Lo mejor está por venir

Por Luis Muñoz Díez.

 

Andaba Lorenzo entusiasmado con esta página que preparaba Javier Vázquez Losada. Se va a llamar CULTURAMAS, me contaba. El entusiasmo de Lorenzo es contagioso, todo en él es vitalidad. Me propone que escriba una columna fija sobre cine y yo, sin dudarlo, digo que sí y ahí quedó todo. El siguiente paso fue una llamada: ¿Cómo vas a llamar tu columna? Barajo cálidos enunciados que se encadenan en el recuerdo de las muchas horas que he vivido en las salas de cine y alrededor de ellos. Se inunda mi cabeza de luces, colores, blancos y negros, me viene a la boca sabor a caramelo, a caña, a tabaco, a copas, a besos, a diferentes besos, a charla vehemente, antes y después de cada película. Te estás poniendo nostálgico, me advierto, y surge la pregunta ¿Qué es el cine hoy 22 de Febrero de 2010?
 
El cine, durante tres cuartas partes de mi vida, era un local en el que se compraba una entrada, te sentabas en la oscuridad y veías una película. Esa era la única forma de disfrutarlo. Después, abrieron unos locales que se llamaban videoclubs, en los que podías elegir entre un montón de películas y tenías la posibilidad de llevártelas a casa y verlas a tu antojo ¡Qué gozada! Pensamos inocentes.
 
Las salas de sesión continua fueron cayendo una tras otra, después las de los pueblos y del videoclub pasamos a las descargas ¿Has visto Una historia verdadera de David Lynch? Sí, me la he bajado y está muy bien. Yo tardé en entrar en ese juego y casi quería preguntar: ¿Ha
s ido al cine? Era inútil. El cine se había convertido en un local más de los centros comerciales, principalmente en el refugio de fin de semana de padres y niños, menos interesados en la película que en los refrescos gigantes, las palomitas extra-grandes y la hamburguesa de la salida. Tanto que si la oferta sólo es ir al cine el niño protesta: para esto podíamos habernos quedado en casa viendo la televisión…
 
Los dueños de las salas en la queja de que la taquilla no va bien, confiesan que recaudan más con las palomitas y las bebidas que con algunas salas. Ahí se ceban, espantando a ese público familiar qué parece ser el anhelado.
 
Poco a poco, el cine europeo o independiente no se estrena y si se hace, es en salas pequeñas en las que el público es todavía identificable -de una edad indefinida pero de un perfil muy marcado que los hace excepción- y eso en las ciudades grandes, en las más pequeñas no saben ya si existe otro cine que el marcadamente “familiar” o para adolescentes comedores de palomitas. Hay que decir, que entre estas películas se cuelan otras que no proceden de la potente industria americana y alguna producción española -pensada ya para ese público- o las firmadas por directores de probada solvencia, pero son excepción y ese grano no hace granero y sobre todo coarta el futuro.
 
La pregunta del millón es: ¿Cómo tenemos que encarar ahora una película? ¿Tiene que ser adaptable a todos los soportes por los que va a pasar: sala, DVD, televisión, saldo en los grandes almacenes…?
 
Las encuestas nos dicen que el número de espectadores ha aumentado el año pasado, pero los problemas que tiene el cine están en el aire. Las películas siguen interesando pero se ven fuera de las salas, y es difícil poner puertas al campo: controlar la difusión de las obras con el fin de que el beneficio revierta en sus creadores y en quienes han creído e invertido en ellas.
 
Cuesta resignarse. El cine estaba hecho para verse en pantalla grande, ser compartido y compartir las emociones que suscitara: risa, escalofrío, gritos o euforia. Nada de eso se tiene en privado y por eso sigo acudiendo a las salas, pero de seguir por este camino, y es una pena, ese gozo sólo lo tendremos los que ya fuimos iniciados y muchas películas no se llegarán ni a rodar.
 
Esta columna de CULTURAMAS nace acorazada contra el desánimo en este recién iniciado 2010: hay que abanicar nostalgias, ser flexibles y dejarnos sorprender por lo que vaya viniendo, recibir con júbilo lo que aún está por llegar y sobre todo con una firme decisión: cuidar y acunar “al cine”, venga de donde venga, en un soporte u otro, para que nos siga permitiendo ser testigos de tantas historias que quedan por contar. Dando un voto al optimismo ya tengo decidido el título de la columna: Lo mejor está por venir.

 

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