Pilar M. Manzanares.
Algunos libros prometen la felicidad con la facilidad de quien vende una freidora: basta pulsar un botón y esperar resultados. Enrique Rojas propone algo más interesante en El castillo de la felicidad: remangarse. Su punto de partida tiene la sensatez de las cosas que conviene recordar: vivir bien requiere esfuerzo, y ninguna existencia viene con garantía contra los días torcidos. La imagen del castillo resulta afortunada. Sugiere un lugar habitable, una construcción que necesita cimientos y mantenimiento. Para llegar hasta él, Rojas tiende un puente sostenido por cinco virtudes: autocontrol, estabilidad emocional, hábitos cotidianos, propósito vital y voluntad. Cinco palabras que, lejos de funcionar como una contraseña mágica, invitan a revisar cómo vivimos cuando nadie nos mira y cuando las circunstancias dejan de colaborar.

Entre todas ellas, la voluntad ocupa el puesto de arquitecta. La inteligencia puede dibujar planos magníficos; después hay que levantarse y poner los ladrillos. Esa reivindicación del esfuerzo constituye uno de los grandes aciertos de la propuesta. En una cultura enamorada de la gratificación inmediata, recordar que lo valioso exige continuidad tiene incluso un pequeño aire de rebeldía. También devuelve al lector un margen de acción: quizá no podamos elegir cada contratiempo, pero sí trabajar nuestra manera de afrontarlo. Lo más estimulante, sin embargo, es la renuncia a vendernos una alegría perpetua. Rojas sitúa la felicidad absoluta en el territorio de las quimeras y defiende una plenitud posible: vivir en paz con uno mismo y con los demás. La idea alivia. Permite bajar del escenario, abandonar la obligación de parecer siempre satisfechos y reconocer que una vida buena también contiene cansancio, incertidumbre y tardes sin especial brillo.
Desde esa perspectiva, los hábitos cotidianos adquieren una dignidad renovada. La felicidad deja de parecer una conquista reservada para ocasiones extraordinarias y empieza a relacionarse con aquello que repetimos, cuidamos y sostenemos. El propósito aporta dirección; el autocontrol y la estabilidad emocional ayudan a recorrer el camino sin entregar el volante a cada impulso. El castillo de la felicidad ofrece una invitación valiosa a entender el bienestar como una tarea personal y compartida. Su mayor atractivo reside en esa ambición razonable: aspirar a una vida más plena sin exigirle perfección. Frente al espejismo del atajo, Rojas reivindica el camino. Y recuerda algo que merece un buen lugar en nuestra mesilla: los castillos habitables se construyen poco a poco, con la voluntad de volver a la obra cada mañana.

