Luis Fernández Mosquera
Feliz Navidad, amigo amante del ciclismo y la narrativa naturalista, y próspero Año Nuevo. Ojalá que los Magos de Oriente te colmen de maillots, cascos, geles de glucosa, poemas épicos, novelas vanguardistas y cantos trovadorescos; pero mientras esperas estos y otros presentes, recibe de tu seguro servidor este modesto aunque imprescindible suplemento invernal a tus crónicas veraniegas de confianza. En efecto, recordarás quizás el último artículo de Julio desde París, donde, poseído por el peor de los males, la fiebre filológica, se dejó llevar por su pasión zoliana (que no soriana, como se empeña en enmendarme el corrector automático) y disertó con erudición tan amena como asombrosa sobre el proyecto de roman vélocipédique que, por desgracia para nosotros, no llegó a ver la luz. Su exposición, unánimemente celebrada por nuestros lectores, que se preguntaron alternativamente por qué los académicos e historiadores de la literatura no estudian campos tan fecundos en lugar de remirar las erratas de la segunda edición del octavo tomo de las comedias de Lope de Vega y cómo dos extravagantes tan llamativos como nosotros habíamos llegado a publicar en una revista respetable, tuvo sin embargo el defecto de empujar fuera de los límites razonables de una crónica deportiva el fallo del I Premio Émile Zola al ciclista más literario del Tour de Francia, que anunciamos a principios de julio desde Lille para dar algún aliciente a las mortecinas evoluciones de la clasificación general en sus ires y venires por la dulce Francia.
Así pues, esta vez este añadido subrepticio llega con el propósito de subsanar el descuido de Julio y cumplir con nuestros lectores, como el regalo de un Papá Noel rezagado, de un Evenepoel lapón ascendiendo los Pirineos, la promesa que les había animado en el seguimiento de nuestras informaciones; porque debo decir, aun a riesgo de pecar de vano y presumido, que todos ellos, e incluso voces escondidas dentro del pelotón, manifestaron su creciente interés por la concesión de este galardón, prestigioso ya desde antes de su nacimiento, e incluso declararon que si el Tour de Francia tenía algún interés, se lo debía a Culturamas y al Premio Émile Zola.
Por ello mismo quizá, el retraso en su entrega abrió la veda a los ambiciosos que quisieron hacer méritos fuera de plazo para llamar la atención del jurado. Ninguno de ellos fue considerado porque, ante todo, en Culturamas somos escrupulosos con las reglas y el juego limpio (el premio se refiere únicamente al Tour de Francia), pero es de justicia consignar sus intentos, alguno de los cuales fue realmente meritorio, como el del inconcebible Chris Froome que, intuyendo lo que el jurado más valoraría, volvió a sufrir un accidente tan grave como el que le descabalgó del ciclismo profesional en 2019 poniendo otra vez su vida al tablero.
El primero en orden de importancia de estos candidatos tardíos es, quién si no, Tadej Pogacar, el Rey Sol de ciclismo y ambicioso entre los ambiciosos, que no resistió la tentación de añadir a su ya rebosante palmarés los laureles literarios que le coronarían sin duda posible como el mayor ciclista de todos los tiempos. Su conversión precipitada durante el Tour en Sonatino, abúlico y tristón héroe modernista, fue un paso en la buena dirección, pero su ansiosa codicia, que lo llevó a repetir el mismo triunfo apabullante del año pasado en el Mundial con un ataque, rizando el rizo, a cien kilómetros de meta, dio al traste con sus opciones por repetitivo. Ya avisamos de que el único defecto de Pogacar es el aburrimiento que produce con su divina superioridad, y aprovechamos esta oportunidad para aconsejarle un acercamiento distinto al Premio Émile Zola: nosotros estaremos encantados de dárselo, pero su propuesta literaria debe ser más fina que ir cortando todas las cabezas que encuentre a su paso. A fin de cuentas, la literatura, al contrario que la filosofía, no se hace a martillazos…
En segundo lugar, y siempre a la zaga de Pogacar, hay que mencionar a Remco Evenepoel, el Califa de Aalst, Hijo de la Media Rueda, cada vez menos sutil y, por tanto, más alejado del Premio Zola, pero acaso más cerca del Planeta con ese ciclismo suyo de folletín lleno de sorprendentes y forzados giros de guion, como el que le ha llevado a cambiar de equipo abandonando entre reproches mutuos a su padrino Patrick Lefevere. Después de su abandono en el Tour de Francia ascendiendo el Tourmalet como alma en pena, ganó el Mundial de contrarreloj doblando al propio Pogacar y aventajándolo en unos tres minutos: una proeza que debería llenar de orgullo a cualquier corredor, pero no a él, que en la carrera en línea cuatro días después quiso acaparar todos los focos cuando, tras verse incapaz de seguir el ataque ganador de Perceval, improvisó una representación teatral digna de un escenario más propicio que las conradianas colinas de Kigali para reprender a sus mecánicos y protestar por su mala fortuna, el estado del firme y la calidad de los materiales de su bicicleta y quién sabe si también por su mala cabeza. El veredicto fue firme: “Es una telenovela andante”, dijeron los tribunales de su país, y la condena también: ya sin protestas, repitió su actuación persiguiendo cada vez a más distancia a Pogacar en los Campeonatos de Europa y en el Giro de Lombardía.
También siempre a la zaga del esloveno, llegó fuera de plazo nada menos que la candidatura báltica de Jonas Vingegaard, el Arenque de Hillerslev, que después de ganar con poco brillo la Vuelta a España, especuló con otras vidas posibles en una entrevista en una televisión danesa. Al parecer, de no haber triunfado en el ciclismo, habría sido banquero (¿y por qué no?) y quizás en el futuro se dedique a la carpintería, desandando el camino de Harrison Ford, David Bustamante o José de Nazaret y emulando en su modestia a los protagonistas masculinos de Camino de perfección de Baroja y Tristana de Galdós, o incluso al añorado Miguel Ángel López, el Toro Salvaje de los Alpes, que entretiene su sanción de cuatro años por dopaje dedicado a la carnicería. Se vuelve a ver en esta pulsión de desaparición la influencia del nunca suficientemente ponderado Mikel Landa, en quien ya se inspiró al anunciar ataques terroríficos durante todo el Tour para no llegar siquiera a levantarse del sillín, y que es en realidad el ganador moral de este premio, que todos sabemos que habría conseguido de no haberse lesionado (pero… ¿no está en el espíritu del landismo no llegar a competir siquiera en la única carrera en la que es indiscutible favorito?)
En todo caso, no nos dejemos llevar por la nostalgia de Landa ni por el brillo de estos tres candidatos, que quizás sean los ciclistas más poderosos, pero no los más literarios. Las candidaturas más serias se presentaron durante el propio Tour, aunque algunas se cerraran abruptamente con un abandono, como la del freudiano Van der Poel, que tendrá que llegar alguna vez a París para que consideremos como merece su tormentosa relación con su abuelo (el ínclito Poulidor), con su padre (Adrie van der Poel, exciclista profesional, que parece que no existiera para él) y con el Tour de Francia (cinco participaciones, cuatro abandonos, dos victorias de etapa; todo esto mientras se convierte en uno de los grandes clasicómanos de la historia).
Hubo también candidatos madrugadores, como el pícaro Lenny Martínez, que llamó la atención del jurado, y de todos, quedándose en el llano (¡quedándose en el llano!) en la primera etapa y perdiendo más de diez minutos para luego, con el mismo aspecto sufriente de un niño de Dickens, coronar en cabeza los puertos más temibles intentado discutirle a Pogacar el maillot de Rey de la Montaña con la osadía y el fatalismo de un coronel Aureliano Buendía. Su propuesta no fue suficiente en esta ocasión, pero es joven y su inventiva y variedad de registros hacen presagiar que tiene una gran carrera literaria por delante. Menos precoz pero más constante fue el ciclista que durante mucho tiempo pareció destinado a inaugurar el palmarés del Premio Émile Zola, el ubicuo Quinn Simmons, un auténtico redneck sacado de cualquier rancho o ferretería de Colorado, con su melena rubia y sus bigotes cortados como con hacha, para amenizar una conferencia MAGA o para asaltar el Capitolio disfrazado de Capitán América, que por alguna extraña confusión hubiera acabado en una bicicleta dando vueltas por Europa con la energía de la que solo son capaces los pioneros lanzados a la conquista del Oeste. Su sola estampa le habría hecho merecedor del premio si no se hubiesen presentado dos candidaturas aún más fuertes (en el ciclismo profesional siempre hay un personaje más literario, o más desquiciado) y, sobre todo, si su entusiasmo no le hubiese llevado a intentar un último número para convencer al jurado fuera de plazo. Nada más terminar la carrera, bajo la lluvia de los Campos Elíseos de París, el desdichado Simmons, vestido con su maillot de superhéroe de Marvel, se arrodilló para proponer matrimonio a su novia como en un cruce demasiado barato entre Algo pasa con Mary y Resacón en Las Vegas: el exceso yanqui, esa tendencia tan hollywoodiense al triunfo final y los fuegos artificiales, esa brocha gorda narrativa, dio al traste en el último momento con sus por otra parte innumerables méritos.
Mucho más cerca estuvo un competidor inesperado, que nos hizo replantearnos las bases del premio y erigirnos en Tribunal Constitucional de nosotros mismos, pues fue no un ciclista sino un exciclista, el francés Richard Virenque, fundador de toda una saga de franceses mediáticos y gesticulantes que ha rozado el maillot amarillo en un par de ocasiones y cuya continuidad asegura hoy el joven Kévin Vauquelin, del que seguramente hablemos en los próximos años. Pues bien, Virenque, plusmarquista histórico de la clasificación de la montaña con siete triunfos, aprovechó una entrevista en Marca con motivo del quincuagésimo aniversario del icónico maillot a topos rojos, para, en un alarde de originalidad absolutamente insospechado, deleitarnos con una novela de espías propia de John Le Carré. Merece la pena leer la pieza completa, pero para nuestro propósito basta decir que construye en ella una apasionante historia de chantaje y corrupción en la que oscuros intereses políticos lo convierten en el chivo expiatorio del dopaje generalizado a finales de los noventa para, a través de su figura, desprestigiar al presidente Jacques Chirac. Esta genialidad abre nuevos caminos para el ciclismo literario (realmente, ¿a quién se le habría ocurrido que era posible mezclar el velocípedo con el espionaje?) que ya han empezado a ser transitados nada menos que por sir Bradley Wiggins, el primer ganador británico del Tour de Francia, actualmente expolitoxicómano y sospechoso de dopaje, según él por filtraciones interesadas de su antiguo equipo, el Sky-Ineos-Imperio Galáctico, para desviar la atención de otro ciclista que sí se dopó cuyo nombre “ya saldrá a la luz”, como dice en una entrevista eclipsada en todo caso por la frase, que lo mismo podría ser real que metafórica, “Me tiraron debajo de un autobús”. En fin, durante mucho tiempo no supimos si debíamos considerar la candidatura de Virenque por ser un exciclista, caso que no estaba ni está contemplado en las bases del premio y dudamos si abrir en su honor una sección senior o incluso convocar el Premio Graham Greene al ciclista más conspiranoico; ahora seguimos sin saber qué hacer, pero estamos seguros de que bien merecería, ante la duda, una mención especial del jurado.
Ahora bien, si ninguno de estos titanes ha conseguido convencer al jurado (y si el amable lector ha llegado hasta aquí), ¿quién ha reunido méritos suficientes para conseguirlo? La respuesta es, a nuestros ojos, tan buena como puede esperarse de un final: sorprendente pero, vista en perspectiva, inevitable. El ganador del I Premio Émile Zola al ciclista más literario del Tour de Francia es ni más ni menos que Julian Alaphilippe, el gran francés gesticulante de la última década, que corona con esta distinción toda una carrera como cómico de la legua en la que ha alternado los papeles de Scaramouche, urdiendo enredos en mil y una escapadas en la media montaña; de soldado fanfarrón, haciendo derrapar su bicicleta al ganar de amarillo la contrarreloj del Tour de 2019; de Pierrot frustrado una y otra vez cuando rozaba ya la gran victoria; y, sobre todo, de Arlequín, con una prodigiosa colección de muecas y escorzos entre las que sobresale su gran obra, firmada en la Lieja-Bastoña-Lieja otoñal del 2020. Allí ganó con tanta audacia como artería el esprín del grupo reducido que se jugó la victoria obligando a Marc Hirschi a salirse de su trazada y provocando un bandazo que eliminó también al entonces naciente Pogacar. Ganó el esprín… pero no la carrera, porque, en total coherencia con su personaje, se aprestó a celebrar su victoria con la pompa y la ufanía de un Alejandro Magno y, para lucir ante las cámaras su maillot arcoíris de campeón del mundo, para recrearse en su ansiada victoria en la más antigua de las clásicas, extendió los brazos y, en lugar de gritar o festejar, prefirió levantar el mentón mirando al horizonte con la seguridad imponente de un águila imperial oteando sus dominios al tiempo que delicadamente permitía que sus muñecas se vencieran en un declinar de la mano tan lánguido, tan suave, que parecía tomado de la Sonata de otoño de Valle-Inclán o de un cuadro de Dante Gabriel Rosetti. Pues bien, cuando celebraba así su victoria, como decía, embebido en la soberbia felicidad de ese instante supremo, adelantándose sobre la línea de meta a su rueda, le asestó un memento mori definitivo e insuperable el siempre abnegado Roglic, que finalmente se hizo con el triunfo.
Esta actuación asombrosa parecía única e imposible de imitar, pero no hay nada inalcanzable para Alaphilippe, que este año repitió la hazaña al celebrar con el desafuero que es habitual en él un esprín por el tercer puesto creyendo que había ganado la etapa. De esto ya dimos cuenta en julio y no es cosa de volverlo a narrar ahora, pero cabe señalar el gran hallazgo literario que le ha valido al Arlequín del pelotón el premio Émile Zola: la reescritura de la historia, la repetición exacta de una obra ya escrita de tal forma que, en su nuevo contexto, resulta original. Visto así, ¿no es Alaphilippe un Pierre Menard ciclista que ha recreado, palabra por palabra, el episodio en que don Quijote, creyendo salvar la vida de todos los que estaban en la venta, termina empapando de vino su ropa interior? Quizás nos ofreciera en esa escapada por los Alpes, de forma gentil y desinteresada, la prueba de que cualquier acción de nuestra vida puede vestirse con ropajes de inocentada.
Celebremos, pues, su inventiva, su pastiche borgiano de seculares tradiciones literarias y emplacémosle a una próxima ceremonia de premiación en la salida del Tour 2026 en Barcelona, donde los corresponsales de Culturamas le otorgaremos el muñeco estilo Action Man de Perico Delgado que prometimos en julio y quizás de añadidura un maillot amarillo con el estampado de una caricatura de Zola montando en bicicleta. Hasta entonces, ¡larga vida a Alaphilippe y a la ficcionalización del ciclismo!
POSDATA. Era costumbre nuestra conmemorar en este artículo la gran inocentada reciente del ciclismo profesional, la sanción por dopaje durante cuatro años del portugués André Cardoso pese a que el contraanálisis arrojó un resultado no concluyente. Hoy Cardoso está retirado, pero el ejemplo ha cundido y hemos visto que es muy posible condenar a alguien por considerar probable (que no probado) que cometiese un delito. Los corresponsales de Culturamas en el Tour de Francia nos permitimos recordar que se trata de ficcionalizar el ciclismo, y no la realidad, y que las inocentadas deben limitarse en todo caso al 28 de diciembre.
Anteriormente en Culturamas
El Tour como ficción 2025 (I). Teologías del Tour
La ilustración de la portada, que se reproduce completa a continuación, es obra de Nora Manzano Gómez


