JUGAR CONTRA UNO MISMO, OTRO EJEMPLO. En otra ocasión mencionamos, hablando de narrativa policiaca, las posibilidades literarias del juego solitario del ajedrez, de la partida contra uno mismo moviendo alternativamente piezas blancas y negras. Entonces vimos algunos casos, singularmente el del detective Philip Marlowe, en que este extraño pasatiempo parece ofrecer un refugio, un paréntesis abierto en el ir y venir del trabajo, del peligro o de la opresión social que permite al jugador extraviarse despreocupadamente por un terreno de posibilidades, como se sabe, mayor que el número de átomos existentes en el universo: una especie de paraguas existencial que por un periodo de tiempo nos pone a salvo de la vida. (Recordemos, por cierto, al célebre pastor legendario que derrotó de forma humillante a cierto rey indio a la cuarta jugada de la partida; este pastor, a su modo fuera de la sociedad, por encima incluso de ella, estaba jugando contra sí mismo antes de ser interrumpido por el rey).

Pero es fácil imaginar otra vertiente de esta versión solitaria del ajedrez: la de la escisión de la personalidad. ¿Cómo puede, en efecto, alguien que juega contra sí mismo, jugar en serio, es decir, haciendo planes con la seguridad de que el contrincante no los conoce y, por supuesto, sin conocer tampoco él los del rival? ¿Cómo puede, en definitiva, ser neutral y no tomar partido por ninguno de los dos ejércitos enfrentados cuyos movimientos él domina por igual? Aunque quizás la pregunta no tenga sentido: ¿no tiene el ser humano, lo quiera o no, distintas facetas (es decir, distintas caras) en su personalidad, de las que consciente o inconscientemente prefiere unas y no otras? Y quizás eso se refleje metafóricamente en este juego que las enfrenta entre sí.

Por ejemplo, Pato, un personaje triste y derrotista de la novela Poeta chileno, de Alejandro Zambra, aparentemente consciente de su propia personalidad, renuncia decididamente a la neutralidad imposible para tomar partido por un lado del tablero, por supuesto el negro:

-¿Juegas solo?

-Sí, pero me identifico con las negras -dice Pato.

-¿Y vas ganando?

-No. Las blancas me están sacando la chucha.

Claro, un poeta bohemio postadolecente, una especie de becqueriano contemporáneo dado a la melancolía, solo podría identificarse con el bando perdedor. La ironía, muy bien captada por Zambra, es que, más aún que eso, él necesita antes sentir (vale decir, inventar) que el suyo es el bando perdedor: “Pru se queda mirando la partida y piensa que en realidad no, que van ganando las negras”. Desde luego hay gente a la que le gusta perder incluso cuando va ganando. 

OTRA CALA POLICIACA. Diría que el tema común a todas las novelas de Maigret escritas por Georges Simenon (y habría que investigar si no es, en realidad, el tema común a todo el género policiaco) es la interrupción inesperada de la vida cotidiana por el crimen, que expone lo que hay en ella de sórdido y violento, escondido bajo la rutina diaria (por eso quizás es tan importante la resolución final del caso, como clausura de la interrupción violenta y vuelta al cauce de la normalidad pacífica; se me ocurre que esta puede ser una de las razones de su éxito). En una novela concreta, Maigret y las buenas personas, esto parece expresarse precisamente mediante la imagen de un tablero de ajedrez abandonado en la escena del crimen (una confortable casa pequeñoburguesa, como puede suponerse) a media partida, interrumpida precisamente por el asesinato. ¿Cómo fue, en este caso, la interrupción? 

“Maigret se esforzaba por reconstruir la escena: los dos hombres delante del tablero de ajedrez, silenciosos y graves, como todos los aficionados a ese juego; el doctor, en un momento dado, levantándose y caminando hacia el mueble, en uno de cuyos cajones estaba la pistola…

Sacudió la cabeza. Aquello no conducía a nada. No podía imaginarse a Fabre volviéndose hacia su suegro, con el dedo en el gatillo…”

En efecto, hay algo en la imagen de una partida amistosa junto a la ventana o junto a la chimenea que hace inimaginable el asesinato de uno de los jugadores a manos del otro. ¿Pero no es inimaginable el asesinato en general…?

Por otra parte, es casi tópica la analogía de la investigación detectivesca con una partida de ajedrez, con la desventaja de que no se conocen los movimientos del contrario más que a posteriori. El investigador juega, en cierto sentido, una variante del ajedrez cuyas reglas no conoce, como expresa magistralmente este sueño angustioso de Maigret en Maigret y la muchacha asesinada:

“Después Maigret soñó que jugaba al ajedrez, pero estaba tan cansado y la partida se prolongaba tanto tiempo que ya no conseguía reconocer las figuras [sic en la traducción que manejo, de la editorial Orbis; el de las ediciones españolas de Simenon es un asunto inabarcable y fascinante], tomando a la reina por el rey, y a los alfiles por los caballos e ignorando el emplazamiento de sus torres”. 

En realidad, un detective está siempre buscando la pieza clave para desatascar una posición enrevesada; el problema no es tanto entender la posición, sino disponer de todas las piezas:

“Si conseguía localizar su reina, que era la clave de la partida, saldría adelante. Lo mejor era examinar las casillas una por una. Al fin y al cabo, la pieza no podía haber desaparecido”.

Y, en efecto, en principio las piezas nunca desaparecen en una novela policiaca, pero ¿ocurre de igual manera en la vida?

OTRO SUEÑO CON AJEDREZ. Hablando de sueños, hay un ejemplo muy divertido en Tintín en el Tíbet, uno de los mejores álbumes de Tintín, de cuyo autor, Hergé, señala con razón Santiago Alba la pericia, la sutileza, en el empleo del lenguaje onírico. En los preámbulos de la aventura (segunda página), Tintín y el capitán Haddock entretienen el final del día en un hotel alpino con una partida de ajedrez. Mientras Haddock razona con detenimiento y atención al detalle que desmienten el carácter monolíticamente impulsivo e irascible que los lectores fieles tendemos a atribuirle, Tintín se amodorra hasta caer dormido… y despertar de pronto con un aullido fuera de toda medida que saca del letargo a toda la sala (la viñeta es muy divertida, conviene verla) salvo, por supuesto, al profesor Tornasol, cuya sordera le permite seguir leyendo sin inmutarse. Posiblemente, es un gag sin mayor importancia, pero se pueden sacar al menos dos conclusiones no despreciables: que el ajedrez y el sueño no hacen buenas migas y que la sordera, a veces, tiene sus ventajas.

El caso es que Hergé, siguiendo el mandato de Chéjov según el cual todo elemento mencionado en una narración debe ser imprescindible (“Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero este debe ser descolgado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí.”), recupera el ajedrez (junto con las guindillas y las vacas sagradas de los indios) en un sueño que asalta al capitán en la página 16, ya en el Tíbet, después de acelerar la marcha espoleado por un buen lingotazo de wiski. El alcohol y el cansancio le afectan y antes de darse cuenta se ve en un escenario que parece imaginado por Dalí (es conocida la afición de Hergé al arte contemporáneo, que empezó a homenajear y satirizar en Tintín y el Arte-Alfa) conversando con el profesor Tornasol, que se transfigura de golpe en uno de los sherpas que les guían por el Himalaya y, sobre un tablero de ajedrez presidido por una vaca india, reflejo onírico del caballo, le da jaque mate golpeándole en la cabeza con su paraguas. Reconozco que no sé cómo podrían interpretarse estas tres viñetas para nuestros intereses, pero ¿acaso admiten los sueños una interpretación que no sea psicoanalítica y estrictamente individual? En todo caso, Hergé confirma lo que parecía sugerir Simenon: hay algo desasosegantemente onírico en el ajedrez.