero no sabíamos verlas. A los tres años habíamos entrado en el colegio y nos habían encerrado en un aula con otros veintitantos niños. En apenas unas horas, en unos pocos días, nos habían encerrado también en una etiqueta.
Si destacabas en algo, no cabían más trazos. Álex, bellísima y veloz, enseguida se estrenó como le
yenda. Corría como nadie y siempre ganaba a polis y cacos. Además, tenía ese nombre unisex, atípico, que sonaba extranjero. Eran años de Marías y Antonios, de Cármenes y Pablos, de Cristinas y Juanes.
Eran años de muchos hermanos y casi todos llegábamos al colegio ya con un rótulo. «Es el pequeño y me ha salido tímido». «Cuidado, que es mandona; tiene a sus hermanos tiranizados». «Parece pegón, pero es solo impulsivo…».
Podías jugar a los contrarios: tímido en casa y bufón en clase, charlatán en el colegio y ausente en tu propia cocina, pero… Al final siempre había cerca un hermano, un primo, el hijo de un amigo lejano de tus padres… Alguien que te alcanzaba con la maldición y te recordaba que no había escapatoria hasta que salieras del colegio a los dieciocho y pudieras empezar de cero.
Reconstruirte, elegir un carácter propio y no impuesto, reconocerte y quererte.
Quererte, por fin, como si nadie te hubiera hecho daño.
* * *
Álex no conseguía decidirse entre el bien y el mal, entre el hada y la bruja. Tampoco conseguía quedarse en el término medio, en algún gris, un mínimo matiz, alguna escala.
Su belleza era una bendición, su belleza era una condena.
Algunos días, sonreía y nos elegía a los más lentos para su equipo. Otros, se burlaba de nosotros y nos obligaba a jugar, aunque no quisiéramos, aunque no nos apeteciera perseguirla mientras ella, a mil metros de distancia, se reía con sus dientes perfectos y su melena larga, su aspecto de actriz de cine, de estrella cruel, de pesadilla.
La adorábamos y la odiábamos.
* * *
Tantísimos años después, algunos se han quedado a vivir en el pasado; es su época de esplendor y máxima felicidad. Otros preferimos vivir en el futuro, esperando una paz que no llega y un yo que no nos avergüence; esperando una vida sin miedos. Sin fantasmas. Sin etiquetas […]
Autora española nacida en Madrid. Paloma Bravo estudió Derecho y Periodismo en la universidad y debutó como escritora en el año 2010 con La novia de papá. Colabora con medios como MujerHoy.
Desde que Bravo debutara en el panorama literario ha publicado otros títulos como Tres mujeres solas, La piel de Mica, Solos, Las incorrectas y Una historia de amores. Además de narrativa también ha escrito cuentos infantiles. Dos de sus novelas han sido adaptadas al teatro. Primero La piel de Mica, que debutó en el circuito Off Broadway de Nueva York gracias al interés de la actriz española Clara Asensi (residente en Estados Unidos), y más tarde La novia de papá, con la que hizo lo propio en España en el teatro Infanta Isabel, con María Castro, Eva Isanta y Rodrigo Sáenz de Heredia como protagonistas.



