Carlos Manzano.
El juego continuo entre metaficción y realidad es consustancial al ejercicio literario en sí, incluso en aquellas novelas que pretenden describir hechos presuntamente verídicos. No solo porque la ficción es a menudo la mejor manera de acceder a las diversas apariencias que puede adoptar lo que comúnmente llamamos realidad, e incluso de ayudar a comprenderlas mejor, sino porque como tal la ficción puede dar vueltas sobre sí misma ―los límites los establece la propia ficción― y conducir al lector a una nueva perspectiva de lo narrado, lindante con el relato onírico o con el sueño utópico/distópico, donde los diversos planos y las diferentes formas de esa ficción acaban entrelazándose y generando nuevos sentidos y nuevos significados, o, sencillamente, creando un caleidoscopio de espejos y miradas donde lo vivido y lo soñado, lo pensado y lo imaginado, poseen idéntico rango de certeza.

Un poco en esa línea se mueve la novela de José María Merino La orilla oscura, publicada originariamente por Alfaguara en 1985 (cuando todavía era una editorial extraordinaria, antes de ser absorbida primero por Prisa y luego por Penguin Random House). La novela sorprende ya desde sus primeros párrafos por la prosa elegante, casi exquisita, de su autor mientras describe la insólita fascinación que el protagonista (innominado) siente por determinado museo, y más adelante por la manera en que nos va sumergiendo en una realidad multidimensional e irregular que incluye varios espacios y tiempos, sin que de esa aparente falta de exactitud se derive el más mínimo riesgo de incoherencia dentro de la lógica ficcional de la novela. El lector que acepte penetrar en ese mundo disfrutará del juego onírico-fantasioso que le propone Merino, y se adentrará entonces (como el protagonista) en una jungla espesa donde las historias y los personajes se entrecruzan, sortean avatares indefinibles y reaparecen en los múltiples planos de la narración que, lejos de crear dispersión, confieren unidad a la novela.
Resulta casi imposible resumir la anécdota argumental que da vida a La orilla oscura, primero porque no la hay como tal, y luego porque lo fundamental es la libertad con que Merino traza las diferentes historias y personajes que van sucediéndose a lo largo de las páginas. Da lo mismo quiénes sean Palaz, Susana (Sisán en cierto momento), Marzán o Nonia, ni siquiera necesitamos saber quién es el extraño barquero que narra uno de los capítulos más extensos, porque todos ellos de una u otra manera desempeñan un papel que excede su propia individualidad; lo importante es la vivacidad que exuda todo ese juego de sueños e invenciones, así como ―el gran mérito de la novela― la maestría con que José María Merino recrea una realidad particular, multiforme y surreal, que hace que la ficción ―es decir, la sana actividad de fabular― alcance sus límites expresivos. En La orilla oscura tenemos, pues, una novela que a pesar los años transcurridos (más de 40) sigue conservando toda su vigencia, un claro alarde rupturista y el necesario atrevimiento que tuvo en su momento.

